• Julián Álvarez: cuando el fútbol olvida a la persona

    Ningún contrato autoriza a destruir a un ser humano

    Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.

    Quizás no debería meterme a opinar sobre contratos, cláusulas de rescisión y negociaciones futbolísticas. Me manejo bastante mejor con el Código de Derecho Canónico que con los reglamentos de la FIFA y, además, en el confesionario todavía no tenemos VAR. Tal vez sea mejor así.

    No conozco todos los detalles del conflicto entre Julián Álvarez, el Atlético de Madrid y los clubes interesados en contratarlo. Tampoco pretendo determinar quién tiene razón. Seguramente existen compromisos que deben respetarse, conversaciones que desconocemos e intereses legítimos de todas las partes.

    Y, sin embargo, hay algo que me impide permanecer callado.

    Tal vez sea porque somos compatriotas. Tal vez porque los dos crecimos alentando al mismo club que lo recibió y lo proyectó al gran fútbol argentino. Lo cierto es que el rostro triste de Julián en el Metropolitano no se me borra de la cabeza. Sentí la necesidad de escribir estas líneas para acompañarlo, aunque probablemente nunca llegue a leerlas.

    Un debate contractual no debe convertirse en una cacería

    Es evidente que Julián firmó un contrato y que los contratos deben respetarse. También es legítimo que un club defienda sus intereses deportivos y económicos. Pero una cosa es discutir las obligaciones profesionales de un jugador y otra muy distinta convertirlo en un villano, insultarlo, abuchearlo o quemar su camiseta porque ha manifestado el deseo de continuar su carrera en otro lugar.

    El fútbol tiene una memoria curiosamente selectiva: puede recordar durante años un penal fallado y olvidar en una tarde decenas de goles, sacrificios y alegrías compartidas. Hasta hace poco, Julián era uno de los jugadores más queridos y valorados del equipo. Ahora algunos parecen dispuestos a reducir toda su historia a un desacuerdo contractual.

    La situación ha derivado en abucheos, ataques en las redes y una creciente hostilidad hacia él.

    Los aficionados tienen derecho a sentirse decepcionados y a expresar su desacuerdo. Pero la crítica pierde legitimidad cuando se transforma en humillación. La pasión por una camiseta nunca debería autorizarnos a pisotear a la persona que la lleva.

    La persona detrás de la camiseta

    Lo que me mueve a escribir no es el mercado de pases, sino la persona de Julián. Siempre hemos visto en él a un joven discreto, trabajador y alejado de los escándalos. Puede haberse equivocado en alguna decisión o en la manera de expresar su deseo, como cualquiera de nosotros. Pero ningún error autoriza a borrar todo lo bueno de una persona.

    Julián ha reconocido públicamente que habló con el club y que considera que una transferencia podría ser lo mejor para su carrera. El Atlético, por su parte, sostiene su derecho a conservarlo porque tiene contrato vigente hasta 2030. Ese conflicto deberá resolverse mediante el diálogo, la negociación y las normas del fútbol, no mediante el escarnio público.

    Porque detrás del delantero, del campeón del mundo y de las cifras millonarias existe un joven con sueños, temores, presiones y una vida que nosotros no conocemos completamente.

    ¿Qué mirada nos ofrece el Evangelio?

    El Evangelio contiene varias historias en las que una multitud ya ha dictado sentencia sobre alguien.

    Cuando llevan ante Jesús a la mujer acusada de adulterio, todos parecen tener claro lo que hay que hacer con ella. La falta estaba señalada, la ley era invocada y las piedras ya estaban preparadas. Jesús no niega la verdad ni llama bueno a lo que está mal. Pero se niega a permitir que una persona sea destruida por una multitud convencida de su propia inocencia: «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8,7).

    También Zaqueo había sido reducido a una etiqueta: publicano, pecador y colaborador. La gente murmuraba porque Jesús había entrado en su casa. Pero Cristo vio algo que la multitud no quiso ver: detrás de aquella mala fama continuaba existiendo un hijo de Abraham, una persona capaz de cambiar y comenzar de nuevo (cf. Lc 19,1-10).

    Y Pedro negó tres veces a Jesús. Humanamente, había razones suficientes para considerarlo desleal y apartarlo definitivamente. Sin embargo, Cristo resucitado no lo humilló públicamente ni lo dejó encerrado en su peor noche. Volvió a confiar en él y le preguntó tres veces si lo amaba (cf. Jn 21,15-19).

    No pretendo comparar estas situaciones morales con el conflicto de Julián. Lo que sí podemos comparar es la mirada: la multitud suele reducir a una persona a aquello que hizo o dejó de hacer; Jesús, en cambio, contempla la verdad completa de su vida.

    La mirada evangélica no elimina la responsabilidad, pero tampoco elimina la misericordia. Corrige sin destruir, juzga los actos sin apropiarse de la dignidad del otro y deja siempre abierta la posibilidad del diálogo y la reconciliación.

    De héroe a traidor en noventa minutos

    En el fútbol, como en las redes sociales y en tantos otros ámbitos, alguien puede pasar demasiado rápido de héroe a traidor. Hoy lo aplaudimos; mañana, si toma una decisión que no nos gusta, pretendemos borrar todo lo que hizo por nosotros.

    Quizás el problema no esté solamente en el fútbol. Nos hemos acostumbrado a querer a las personas mientras responden a nuestras expectativas. Cuando dejan de hacerlo, sentimos que tenemos derecho a castigarlas.

    Pero el cariño que se convierte inmediatamente en odio probablemente nunca fue verdadero cariño. Era posesión, conveniencia o entusiasmo pasajero.

    Defender a Julián no significa afirmar que tiene razón en todo. Tampoco significa negar el valor de la palabra dada o de un contrato firmado. Significa recordar algo mucho más elemental: no todo vale para desacreditar a una persona.

    Un contrato regula una relación profesional; no concede derechos sobre la conciencia, los sueños ni la dignidad de nadie.

    No pretendo tener la última palabra sobre el futuro de Julián. Solo quisiera decirle, desde esta distancia silenciosa, que no está solo. Lo acompaño con mi oración y, junto con él, a su familia, en un momento que —más allá de los millones, las cláusulas y los colores de las camisetas— es, sobre todo, profundamente humano.

    Ojalá el conflicto encuentre una salida justa para todos. Pero, mientras llega, no olvidemos que antes que delantero, ídolo, empleado o patrimonio de un club, Julián Álvarez es una persona. Y también en el fútbol, el Evangelio nos pide aprender a mirarla como tal.

