Fr. Carlos Ávila Martínez, O.P.
«Si yo buscara agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo». (Gál 1, 10)
Entrando en tema
Las redes sociales han hecho un bien real: permiten que muchos sacerdotes lleven el Evangelio a personas que tal vez nunca cruzarían la puerta de una iglesia. A través de ellas se predica, se acompaña, se responden preguntas y, más de una vez, se consuela a quien no tiene a nadie con quien hablar. No sería honesto ignorar todo el bien que también se realiza en el mundo digital.
Yo mismo llevo adelante dos canales de YouTube. Son modestos, sin multitudes de seguidores ni cifras que impresionen, pero forman parte de mi tarea pastoral. Lo digo para dejar algo claro desde el comienzo: no escribo desde fuera de este mundo ni por resentimiento hacia quienes han alcanzado una mayor popularidad. Tampoco me presento como modelo ni como juez de nadie.
Por eso escribo, ante todo, para interrogarme a mí mismo: ¿qué busco realmente cuando ocupo un espacio en las redes? ¿Anunciar a Jesucristo, acompañar y servir, o sentirme reconocido, escuchado y admirado?
En todo apostolado existe la tentación de buscarnos a nosotros mismos, porque somos humanos. Puede sucedernos detrás de un púlpito, en un aula, al escribir un libro o al asumir cualquier tarea pastoral; también, por qué no reconocerlo, en un confesionario. El problema comienza cuando dejamos de advertir esa tentación y terminamos creyendo el relato que hemos construido sobre nosotros mismos; cuando confundimos nuestra propia imagen con la verdad que afirmamos defender.
Desde esta conciencia quiero mirar serenamente un fenómeno concreto: el de ciertos sacerdotes convertidos en influencers religiosos, cuya popularidad parece alimentarse más de la confrontación permanente que del anuncio de Jesucristo. No me refiero, por tanto, a todo sacerdote presente en las redes, sino a una manera particular de ejercer esa presencia.
Los extremos terminan encontrándose
Los encontramos en polos aparentemente opuestos. Unos reducen el cristianismo a las ideas que hoy la cultura considera aceptables; otros lo convierten en una fortaleza ideológica desde la cual condenan a quienes consideran enemigos de la verdadera fe.
Unos parecen avergonzarse de la tradición de la Iglesia; otros se apropian de ella como si fuera patrimonio exclusivo de un grupo y terminan monopolizando el discurso sobre la Tradición y la liturgia.
El progresismo radical y el ultra conservadurismo religioso se presentan como adversarios irreconciliables. Y, sin embargo, muchas veces caen en la misma trampa: usar la fe para confirmar una ideología que ya habían elegido de antemano.
En un extremo, el Evangelio termina acomodándose a todo lo que la cultura aprueba. En el otro, la tradición se convierte en un catálogo rígido de condenas y sospechas. En ambos casos se debilita algo esencialmente católico: la capacidad de acoger el misterio, discernir con paciencia y permanecer en comunión.
Todo se reduce a buenos y malos, puros e impuros, fieles y traidores. Quien se ha formado en el pensamiento de santo Tomás no puede dejar de percibir aquí el eco de una antigua tentación: dividir toda la realidad en dos bandos absolutos.
Y cuando la realidad no entra en ese esquema tan prolijo, se la fuerza, se la desfigura o directamente se la condena.
El pontificado del papa Francisco y la industria de la indignación
Durante el pontificado del papa Francisco este fenómeno se hizo especialmente visible. Algunos sacerdotes y comunicadores católicos construyeron buena parte de su notoriedad mediante la crítica constante al Papa, a los obispos y a cualquiera que no compartiera su interpretación de los acontecimientos.
Se proclamaron defensores de la doctrina, guardianes de la tradición y jueces de todo el orbe católico. Desde una cámara, un micrófono o una cuenta en las redes evaluaban documentos pontificios, corregían públicamente a obispos, sospechaban de teólogos y parecían decidir quién merecía o no ser considerado verdaderamente católico.
Otros, desde el extremo contrario, invocaban al mismo Francisco para justificar posiciones difíciles de armonizar con la enseñanza de la Iglesia. Tomaban un gesto o una frase aislada y los convertían en doctrina a la medida de sus propias opciones ideológicas.
El querido papa Francisco terminó siendo utilizado por unos como enemigo y por otros como pretexto.
La pregunta es inevitable: ¿se estaba ayudando al pueblo de Dios a comprender el magisterio, o se estaba usando la confusión para ganar notoriedad?
