Dios ya te perdonó: ¿por qué sigues castigándote por tu pasado?

Por Fr. Carlos Ávila Martínez O.P

«Tus pecados quedan perdonados» (Lc 7,48).

Una culpa que nadie ve

Hay personas que llevan años cargando con una culpa que nadie ve. Continúan trabajando, rezando, sonriendo, cumpliendo con sus obligaciones. Incluso pueden haber cambiado profundamente de vida. Pero en algún rincón de su corazón permanece una frase que regresa una y otra vez:

«Si no hubiera hecho aquello…»

Todos tenemos algo que nos gustaría cambiar de nuestra historia. Una decisión precipitada, palabras que hirieron, una relación que no supimos cuidar, un pecado, una oportunidad desperdiciada. Y hay recuerdos que, aunque hayan pasado muchos años, conservan una sorprendente capacidad para regresar.

San Pablo también tenía un pasado

San Pablo también tenía un pasado que no podía cambiar. Antes de convertirse en uno de los grandes anunciadores del Evangelio había perseguido a los cristianos. Los Hechos de los Apóstoles incluso lo presentan presente cuando Esteban es asesinado.

San Pablo no podía borrar aquello. Sin embargo, años después escribe a los cristianos de Filipos:

«Olvidando lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta» (cf. Flp 3,13-14).

Siempre me ha impresionado esta frase. Porque San Pablo no está diciendo que haya olvidado literalmente su pasado. De hecho, él mismo lo recuerda en sus cartas. Sabe quién fue y sabe lo que hizo.

Lo que ha cambiado es la manera de mirar su propia historia. Ya no la contempla solamente desde la culpa. La contempla desde la gracia.

Cuando Dios perdona, pero nosotros seguimos condenándonos

Y quizá ahí esté una de las grandes dificultades de nuestra vida espiritual. A veces creemos en el perdón de Dios para los demás, pero nos cuesta muchísimo creerlo cuando se trata de nosotros mismos.

Podemos confesarnos, reconocer sinceramente nuestros pecados, recibir la absolución y, sin embargo, continuar llevando interiormente el expediente de nuestras propias culpas.

Como si dijéramos: «Dios me habrá perdonado, pero yo sé lo que hice».

Y precisamente porque Dios sabe lo que hicimos puede sorprendernos todavía más su misericordia.

El perdón cristiano no consiste en decir que el mal estuvo bien. Tampoco significa eliminar las consecuencias de nuestros actos. Cuando hemos hecho daño, habrá que pedir perdón y, cuando sea posible, reparar lo que podamos.

Pero llega un momento en que también debemos aceptar humildemente que no podemos regresar al pasado.

Podemos arrepentirnos.

Podemos reparar.

Podemos aprender.

Podemos convertirnos.

Lo que no podemos hacer es volver atrás y escribir nuevamente nuestra historia.

Dios no borra nuestra historia: la redime

Y entonces aparece la gracia. Dios no borra nuestra historia como quien elimina una página equivocada. Puede hacer algo mucho más profundo: redimirla.

Por eso San Pablo pudo recordar que había sido perseguidor de los cristianos sin quedar destruido por ese recuerdo. Su pasado dejó de ser solamente el testimonio de su pecado para convertirse también en testimonio de la misericordia que había recibido.

Quizás algunos necesitamos aprender precisamente esto. No olvidar lo sucedido, sino dejar de vivir mirando continuamente hacia atrás.

Porque existe una forma aparentemente piadosa de permanecer encerrados en nosotros mismos: pensar continuamente en nuestros pecados después de haber recibido el perdón.

En el fondo seguimos mirándonos a nosotros cuando deberíamos comenzar a mirar más a Cristo.

El sacramento de la Reconciliación nos recuerda algo extraordinariamente concreto: el perdón de Dios no es solamente un sentimiento que tenemos que fabricar dentro de nosotros. Es gracia recibida.

Y cuando Dios perdona, también nos invita a levantarnos.

Todavía queda camino

Tal vez tu historia tenga páginas que jamás habrías querido escribir. La mía también, pero nuestra vida no termina en esas páginas. Todavía queda camino.

San Pablo lo comprendió: «me lanzo hacia lo que está por delante».

Quizás la verdadera reconciliación con nuestro pasado comience cuando dejamos de preguntarnos obsesivamente «¿por qué hice aquello?» y empezamos a preguntarle al Señor: «¿Qué quieres hacer ahora conmigo y con todo lo que he vivido?»

Porque el pasado puede explicar muchas cosas de nosotros. Pero, cuando dejamos entrar a Dios, ya no tiene por qué tener la última palabra.

«Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más» (Jn 8,11).

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