Ningún contrato autoriza a destruir a un ser humano
Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.
Quizás no debería meterme a opinar sobre contratos, cláusulas de rescisión y negociaciones futbolísticas. Me manejo bastante mejor con el Código de Derecho Canónico que con los reglamentos de la FIFA y, además, en el confesionario todavía no tenemos VAR. Tal vez sea mejor así.
No conozco todos los detalles del conflicto entre Julián Álvarez, el Atlético de Madrid y los clubes interesados en contratarlo. Tampoco pretendo determinar quién tiene razón. Seguramente existen compromisos que deben respetarse, conversaciones que desconocemos e intereses legítimos de todas las partes.
Y, sin embargo, hay algo que me impide permanecer callado.
Tal vez sea porque somos compatriotas. Tal vez porque los dos crecimos alentando al mismo club que lo recibió y lo proyectó al gran fútbol argentino. Lo cierto es que el rostro triste de Julián en el Metropolitano no se me borra de la cabeza. Sentí la necesidad de escribir estas líneas para acompañarlo, aunque probablemente nunca llegue a leerlas.
Un debate contractual no debe convertirse en una cacería
Es evidente que Julián firmó un contrato y que los contratos deben respetarse. También es legítimo que un club defienda sus intereses deportivos y económicos. Pero una cosa es discutir las obligaciones profesionales de un jugador y otra muy distinta convertirlo en un villano, insultarlo, abuchearlo o quemar su camiseta porque ha manifestado el deseo de continuar su carrera en otro lugar.
El fútbol tiene una memoria curiosamente selectiva: puede recordar durante años un penal fallado y olvidar en una tarde decenas de goles, sacrificios y alegrías compartidas. Hasta hace poco, Julián era uno de los jugadores más queridos y valorados del equipo. Ahora algunos parecen dispuestos a reducir toda su historia a un desacuerdo contractual.
La situación ha derivado en abucheos, ataques en las redes y una creciente hostilidad hacia él.
Los aficionados tienen derecho a sentirse decepcionados y a expresar su desacuerdo. Pero la crítica pierde legitimidad cuando se transforma en humillación. La pasión por una camiseta nunca debería autorizarnos a pisotear a la persona que la lleva.
La persona detrás de la camiseta
Lo que me mueve a escribir no es el mercado de pases, sino la persona de Julián. Siempre hemos visto en él a un joven discreto, trabajador y alejado de los escándalos. Puede haberse equivocado en alguna decisión o en la manera de expresar su deseo, como cualquiera de nosotros. Pero ningún error autoriza a borrar todo lo bueno de una persona.
Julián ha reconocido públicamente que habló con el club y que considera que una transferencia podría ser lo mejor para su carrera. El Atlético, por su parte, sostiene su derecho a conservarlo porque tiene contrato vigente hasta 2030. Ese conflicto deberá resolverse mediante el diálogo, la negociación y las normas del fútbol, no mediante el escarnio público.
Porque detrás del delantero, del campeón del mundo y de las cifras millonarias existe un joven con sueños, temores, presiones y una vida que nosotros no conocemos completamente.
¿Qué mirada nos ofrece el Evangelio?
El Evangelio contiene varias historias en las que una multitud ya ha dictado sentencia sobre alguien.
Cuando llevan ante Jesús a la mujer acusada de adulterio, todos parecen tener claro lo que hay que hacer con ella. La falta estaba señalada, la ley era invocada y las piedras ya estaban preparadas. Jesús no niega la verdad ni llama bueno a lo que está mal. Pero se niega a permitir que una persona sea destruida por una multitud convencida de su propia inocencia: «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8,7).
También Zaqueo había sido reducido a una etiqueta: publicano, pecador y colaborador. La gente murmuraba porque Jesús había entrado en su casa. Pero Cristo vio algo que la multitud no quiso ver: detrás de aquella mala fama continuaba existiendo un hijo de Abraham, una persona capaz de cambiar y comenzar de nuevo (cf. Lc 19,1-10).
Y Pedro negó tres veces a Jesús. Humanamente, había razones suficientes para considerarlo desleal y apartarlo definitivamente. Sin embargo, Cristo resucitado no lo humilló públicamente ni lo dejó encerrado en su peor noche. Volvió a confiar en él y le preguntó tres veces si lo amaba (cf. Jn 21,15-19).
No pretendo comparar estas situaciones morales con el conflicto de Julián. Lo que sí podemos comparar es la mirada: la multitud suele reducir a una persona a aquello que hizo o dejó de hacer; Jesús, en cambio, contempla la verdad completa de su vida.
La mirada evangélica no elimina la responsabilidad, pero tampoco elimina la misericordia. Corrige sin destruir, juzga los actos sin apropiarse de la dignidad del otro y deja siempre abierta la posibilidad del diálogo y la reconciliación.
De héroe a traidor en noventa minutos
En el fútbol, como en las redes sociales y en tantos otros ámbitos, alguien puede pasar demasiado rápido de héroe a traidor. Hoy lo aplaudimos; mañana, si toma una decisión que no nos gusta, pretendemos borrar todo lo que hizo por nosotros.
Quizás el problema no esté solamente en el fútbol. Nos hemos acostumbrado a querer a las personas mientras responden a nuestras expectativas. Cuando dejan de hacerlo, sentimos que tenemos derecho a castigarlas.
Pero el cariño que se convierte inmediatamente en odio probablemente nunca fue verdadero cariño. Era posesión, conveniencia o entusiasmo pasajero.
Defender a Julián no significa afirmar que tiene razón en todo. Tampoco significa negar el valor de la palabra dada o de un contrato firmado. Significa recordar algo mucho más elemental: no todo vale para desacreditar a una persona.
Un contrato regula una relación profesional; no concede derechos sobre la conciencia, los sueños ni la dignidad de nadie.
No pretendo tener la última palabra sobre el futuro de Julián. Solo quisiera decirle, desde esta distancia silenciosa, que no está solo. Lo acompaño con mi oración y, junto con él, a su familia, en un momento que —más allá de los millones, las cláusulas y los colores de las camisetas— es, sobre todo, profundamente humano.
Ojalá el conflicto encuentre una salida justa para todos. Pero, mientras llega, no olvidemos que antes que delantero, ídolo, empleado o patrimonio de un club, Julián Álvarez es una persona. Y también en el fútbol, el Evangelio nos pide aprender a mirarla como tal.


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