  • ¿Por qué exigimos a la Iglesia que opine de todo?

    La misión profética de la Iglesia en una sociedad que confunde el ruido con la verdad

    A todos los misioneros Ad Gentes,

    que, con su vida entregada, anuncian a Jesucristo hasta los confines de la tierra. Gracias por hacer visible el Evangelio con la fuerza del testimonio.

    Por Fr. Carlos Ávila Martínez O.P

    Introducción

    Vivimos una época fascinante y, al mismo tiempo, agotadora. Nunca la humanidad tuvo tanta información a mano ni tantos canales para decir lo que piensa. Cada minuto aparecen nuevos análisis sobre guerras, elecciones, migraciones, crisis económicas, catástrofes. Todo pasa rápido. Todo parece exigir una reacción inmediata, como si callar fuera, de por sí, una falta.

    Y no hace falta ir muy lejos para verlo. Alcanza con recordar la última final importante de fútbol: un penal dudoso, un árbitro señalado, y en minutos el país entero dividido en dos bandos que ya no discuten la jugada, sino que se acusan entre sí. Las campañas en las redes se vuelven agresivas casi de inmediato: unos contra otros, memes que hieren más que argumentan, cadenas de mensajes que dan por hecho lo que nadie confirmó.

    Ahí empiezan a circular las teorías conspirativas —que si el árbitro fue comprado, que si el resultado ya estaba arreglado— y, al final, lo único que queda es confusión y un poco de bronca acumulada. Lo que pasa con un partido de fútbol pasa, multiplicado, con casi cualquier tema serio: basta una noticia para que se arme el mismo remolino de bandos, sospechas y ruido.

    La Iglesia no escapa a esta lógica. Cada vez que estalla una guerra, ocurre una tragedia o se aprueba una ley controvertida, surge la misma pregunta: “¿Qué dijo la Iglesia?”. Si no responde con la rapidez que se espera, llueven las críticas. Y cuando sí habla, tampoco faltan los que opinan que se metió donde no debía.

    Esta tensión revela algo más hondo: ¿esperamos de la Iglesia aquello para lo que Cristo la envió, o le exigimos una función que nunca formó parte de su misión?

    La primera pregunta no es qué dice la Iglesia, sino para qué existe

    Antes de preguntarnos sobre qué debería pronunciarse, conviene recordar quién es. Después de la Resurrección, Jesús no les dijo a los apóstoles: “Vayan por el mundo y comenten cada acontecimiento político”. Tampoco les pidió que respondieran a todas las controversias de su tiempo.

    Su mandato fue otro:

    “Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15).

    Y san Mateo agrega:

    “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos” (Mt 28,19).

    La Iglesia nace para anunciar a una Persona: Jesucristo. Todo lo demás —su obra social, educativa, cultural, caritativa— brota de esa misión primera. El Concilio Vaticano II lo dijo con una definición hermosa:

    “La Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, 1).

    Unos números después, el mismo Concilio añade algo que ilumina todavía más esta identidad: la Iglesia reúne en sí, “a semejanza del misterio del Verbo encarnado”, un elemento humano y otro divino, y camina por el mundo llevando la cruz de Cristo antes que el poder de este mundo (cf. Lumen Gentium, 8). No es, entonces, una institución más entre las instituciones: es un misterio que se sirve de estructuras humanas para conducir a algo que las excede.

    Esa afirmación cambia por completo la perspectiva. La Iglesia no existe para reemplazar a los gobiernos. No existe para ser un observatorio internacional. No existe para competir con periodistas ni analistas políticos. Existe para llevar al hombre hacia Cristo.

    Jesús nunca siguió la agenda de su tiempo

    Este dato sorprende cuando se leen los Evangelios con atención. Jesús vivió bajo un régimen de ocupación extranjera. Había desigualdades enormes. La corrupción política era evidente. Las tensiones religiosas dividían al pueblo.

    Y, sin embargo, nunca dejó que la actualidad le marcara la agenda. Cuando quisieron hacerlo rey, se retiró. Cuando intentaron convertirlo en árbitro de conflictos políticos, no aceptó ese papel. Cuando le preguntaron por el tributo al César, respondió con una frase que sigue desconcertando veinte siglos después:

    “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. (Mt. 22, 21)

    Y ante Pilato pronunció unas palabras decisivas:

    “Mi Reino no es de este mundo”. (Jn. 18, 36)

    Jesús no ignoró la historia. La transformó desde la raíz. Sabía que ninguna estructura política puede salvar el corazón humano. Por eso empezó donde empiezan todas las transformaciones verdaderas: en la conversión.

    La Iglesia ilumina las conciencias; no reemplaza la responsabilidad de los laicos

    Acá hay una distinción que hoy parece olvidada. La Iglesia tiene autoridad moral. No tiene una competencia técnica universal.

    La Doctrina Social de la Iglesia ofrece principios permanentes: la dignidad de la persona, el bien común, la solidaridad, la subsidiariedad, el destino universal de los bienes. Pero esos principios no producen automáticamente una única solución política.

    Dos católicos pueden compartir íntegramente la misma fe y discrepar, con toda legitimidad, sobre una reforma fiscal, una política migratoria, una estrategia económica o determinadas decisiones internacionales.

    Santo Tomás de Aquino explica que la prudencia es la recta ratio agibilium, la recta razón aplicada al obrar (Suma Teológica, II-II, q.47, a.3), y que los principios universales de la ley moral requieren siempre una determinación prudencial para alcanzar los casos particulares (I-II, q.94, a.4). La prudencia, por tanto, no consiste en repetir principios, sino en discernir cómo encarnarlos en situaciones reales, complejas y cambiantes.

    Por eso la Iglesia enseña principios, y los fieles laicos —con su preparación y su responsabilidad propia— están llamados a traducir esos principios en decisiones concretas dentro de la vida pública. Cuando esa distinción se pierde, corremos el riesgo de identificar determinadas opciones políticas con el Evangelio mismo. Y ese es un error que empobrece tanto a la Iglesia como a la sociedad.

    El silencio también puede ser una forma de verdad

    Vivimos convencidos de que hablar siempre es mejor que callar. No estoy tan seguro.

    Jesús guardó silencio ante Herodes. Guardó silencio ante muchas acusaciones. No respondió a todas las provocaciones. Su silencio nunca fue cobardía. Fue libertad. También la Iglesia necesita conservar esa libertad. No todo merece una declaración. No todo exige un comunicado. Hablar solo porque la presión mediática lo reclama puede terminar vaciando de contenido la palabra de la Iglesia.