La indignación genera audiencia. La sospecha consigue clics. La condena se comparte en pocos segundos. La comunión, en cambio, casi siempre se construye de manera silenciosa y pocas veces resulta atractiva para los algoritmos.
¿Qué tienen en común?
No me corresponde hacer diagnósticos clínicos a distancia ni juzgar la conciencia de nadie. Solo Dios conoce plenamente el corazón humano. Pero sí podemos reconocer algunas tendencias que aparecen en este fenómeno y de las cuales ninguno de nosotros está completamente libre.
Está, primero, la necesidad de protagonismo: poco a poco el centro deja de ser Jesucristo y pasa a ser la personalidad del comunicador, sus opiniones, sus enemigos, sus denuncias, hasta sus estados de ánimo.
También puede aparecer una forma de narcisismo religioso. No siempre se manifiesta como vanidad evidente; algunas veces se reviste de valentía profética o de celo apostólico. El resultado, sin embargo, puede ser semejante: la propia voz ocupa cada vez más espacio y la Iglesia termina convertida en el escenario sobre el cual uno construye su identidad.
A ello se añade la pretensión de ser especialista en todo. Se habla con la misma seguridad de teología, liturgia, moral, política, psicología, economía, medicina, relaciones internacionales y hasta de las intenciones ocultas del prójimo. Apenas hay lugar para la duda, la rectificación o el humilde reconocimiento de los propios límites.
Por último, aparece la necesidad de tener siempre un adversario. Sin un enemigo al que denunciar, el personaje pierde fuerza. Por eso necesita encontrar, una y otra vez, nuevas herejías, conspiraciones, traiciones o escándalos.
El problema no es tener convicciones firmes: la Iglesia necesita sacerdotes que hablen con claridad y con coraje. El problema empieza cuando la verdad se usa para alimentar el propio personaje, humillar al otro o mantener cautiva a una audiencia.
Cuando terminamos creyendo nuestro propio personaje
Las redes no solo muestran lo que somos: también empujan a construir un personaje.
Al principio, uno puede compartir una reflexión con la intención sincera de ayudar. Después descubre que ciertos temas reciben más atención, que las frases tajantes generan más reacciones, que la polémica suma seguidores y que el enfrentamiento aumenta las visualizaciones.
Poco a poco podemos comenzar a decir no tanto lo que las personas necesitan escuchar, sino aquello que sabemos que esperan de nosotros. El comunicador queda prisionero de su propia audiencia. Ya no puede matizar, expresar una duda ni cambiar de opinión, porque teme decepcionar al personaje que sus seguidores admiran.
Así se cuela un engaño particularmente peligroso: llegamos a confundir nuestra voz con la voz de la Iglesia, nuestras opiniones con la doctrina, nuestras preferencias con la voluntad de Dios.
Podemos empezar defendiendo una verdad y terminar defendiendo, sin darnos cuenta, la imagen que construimos de nosotros mismos.
Esta reflexión también me interpela. Tener pocos seguidores no me vuelve automáticamente más humilde, del mismo modo que tener muchos no convierte a nadie en narcisista. La cuestión no se resuelve contando seguidores, sino examinando el corazón; algo que acompaño diariamente en otros y que también debo hacer conmigo mismo.
¿Qué me pasa por dentro cuando un video tiene pocas visitas? ¿Me entristece que el mensaje no haya llegado, o que yo no haya recibido reconocimiento? ¿Busco servir o necesito sentirme relevante? ¿Soy capaz de desaparecer para que quede solo la Palabra anunciada?
Son preguntas que deberíamos hacernos todos los que tenemos alguna presencia pública, comenzando por este sacerdote que les escribe.
Pero, en definitiva, ¿a qué nos dedicamos?
La pregunta puede parecer dura, pero es necesaria. Y conviene formularla en plural: ¿a qué nos dedicamos?
El sacerdote ha sido ordenado para predicar el Evangelio, celebrar los sacramentos, acompañar al pueblo de Dios, visitar a los enfermos, consolar a quienes sufren, formar las conciencias y trabajar por la comunión de la Iglesia. Nada más y nada menos.
Por eso, ante ciertas figuras digitales —y también ante nosotros mismos— cabe preguntarse: ¿dónde están los fieles concretos confiados a nuestro cuidado? ¿Dónde están los pobres, los enfermos, los ancianos, los jóvenes desorientados y quienes necesitan reconciliarse con Dios? ¿Dónde están la vida sacramental, la comunidad, la escucha y el servicio cotidiano, ese que rara vez produce visualizaciones?