    Las palabras pierden fuerza cuando se multiplican sin discernimiento —lo mismo que pasa, a escala mucho más chica, cuando en las redes todos opinan de todo sin haberse detenido un segundo a pensar.

    La profecía no consiste en opinar sobre todo

    Hay una diferencia enorme entre ser profeta y ser comentarista. El comentarista reacciona. El profeta discierne. El comentarista sigue la agenda del día. El profeta contempla la historia desde Dios.

    Santo Domingo de Guzmán entendió esta verdad con una hondura extraordinaria. Su lema no fue “hablar mucho”, sino aquella fórmula que el propio Santo Tomás de Aquino sintetizó como contemplari et contemplata aliis tradere —contemplar y transmitir a los demás el fruto de la contemplación— (Suma Teológica, II-II, q.188, a.6), expresión que resume el corazón mismo del carisma dominicano.

    La predicación auténtica nunca nace de la ansiedad por responder a todo. Nace del silencio de quien primero escuchó la Palabra.

    Quizás hoy la Iglesia necesite recuperar esa serenidad. No para hablar menos, sino para que, cuando hable, su voz tenga el peso del Evangelio y no el eco de las redes sociales.

    Una Iglesia que no olvida a los olvidados

    Todo lo anterior no significa que la Iglesia pueda refugiarse en un espiritualismo desencarnado.

    Cuando se persigue a los cristianos, cuando un pueblo sufre un genocidio, cuando se pisotea la dignidad humana o se niega la libertad religiosa, la Iglesia no puede quedarse indiferente. Pero incluso entonces, su palabra debe conservar algo esencial: hablar desde el Evangelio y no desde intereses ideológicos. Su autoridad no viene de ocupar titulares. Viene de anunciar la verdad con libertad, aunque esa verdad resulte incómoda para todos.

    Benedicto XVI lo explicó con una precisión que no ha envejecido: la Iglesia no puede ni debe tomar en sus propias manos la batalla política para construir la sociedad más justa posible, pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia, porque su tarea propia es contribuir a la purificación de la razón y despertar las fuerzas morales sin las cuales no se levantan estructuras justas (cf. Deus caritas est, 28).

    Conclusión: el mundo no necesita otra voz más

     

    No necesitamos una Iglesia que sea la primera en reaccionar. Necesitamos una Iglesia que sea la primera en recordar lo esencial.

    En una sociedad donde todos opinan, la Iglesia está llamada a anunciar. Donde abundan los comentarios, ella debe ofrecer discernimiento. Donde reina la polarización, debe recordar que la verdad nunca nace del enfrentamiento, sino del encuentro con Cristo.

    La Iglesia perderá credibilidad si pretende competir con periodistas, analistas o líderes de opinión. Pero recuperará toda la fuerza de su misión cuando vuelva a hacer lo que Cristo le pidió desde el principio: anunciar el Evangelio, formar conciencias y mantener viva la esperanza del mundo.

    Porque el mundo no espera de la Iglesia una opinión más. Espera una palabra distinta. Una palabra que no siga el ritmo de los titulares, sino el paso sereno del Evangelio. Una palabra que no nazca de la urgencia por responder, sino de la contemplación de Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida.

    Solo una Iglesia que contempla antes de hablar tendrá algo verdaderamente nuevo que decir. Y ese algo nuevo no es una idea, ni una estrategia, ni una ideología. Tiene un nombre: Jesucristo.

  • Cuando la tierra tiembla y la fe también

    Por Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.

    A Colombia, con nuestra oración y solidaridad.

    Por quienes han partido, por los heridos y por sus familias.

    Que Dios los sostenga y nos haga instrumentos de esperanza.

    Ante el terremoto que ha golpeado a Colombia, mi pensamiento y mi oración están con quienes están sufriendo: con las familias de los fallecidos, con los heridos, con quienes han perdido sus hogares y con todos aquellos que viven estas horas con angustia.

    Colombia, no estás sola. Pero una tragedia como esta nos enfrenta también a una pregunta que atraviesa nuestra fe: ¿Por qué Dios permite el sufrimiento?

    No tenemos respuestas fáciles.

    Un terremoto no es un castigo de Dios. La naturaleza tiene sus propias leyes y procesos. Vivimos en un mundo hermoso, pero también vulnerable. Y cuando la tierra tiembla, descubrimos dolorosamente nuestra fragilidad.

    Por eso debemos tener cuidado con las respuestas religiosas demasiado rápidas. Decirle a quien acaba de perder a un ser querido que “Dios lo quiso” no es una respuesta cristiana. Hay dolores ante los cuales debemos aprender a guardar silencio, acompañar y llorar con quien llora.

    La fe cristiana no explica todo el sufrimiento, pero nos revela algo fundamental:

    Dios no es indiferente ante nuestro dolor.

    En Jesucristo, Dios entró en nuestra historia, conoció el sufrimiento, la soledad y la muerte. La cruz no elimina el misterio del mal, pero nos asegura que Dios permanece junto al ser humano que sufre.

    Y entonces aparece otra pregunta: ¿Qué podemos hacer nosotros?

    Podemos rezar.

    Podemos ayudar.

    Podemos acompañar.

    Podemos compartir.

    Podemos estar cerca.

    Porque muchas veces Dios responde al sufrimiento a través de nuestras propias manos: en el rescatista que busca entre los escombros, en el médico que atiende, en el vecino que abre su casa, en quien ofrece un plato de comida o simplemente en quien abraza y dice: “No estás solo”.

    Hoy quiero elevar especialmente una oración por Colombia. Por quienes han muerto, para que descansen en la paz de Dios. Por sus familias, para que encuentren consuelo.

    Por los heridos y damnificados, para que reciban ayuda y esperanza. Y por todos quienes trabajan incansablemente para salvar vidas.

    No tenemos todas las respuestas. Pero sí podemos ofrecer algo que el mundo necesita especialmente en momentos como este: presencia, solidaridad, compasión y esperanza.

    Que Dios bendiga y sostenga a Colombia.

    Cuando la tierra tiembla, que nuestro corazón no permanezca indiferente.

  • Cuando Dios parece esconderse

    Cuando Dios parece esconderse

    Fr. Carlos Ávila Martínez O.P

    A todos los que hoy sufren en silencio y sienten que caminan solos: que nunca olviden que, aun en la oscuridad, Dios permanece cerca. Que su luz sostenga sus pasos y renueve su esperanza. 🙏

    Queridos hermanos y hermanas, un eclipse de sol es una experiencia sorprendente: por unos instantes, la luz parece desaparecer. El sol sigue allí, pero algo se interpone entre él y nuestros ojos.

    También nuestra vida espiritual conoce momentos de “eclipse”.

    Hay etapas en las que Dios parece distante, nuestras oraciones parecen no tener respuesta y la fe se vuelve difícil. Podemos sentir que la luz se ha apagado y preguntarnos: ¿Dónde está Dios?

    Pero el eclipse nos recuerda algo hermoso: el sol no ha desaparecido. Su luz continúa allí, aunque temporalmente no podamos verla.

    Así sucede con Dios.

    A veces nuestras preocupaciones, nuestros miedos, heridas, decepciones o incluso nuestros propios proyectos se interponen entre Dios y nuestra mirada. No significa que Él se haya alejado. Quizá somos nosotros quienes necesitamos aprender a mirar de otra manera.

    La fe no consiste solamente en creer cuando todo está iluminado. La fe también es confiar cuando atravesamos la oscuridad.

    Hay momentos en los que no sentimos a Dios, pero podemos seguir buscándolo. Momentos en los que no comprendemos, pero podemos seguir confiando. Momentos en los que no vemos la luz, pero podemos recordar que Dios sigue siendo nuestra luz.

    El eclipse termina. La oscuridad pasa. Y el sol vuelve a mostrarse en todo su esplendor.

    También nuestras noches espirituales tienen un límite.

    Cuando Dios parece ocultarse, no significa que haya dejado de estar. Quizá nos está invitando a cerrar por un momento los ojos de la razón y abrir más profundamente los ojos de la fe. 🌅

  • Influencers religiosos: ¿anuncian a Cristo o se anuncian a sí mismos?

    Fr. Carlos Ávila Martínez, O.P.

    «Si yo buscara agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo».  (Gál 1, 10)

    Entrando en tema

    Las redes sociales han hecho un bien real: permiten que muchos sacerdotes lleven el Evangelio a personas que tal vez nunca cruzarían la puerta de una iglesia. A través de ellas se predica, se acompaña, se responden preguntas y, más de una vez, se consuela a quien no tiene a nadie con quien hablar. No sería honesto ignorar todo el bien que también se realiza en el mundo digital.

    Yo mismo llevo adelante dos canales de YouTube. Son modestos, sin multitudes de seguidores ni cifras que impresionen, pero forman parte de mi tarea pastoral. Lo digo para dejar algo claro desde el comienzo: no escribo desde fuera de este mundo ni por resentimiento hacia quienes han alcanzado una mayor popularidad. Tampoco me presento como modelo ni como juez de nadie.

    Por eso escribo, ante todo, para interrogarme a mí mismo: ¿qué busco realmente cuando ocupo un espacio en las redes? ¿Anunciar a Jesucristo, acompañar y servir, o sentirme reconocido, escuchado y admirado?

    En todo apostolado existe la tentación de buscarnos a nosotros mismos, porque somos humanos. Puede sucedernos detrás de un púlpito, en un aula, al escribir un libro o al asumir cualquier tarea pastoral; también, por qué no reconocerlo, en un confesionario. El problema comienza cuando dejamos de advertir esa tentación y terminamos creyendo el relato que hemos construido sobre nosotros mismos; cuando confundimos nuestra propia imagen con la verdad que afirmamos defender.

    Desde esta conciencia quiero mirar serenamente un fenómeno concreto: el de ciertos sacerdotes convertidos en influencers religiosos, cuya popularidad parece alimentarse más de la confrontación permanente que del anuncio de Jesucristo. No me refiero, por tanto, a todo sacerdote presente en las redes, sino a una manera particular de ejercer esa presencia.

    Los extremos terminan encontrándose

    Los encontramos en polos aparentemente opuestos. Unos reducen el cristianismo a las ideas que hoy la cultura considera aceptables; otros lo convierten en una fortaleza ideológica desde la cual condenan a quienes consideran enemigos de la verdadera fe.

    Unos parecen avergonzarse de la tradición de la Iglesia; otros se apropian de ella como si fuera patrimonio exclusivo de un grupo y terminan monopolizando el discurso sobre la Tradición y la liturgia.

    El progresismo radical y el ultra conservadurismo religioso se presentan como adversarios irreconciliables. Y, sin embargo, muchas veces caen en la misma trampa: usar la fe para confirmar una ideología que ya habían elegido de antemano.

    En un extremo, el Evangelio termina acomodándose a todo lo que la cultura aprueba. En el otro, la tradición se convierte en un catálogo rígido de condenas y sospechas. En ambos casos se debilita algo esencialmente católico: la capacidad de acoger el misterio, discernir con paciencia y permanecer en comunión.

    Todo se reduce a buenos y malos, puros e impuros, fieles y traidores. Quien se ha formado en el pensamiento de santo Tomás no puede dejar de percibir aquí el eco de una antigua tentación: dividir toda la realidad en dos bandos absolutos.

    Y cuando la realidad no entra en ese esquema tan prolijo, se la fuerza, se la desfigura o directamente se la condena.

    El pontificado del papa Francisco y la industria de la indignación

    Durante el pontificado del papa Francisco este fenómeno se hizo especialmente visible. Algunos sacerdotes y comunicadores católicos construyeron buena parte de su notoriedad mediante la crítica constante al Papa, a los obispos y a cualquiera que no compartiera su interpretación de los acontecimientos.

    Se proclamaron defensores de la doctrina, guardianes de la tradición y jueces de todo el orbe católico. Desde una cámara, un micrófono o una cuenta en las redes evaluaban documentos pontificios, corregían públicamente a obispos, sospechaban de teólogos y parecían decidir quién merecía o no ser considerado verdaderamente católico.

    Otros, desde el extremo contrario, invocaban al mismo Francisco para justificar posiciones difíciles de armonizar con la enseñanza de la Iglesia. Tomaban un gesto o una frase aislada y los convertían en doctrina a la medida de sus propias opciones ideológicas.

    El querido papa Francisco terminó siendo utilizado por unos como enemigo y por otros como pretexto.

    La pregunta es inevitable: ¿se estaba ayudando al pueblo de Dios a comprender el magisterio, o se estaba usando la confusión para ganar notoriedad?

    La indignación genera audiencia. La sospecha consigue clics. La condena se comparte en pocos segundos. La comunión, en cambio, casi siempre se construye de manera silenciosa y pocas veces resulta atractiva para los algoritmos.

    ¿Qué tienen en común?

    No me corresponde hacer diagnósticos clínicos a distancia ni juzgar la conciencia de nadie. Solo Dios conoce plenamente el corazón humano. Pero sí podemos reconocer algunas tendencias que aparecen en este fenómeno y de las cuales ninguno de nosotros está completamente libre.