No afirmo que quien comunica en las redes descuide necesariamente su ministerio. Conozco sacerdotes que realizan allí una labor generosa y profundamente evangélica. Pero cuando la mayor parte del tiempo y de la energía parece concentrarse en producir polémicas, responder adversarios, comentar cada noticia y cultivar una marca personal, es legítimo preguntarse si las redes están al servicio del sacerdocio o si el sacerdocio ha terminado al servicio de las redes.
El encanto de las respuestas fáciles
Conviene entender, también, por qué estos personajes atraen a tantos fieles.
Vivimos tiempos de incertidumbre, de cambios acelerados, de referencias que se pierden. Mucha gente busca seguridad. Quiere que alguien le diga, con toda claridad, quién tiene razón, quién está equivocado, quién es católico y quién dejó de serlo.
El influencer extremista ofrece precisamente eso: respuestas rápidas, enemigos reconocibles y una identidad fuerte. Hace sentir a sus seguidores parte del pequeño grupo que ha comprendido la verdad, mientras los demás —según ese relato— permanecen engañados.
Este mecanismo no es exclusivo de la religión. Lo vemos también en la política, en los nacionalismos radicales, en los nuevos extremismos de cualquier signo. La polarización necesita convertir al adversario en enemigo, y al líder en una figura que no se puede cuestionar.
Cuando esa lógica entra en la Iglesia, la comunión se deteriora. Ya no escuchamos para comprender, sino para responder. Ya no corregimos para ayudar, sino para derrotar. Ya no buscamos la verdad juntos, porque creemos poseerla contra todos los demás.
Algunas preguntas para discernir
Antes de seguir, defender o compartir el contenido de un sacerdote en las redes, convendría preguntarse: Después de escucharlo, ¿amo más a Jesucristo y a su Iglesia, o siento más desprecio hacia quienes piensan distinto?
¿Sus palabras me llevan a la oración, a los sacramentos, a la conversión, o me dejan instalado en un estado permanente de indignación?
¿Explica la enseñanza de la Iglesia con fidelidad y equilibrio, o selecciona únicamente aquello que confirma su posición?
¿Acepta que lo corrijan? ¿Reconoce alguna vez un error? ¿Habla con respeto de quienes ejercen legítimamente la autoridad en la Iglesia?
¿Me está conduciendo a Cristo o está formando una comunidad emocional alrededor de su propia persona?
Y quienes comunicamos también deberíamos preguntarnos: ¿estamos formando discípulos libres y maduros, o seguidores dependientes de nuestras opiniones?
«Por sus frutos los conoceréis», dice el Evangelio. Allí encontramos, en definitiva, el criterio fundamental para discernir.
No necesitamos celebridades con sotana
No escribo estas líneas para señalar a nadie ni para sumarme al tribunal de las redes. Sería contradictorio denunciar la descalificación utilizando sus mismos métodos. Tampoco pretendo silenciar la crítica legítima. En la Iglesia se puede —y algunas veces se debe— preguntar, discrepar y advertir. Pero siempre desde la verdad, la caridad y la comunión.
El pueblo fiel no necesita sacerdotes convertidos en celebridades, en fiscales o en agitadores. Necesita pastores.
Pastores que no se anuncien a sí mismos. Que no utilicen las heridas de la Iglesia para aumentar su audiencia. Que sepan hablar, pero también callar; enseñar, pero también escuchar; corregir, pero sin humillar. Pastores que no se consideren dueños de la fe, sino servidores de un don que nos supera a todos, comenzando por mí.
La popularidad no es un criterio evangélico. Tener miles de seguidores no convierte a nadie en maestro de la fe. Pero tener pocos tampoco garantiza que nuestras intenciones sean puras. A todos nos toca vigilar el corazón, porque siempre existe el riesgo de buscarnos a nosotros mismos mientras creemos estar buscando la gloria de Dios.
Quizá la pregunta decisiva sea muy sencilla: cuando termina el vídeo y se apaga la cámara, ¿queda en quien nos ha escuchado el deseo de seguir a Jesucristo, o solamente la admiración —o el rechazo— hacia quien estaba hablando?
Un verdadero evangelizador no forma admiradores de sí mismo. Forma discípulos de Cristo. Y para lograrlo debe estar dispuesto, cada día, a disminuir para que Cristo crezca.
«Esto os pido: sed pastores con “olor a oveja”, que eso se note».
Papa Francisco, Homilía de la Misa Crismal, 28 de marzo de 2013