    Está, primero, la necesidad de protagonismo: poco a poco el centro deja de ser Jesucristo y pasa a ser la personalidad del comunicador, sus opiniones, sus enemigos, sus denuncias, hasta sus estados de ánimo.

    También puede aparecer una forma de narcisismo religioso. No siempre se manifiesta como vanidad evidente; algunas veces se reviste de valentía profética o de celo apostólico. El resultado, sin embargo, puede ser semejante: la propia voz ocupa cada vez más espacio y la Iglesia termina convertida en el escenario sobre el cual uno construye su identidad.

    A ello se añade la pretensión de ser especialista en todo. Se habla con la misma seguridad de teología, liturgia, moral, política, psicología, economía, medicina, relaciones internacionales y hasta de las intenciones ocultas del prójimo. Apenas hay lugar para la duda, la rectificación o el humilde reconocimiento de los propios límites.

    Por último, aparece la necesidad de tener siempre un adversario. Sin un enemigo al que denunciar, el personaje pierde fuerza. Por eso necesita encontrar, una y otra vez, nuevas herejías, conspiraciones, traiciones o escándalos.

    El problema no es tener convicciones firmes: la Iglesia necesita sacerdotes que hablen con claridad y con coraje. El problema empieza cuando la verdad se usa para alimentar el propio personaje, humillar al otro o mantener cautiva a una audiencia.

    Cuando terminamos creyendo nuestro propio personaje

    Las redes no solo muestran lo que somos: también empujan a construir un personaje.

    Al principio, uno puede compartir una reflexión con la intención sincera de ayudar. Después descubre que ciertos temas reciben más atención, que las frases tajantes generan más reacciones, que la polémica suma seguidores y que el enfrentamiento aumenta las visualizaciones.

    Poco a poco podemos comenzar a decir no tanto lo que las personas necesitan escuchar, sino aquello que sabemos que esperan de nosotros. El comunicador queda prisionero de su propia audiencia. Ya no puede matizar, expresar una duda ni cambiar de opinión, porque teme decepcionar al personaje que sus seguidores admiran.

    Así se cuela un engaño particularmente peligroso: llegamos a confundir nuestra voz con la voz de la Iglesia, nuestras opiniones con la doctrina, nuestras preferencias con la voluntad de Dios.

    Podemos empezar defendiendo una verdad y terminar defendiendo, sin darnos cuenta, la imagen que construimos de nosotros mismos.

    Esta reflexión también me interpela. Tener pocos seguidores no me vuelve automáticamente más humilde, del mismo modo que tener muchos no convierte a nadie en narcisista. La cuestión no se resuelve contando seguidores, sino examinando el corazón; algo que acompaño diariamente en otros y que también debo hacer conmigo mismo.

    ¿Qué me pasa por dentro cuando un video tiene pocas visitas? ¿Me entristece que el mensaje no haya llegado, o que yo no haya recibido reconocimiento? ¿Busco servir o necesito sentirme relevante? ¿Soy capaz de desaparecer para que quede solo la Palabra anunciada?

    Son preguntas que deberíamos hacernos todos los que tenemos alguna presencia pública, comenzando por este sacerdote que les escribe.

    Pero, en definitiva, ¿a qué nos dedicamos?

    La pregunta puede parecer dura, pero es necesaria. Y conviene formularla en plural: ¿a qué nos dedicamos?

    El sacerdote ha sido ordenado para predicar el Evangelio, celebrar los sacramentos, acompañar al pueblo de Dios, visitar a los enfermos, consolar a quienes sufren, formar las conciencias y trabajar por la comunión de la Iglesia. Nada más y nada menos.

    Por eso, ante ciertas figuras digitales —y también ante nosotros mismos— cabe preguntarse: ¿dónde están los fieles concretos confiados a nuestro cuidado? ¿Dónde están los pobres, los enfermos, los ancianos, los jóvenes desorientados y quienes necesitan reconciliarse con Dios? ¿Dónde están la vida sacramental, la comunidad, la escucha y el servicio cotidiano, ese que rara vez produce visualizaciones?

    No afirmo que quien comunica en las redes descuide necesariamente su ministerio. Conozco sacerdotes que realizan allí una labor generosa y profundamente evangélica. Pero cuando la mayor parte del tiempo y de la energía parece concentrarse en producir polémicas, responder adversarios, comentar cada noticia y cultivar una marca personal, es legítimo preguntarse si las redes están al servicio del sacerdocio o si el sacerdocio ha terminado al servicio de las redes.

    El encanto de las respuestas fáciles

    Conviene entender, también, por qué estos personajes atraen a tantos fieles.

    Vivimos tiempos de incertidumbre, de cambios acelerados, de referencias que se pierden. Mucha gente busca seguridad. Quiere que alguien le diga, con toda claridad, quién tiene razón, quién está equivocado, quién es católico y quién dejó de serlo.

    El influencer extremista ofrece precisamente eso: respuestas rápidas, enemigos reconocibles y una identidad fuerte. Hace sentir a sus seguidores parte del pequeño grupo que ha comprendido la verdad, mientras los demás —según ese relato— permanecen engañados.

    Este mecanismo no es exclusivo de la religión. Lo vemos también en la política, en los nacionalismos radicales, en los nuevos extremismos de cualquier signo. La polarización necesita convertir al adversario en enemigo, y al líder en una figura que no se puede cuestionar.

    Cuando esa lógica entra en la Iglesia, la comunión se deteriora. Ya no escuchamos para comprender, sino para responder. Ya no corregimos para ayudar, sino para derrotar. Ya no buscamos la verdad juntos, porque creemos poseerla contra todos los demás.

    Algunas preguntas para discernir

    Antes de seguir, defender o compartir el contenido de un sacerdote en las redes, convendría preguntarse: Después de escucharlo, ¿amo más a Jesucristo y a su Iglesia, o siento más desprecio hacia quienes piensan distinto?

    ¿Sus palabras me llevan a la oración, a los sacramentos, a la conversión, o me dejan instalado en un estado permanente de indignación?

    ¿Explica la enseñanza de la Iglesia con fidelidad y equilibrio, o selecciona únicamente aquello que confirma su posición?

    ¿Acepta que lo corrijan? ¿Reconoce alguna vez un error? ¿Habla con respeto de quienes ejercen legítimamente la autoridad en la Iglesia?

    ¿Me está conduciendo a Cristo o está formando una comunidad emocional alrededor de su propia persona?

    Y quienes comunicamos también deberíamos preguntarnos: ¿estamos formando discípulos libres y maduros, o seguidores dependientes de nuestras opiniones?

    «Por sus frutos los conoceréis», dice el Evangelio. Allí encontramos, en definitiva, el criterio fundamental para discernir.

    No necesitamos celebridades con sotana

    No escribo estas líneas para señalar a nadie ni para sumarme al tribunal de las redes. Sería contradictorio denunciar la descalificación utilizando sus mismos métodos. Tampoco pretendo silenciar la crítica legítima. En la Iglesia se puede —y algunas veces se debe— preguntar, discrepar y advertir. Pero siempre desde la verdad, la caridad y la comunión.

    El pueblo fiel no necesita sacerdotes convertidos en celebridades, en fiscales o en agitadores. Necesita pastores.

    Pastores que no se anuncien a sí mismos. Que no utilicen las heridas de la Iglesia para aumentar su audiencia. Que sepan hablar, pero también callar; enseñar, pero también escuchar; corregir, pero sin humillar. Pastores que no se consideren dueños de la fe, sino servidores de un don que nos supera a todos, comenzando por mí.

    La popularidad no es un criterio evangélico. Tener miles de seguidores no convierte a nadie en maestro de la fe. Pero tener pocos tampoco garantiza que nuestras intenciones sean puras. A todos nos toca vigilar el corazón, porque siempre existe el riesgo de buscarnos a nosotros mismos mientras creemos estar buscando la gloria de Dios.

    Quizá la pregunta decisiva sea muy sencilla: cuando termina el vídeo y se apaga la cámara, ¿queda en quien nos ha escuchado el deseo de seguir a Jesucristo, o solamente la admiración —o el rechazo— hacia quien estaba hablando?

    Un verdadero evangelizador no forma admiradores de sí mismo. Forma discípulos de Cristo. Y para lograrlo debe estar dispuesto, cada día, a disminuir para que Cristo crezca.

    «Esto os pido: sed pastores con “olor a oveja”, que eso se note».

    Papa Francisco, Homilía de la Misa Crismal, 28 de marzo de 2013

  • Dios ya te perdonó: ¿por qué sigues castigándote por tu pasado?

    Por Fr. Carlos Ávila Martínez O.P

    «Tus pecados quedan perdonados» (Lc 7,48).

    Una culpa que nadie ve

    Hay personas que llevan años cargando con una culpa que nadie ve. Continúan trabajando, rezando, sonriendo, cumpliendo con sus obligaciones. Incluso pueden haber cambiado profundamente de vida. Pero en algún rincón de su corazón permanece una frase que regresa una y otra vez:

    «Si no hubiera hecho aquello…»

    Todos tenemos algo que nos gustaría cambiar de nuestra historia. Una decisión precipitada, palabras que hirieron, una relación que no supimos cuidar, un pecado, una oportunidad desperdiciada. Y hay recuerdos que, aunque hayan pasado muchos años, conservan una sorprendente capacidad para regresar.

    San Pablo también tenía un pasado

    San Pablo también tenía un pasado que no podía cambiar. Antes de convertirse en uno de los grandes anunciadores del Evangelio había perseguido a los cristianos. Los Hechos de los Apóstoles incluso lo presentan presente cuando Esteban es asesinado.

    San Pablo no podía borrar aquello. Sin embargo, años después escribe a los cristianos de Filipos:

    «Olvidando lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta» (cf. Flp 3,13-14).

    Siempre me ha impresionado esta frase. Porque San Pablo no está diciendo que haya olvidado literalmente su pasado. De hecho, él mismo lo recuerda en sus cartas. Sabe quién fue y sabe lo que hizo.

    Lo que ha cambiado es la manera de mirar su propia historia. Ya no la contempla solamente desde la culpa. La contempla desde la gracia.

    Cuando Dios perdona, pero nosotros seguimos condenándonos

    Y quizá ahí esté una de las grandes dificultades de nuestra vida espiritual. A veces creemos en el perdón de Dios para los demás, pero nos cuesta muchísimo creerlo cuando se trata de nosotros mismos.

    Podemos confesarnos, reconocer sinceramente nuestros pecados, recibir la absolución y, sin embargo, continuar llevando interiormente el expediente de nuestras propias culpas.

    Como si dijéramos: «Dios me habrá perdonado, pero yo sé lo que hice».

    Y precisamente porque Dios sabe lo que hicimos puede sorprendernos todavía más su misericordia.

    El perdón cristiano no consiste en decir que el mal estuvo bien. Tampoco significa eliminar las consecuencias de nuestros actos. Cuando hemos hecho daño, habrá que pedir perdón y, cuando sea posible, reparar lo que podamos.

    Pero llega un momento en que también debemos aceptar humildemente que no podemos regresar al pasado.

    Podemos arrepentirnos.

    Podemos reparar.

    Podemos aprender.

    Podemos convertirnos.

    Lo que no podemos hacer es volver atrás y escribir nuevamente nuestra historia.

    Dios no borra nuestra historia: la redime

    Y entonces aparece la gracia. Dios no borra nuestra historia como quien elimina una página equivocada. Puede hacer algo mucho más profundo: redimirla.

    Por eso San Pablo pudo recordar que había sido perseguidor de los cristianos sin quedar destruido por ese recuerdo. Su pasado dejó de ser solamente el testimonio de su pecado para convertirse también en testimonio de la misericordia que había recibido.

    Quizás algunos necesitamos aprender precisamente esto. No olvidar lo sucedido, sino dejar de vivir mirando continuamente hacia atrás.

    Porque existe una forma aparentemente piadosa de permanecer encerrados en nosotros mismos: pensar continuamente en nuestros pecados después de haber recibido el perdón.

    En el fondo seguimos mirándonos a nosotros cuando deberíamos comenzar a mirar más a Cristo.

    El sacramento de la Reconciliación nos recuerda algo extraordinariamente concreto: el perdón de Dios no es solamente un sentimiento que tenemos que fabricar dentro de nosotros. Es gracia recibida.

    Y cuando Dios perdona, también nos invita a levantarnos.

    Todavía queda camino

    Tal vez tu historia tenga páginas que jamás habrías querido escribir. La mía también, pero nuestra vida no termina en esas páginas. Todavía queda camino.

    San Pablo lo comprendió: «me lanzo hacia lo que está por delante».

    Quizás la verdadera reconciliación con nuestro pasado comience cuando dejamos de preguntarnos obsesivamente «¿por qué hice aquello?» y empezamos a preguntarle al Señor: «¿Qué quieres hacer ahora conmigo y con todo lo que he vivido?»

    Porque el pasado puede explicar muchas cosas de nosotros. Pero, cuando dejamos entrar a Dios, ya no tiene por qué tener la última palabra.

    «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más» (Jn 8,11).

  • María Corredentora: cuando una palabra termina dividiendo lo que la fe une

    Por Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.

    A quienes aman profundamente a la Virgen María y, en medio de tantas discusiones, buscan vivir su devoción con fidelidad a Cristo y en comunión con la Iglesia. Y también a quienes alguna vez se han preguntado, con temor, si su manera sencilla de amar a María era suficiente.

    Hace un tiempo, terminada la misa, una mujer se acercó a saludarme y, casi al pasar, me preguntó si estaba mal que ella no rezara nunca «a María Corredentora» sino simplemente «a la Virgen». Le noté cierto temor, como quien teme haber fallado en algo. Le respondí que no había ningún fallo en eso. Pero me quedé pensando en cuántas personas cargan hoy, sin saberlo, con el peso de una discusión teológica que no eligieron y que apenas comprenden.

    Hay discusiones en la Iglesia que parecen referirse a una cuestión teológica, pero que, cuando uno mira más profundamente, revelan también nuestras tensiones internas. El debate sobre el título de «Corredentora» aplicado a la Virgen María es uno de esos casos.

    Para algunos católicos, dejar de utilizar esta expresión parece significar disminuir el lugar de María, ceder ante el protestantismo o abandonar una enseñanza tradicional. Para otros, insistir en ella supone introducir una ambigüedad innecesaria en algo que la fe cristiana afirma con absoluta claridad: Jesucristo es el único Redentor.

    Quizá podamos comenzar por aquí: antes de preguntarnos quién ha ganado esta discusión, convendría preguntarnos qué quiere realmente enseñar la Iglesia.

    Lo que nadie está negando

    Hay algo fundamental que debemos aclarar. La Iglesia no está negando la cooperación de María en la obra de la salvación.

    María no fue una espectadora pasiva de la Encarnación. Su fiat —«Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38)— expresa una respuesta libre y real al designio de Dios. Desde Nazaret hasta el Calvario, su vida quedó profundamente unida a la misión de su Hijo.

    El Concilio Vaticano II lo expresa con gran belleza al presentar a María cooperando de manera singular en la obra del Salvador mediante su obediencia, su fe, su esperanza y su ardiente caridad (cf. Lumen gentium, 61).

    Por tanto, la cooperación de María no está en discusión. Pero tampoco lo está otra afirmación igualmente fundamental: esa cooperación nunca puede situarse al mismo nivel que la acción redentora de Cristo.

    San Pablo lo expresa con palabras inequívocas: «Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús» (1 Tim 2,5).

    Ya Santo Tomás de Aquino, comentando precisamente este versículo, distinguió con precisión los sentidos en que puede hablarse de mediación. Para él, ser mediador entre Dios y los hombres en sentido propio y perfecto corresponde solo a Cristo, porque solo Él reconcilia plenamente a la humanidad con Dios. Otros pueden ser llamados mediadores en un sentido secundario y ministerial, en cuanto cooperan dispositiva o ministerialmente a la unión de los hombres con Dios (Suma Teológica, III, q. 26, a. 1).

    Es, en el fondo, la misma distinción que hoy seguimos necesitando: hay una cooperación real, y hay una mediación única e insustituible. No son lo mismo, y confundirlas no honra a nadie, ni siquiera a María.

    María participa de la obra de Cristo porque ha recibido todo de Cristo. Su misión es enteramente dependiente, subordinada y referida a Él. Dicho sencillamente: María coopera con el Redentor; no es otro Redentor junto a Cristo.

    Entonces, ¿dónde está el problema?

    Precisamente en la palabra «Corredentora». Quienes defienden este título explican que el prefijo latino co- no significa necesariamente igualdad, sino cooperación. Entendido correctamente, «Corredentora» expresaría que María cooperó de una manera absolutamente singular en la obra realizada por Cristo.

    Teológicamente pueden hacerse todas esas precisiones. Pero aquí aparece una pregunta pastoral que no deberíamos despreciar: ¿cuántas explicaciones necesitamos para que una palabra no sea malinterpretada?

    Porque si cada vez que utilizamos un título debemos añadir inmediatamente que María no redime como Cristo, que no está al mismo nivel que Cristo, que su mediación depende de Cristo y que el prefijo co- no significa igualdad con Cristo, quizá debamos preguntarnos si estamos defendiendo una verdad de fe o simplemente una determinada manera de expresarla. Y ambas cosas no son lo mismo.

    La prudencia de la Iglesia

    Aquí se comprende mejor una preocupación presente desde hace décadas en el discernimiento de la Iglesia y formulada ahora expresamente por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe en la nota doctrinal Mater populi fidelis (2025), aprobada por el papa León XIV.

    El documento afirma que «es siempre inoportuno el uso del título de Corredentora» para definir la cooperación de María, porque esa palabra corre el riesgo de oscurecer la única mediación salvífica de Cristo y generar confusión en la fe del pueblo cristiano (Mater populi fidelis, 22).

    Cuando la Iglesia habla así, no está diciendo que María no haya cooperado en nuestra salvación. Está haciendo una valoración sobre la conveniencia teológica y pastoral de una expresión. Esta distinción es decisiva. Una cosa es la doctrina y otra la terminología utilizada para expresarla. La doctrina permanece: María ocupa un lugar único en la historia de la salvación.

    Lo que se cuestiona es si la palabra «Corredentora» ayuda verdaderamente a comprender ese misterio o termina oscureciendo la centralidad absoluta de Jesucristo. El propio Concilio, al hablar de la mediación materna de María, quiso dejar la puerta cerrada a toda ambigüedad: esa mediación «no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador» (Lumen gentium, 62).

    Por eso tampoco me parece correcto reducir la orientación de la Santa Sede a una simple disposición administrativa para los documentos vaticanos. Hay detrás una preocupación doctrinal y pastoral: proteger la mediación única de Cristo y evitar confusiones en la predicación y en la piedad del pueblo cristiano.

    Conviene recordar, sin embargo, que san Juan Pablo II utilizó el título de «Corredentora» en diversas ocasiones. Mater populi fidelis reconoce expresamente al menos siete usos. Esto demuestra que el término posee una historia legítima dentro del lenguaje católico, aunque nunca haya sido definido dogmáticamente. El mismo documento recuerda, a la vez, que el Concilio Vaticano II evitó utilizarlo por razones dogmáticas, pastorales y ecuménicas (cf. Mater populi fidelis, 18). Evitar una determinada palabra, por tanto, no significa necesariamente disminuir la doctrina sobre María.

    Esta preocupación no es nueva. En la Feria IV del 21 de febrero de 1996, la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe examinó la petición de definir dogmáticamente a María como «Corredentora» o «Mediadora de todas las gracias». El cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación, respondió negativamente en su votum personal, señalando que el significado preciso de esos títulos no era suficientemente claro y que no aparecía de modo evidente su fundamento en la Escritura y la Tradición apostólica.

    Años después, en una conversación publicada con Peter Seewald, fue todavía más explícito: «La fórmula “Corredentora” se aleja demasiado del lenguaje de las Escrituras y de la patrística y, por tanto, provoca malentendidos». Para Ratzinger, todo en María procede de Cristo y remite a Él; por eso advertía que la palabra podía ensombrecer precisamente ese origen (cf. Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Mater populi fidelis, 19 y notas 37-38; J. Ratzinger – P. Seewald, God and the World, San Francisco 2002, p. 306).

    Esta misma línea cristológica ha sido recordada recientemente por León XIV. En la audiencia general del 13 de mayo de 2026, al comentar Lumen gentium, el Papa volvió a presentar conjuntamente las dos verdades que no deben separarse: Cristo es el único Mediador de salvación y María «cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador». No necesitamos elegir entre la centralidad de Cristo y la grandeza de María: la auténtica mariología católica afirma ambas, respetando el orden que existe entre ellas.

    El problema comienza cuando un título se convierte en bandera

    Aquí aparece una cuestión más profunda. Durante las últimas décadas, determinadas expresiones teológicas han terminado convirtiéndose, en algunos ambientes, en signos de identidad dentro de las disputas eclesiales. Y entonces dejamos de discutir solamente sobre María.

    En algunos ambientes, defender el título de Corredentora termina significando defender la tradición frente a una Iglesia supuestamente demasiado preocupada por el ecumenismo o la modernidad. En otros, rechazarlo puede convertirse casi en una forma de demostrar que se pertenece a una Iglesia más abierta y conciliar.

    Cuando llegamos a este punto, María corre el riesgo de convertirse en bandera de nuestras propias divisiones. Y eso debería preocuparnos.

    La Virgen no pertenece a un sector de la Iglesia. No es propiedad de los conservadores ni de los progresistas. María pertenece a Cristo y conduce hacia Cristo.

    ¿Y qué ocurre con quienes continúan defendiendo el título?

    También aquí necesitamos equilibrio.

    No sería justo acusar automáticamente de heterodoxia a quien emplea la palabra «Corredentora» en su sentido teológico tradicional.

    El problema aparece cuando la defensa de ese término se transforma en una especie de resistencia frente a la orientación de la Iglesia.

    Podemos comprender que determinados teólogos, cardenales o movimientos marianos consideren que el título posee una historia legítima y que, correctamente explicado, expresa adecuadamente la cooperación singular de María.

    Pero también debemos preguntarnos: si la autoridad doctrinal de la Iglesia considera que hoy esa palabra provoca más confusión que claridad, ¿por qué convertir su utilización en una batalla?

    La comunión eclesial no consiste solamente en aceptar definiciones dogmáticas. También implica recibir con espíritu filial las orientaciones prudenciales mediante las cuales la Iglesia intenta custodiar la fe y acompañar al Pueblo de Dios.

    No todo desacuerdo teológico constituye desobediencia. Pero tampoco toda orientación magisterial puede reducirse cómodamente a una opinión más cuando no coincide con nuestras preferencias.

    María no necesita que la defendamos de la Iglesia

    Tal vez este sea el aspecto que más me preocupa de algunas polémicas actuales. A veces pareciera que debemos proteger a la Virgen María de las decisiones de la propia Iglesia.

    Como si abandonar una determinada palabra significara abandonar a María. Pero la grandeza de la Virgen no depende de que consigamos añadirle nuevos títulos.

    La Iglesia ya la proclama Madre de Dios, siempre Virgen, Inmaculada, Asunta al cielo, Madre de la Iglesia. Y, sobre todo, contempla en ella a la mujer creyente que escuchó la Palabra, la acogió y permitió que transformara completamente su existencia.

    Su grandeza está precisamente en aquello que ella misma proclamó: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí» (Lc 1,49).

    El sujeto último de esas maravillas sigue siendo Dios.

    Quizá María misma nos indique el camino

    En Caná encontramos una de las mejores síntesis de la auténtica espiritualidad mariana. María percibe la necesidad: «No tienen vino» (Jn 2,3).

    Intercede. Se acerca. Acompaña.

    Pero finalmente señala a Cristo y dice: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). Quizá aquí tengamos un criterio para toda mariología verdaderamente católica.

    Cuanto más auténtica sea nuestra devoción a María, más claramente deberá aparecer Jesucristo.

    Por eso no necesitamos disminuir a María para defender la centralidad de Cristo. Pero tampoco necesitamos multiplicar o defender obstinadamente determinados títulos para demostrar nuestro amor a la Virgen.

    Podemos afirmar sin temor toda la grandeza de su cooperación en la historia de la salvación y, al mismo tiempo, reconocer que solo Cristo nos redime, solo de Él procede la gracia y toda la misión de María existe para conducirnos hacia Él.

    Tal vez el verdadero desafío no sea decidir quién gana la batalla sobre la palabra «Corredentora». Tal vez sea algo mucho más evangélico: dejar que María deje de ser una bandera de nuestras divisiones y vuelva a hacer aquello que siempre ha hecho en la Iglesia: llevarnos a Jesucristo.

    Pienso otra vez en aquella mujer, a la salida de misa.

    No necesitaba una definición dogmática para amar a María; necesitaba saber que, dijera lo que dijera, no estaba fallándole a nadie. Quizá esa sea, al final, la mejor prueba de que hemos entendido bien esta discusión: cuando volvemos capaces de hablar de María sin ansiedad, y de hablar de Cristo sin miedo a que alguien nos crea desagradecidos con su Madre.

    Referencias principales

    Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, nn. 60-62.

    Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Mater populi fidelis. Nota doctrinal sobre algunos títulos marianos referidos a la cooperación de María en la obra de la salvación, 4 de noviembre de 2025, especialmente nn. 18-22.

    León XIV, Audiencia general, 13 de mayo de 2026.

    Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 26, a. 1.

    J. Ratzinger – P. Seewald, God and the World: Believing and Living in Our Time, San Francisco, 2002, p. 306.