La misión profética de la Iglesia en una sociedad que confunde el ruido con la verdad
A todos los misioneros Ad Gentes,
que, con su vida entregada, anuncian a Jesucristo hasta los confines de la tierra. Gracias por hacer visible el Evangelio con la fuerza del testimonio.
Por Fr. Carlos Ávila Martínez O.P
Introducción
Vivimos una época fascinante y, al mismo tiempo, agotadora. Nunca la humanidad tuvo tanta información a mano ni tantos canales para decir lo que piensa. Cada minuto aparecen nuevos análisis sobre guerras, elecciones, migraciones, crisis económicas, catástrofes. Todo pasa rápido. Todo parece exigir una reacción inmediata, como si callar fuera, de por sí, una falta.
Y no hace falta ir muy lejos para verlo. Alcanza con recordar la última final importante de fútbol: un penal dudoso, un árbitro señalado, y en minutos el país entero dividido en dos bandos que ya no discuten la jugada, sino que se acusan entre sí. Las campañas en las redes se vuelven agresivas casi de inmediato: unos contra otros, memes que hieren más que argumentan, cadenas de mensajes que dan por hecho lo que nadie confirmó.
Ahí empiezan a circular las teorías conspirativas —que si el árbitro fue comprado, que si el resultado ya estaba arreglado— y, al final, lo único que queda es confusión y un poco de bronca acumulada. Lo que pasa con un partido de fútbol pasa, multiplicado, con casi cualquier tema serio: basta una noticia para que se arme el mismo remolino de bandos, sospechas y ruido.
La Iglesia no escapa a esta lógica. Cada vez que estalla una guerra, ocurre una tragedia o se aprueba una ley controvertida, surge la misma pregunta: “¿Qué dijo la Iglesia?”. Si no responde con la rapidez que se espera, llueven las críticas. Y cuando sí habla, tampoco faltan los que opinan que se metió donde no debía.
Esta tensión revela algo más hondo: ¿esperamos de la Iglesia aquello para lo que Cristo la envió, o le exigimos una función que nunca formó parte de su misión?
La primera pregunta no es qué dice la Iglesia, sino para qué existe
Antes de preguntarnos sobre qué debería pronunciarse, conviene recordar quién es. Después de la Resurrección, Jesús no les dijo a los apóstoles: “Vayan por el mundo y comenten cada acontecimiento político”. Tampoco les pidió que respondieran a todas las controversias de su tiempo.
Su mandato fue otro:
“Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15).
Y san Mateo agrega:
“Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos” (Mt 28,19).
La Iglesia nace para anunciar a una Persona: Jesucristo. Todo lo demás —su obra social, educativa, cultural, caritativa— brota de esa misión primera. El Concilio Vaticano II lo dijo con una definición hermosa:
“La Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, 1).
Unos números después, el mismo Concilio añade algo que ilumina todavía más esta identidad: la Iglesia reúne en sí, “a semejanza del misterio del Verbo encarnado”, un elemento humano y otro divino, y camina por el mundo llevando la cruz de Cristo antes que el poder de este mundo (cf. Lumen Gentium, 8). No es, entonces, una institución más entre las instituciones: es un misterio que se sirve de estructuras humanas para conducir a algo que las excede.
Esa afirmación cambia por completo la perspectiva. La Iglesia no existe para reemplazar a los gobiernos. No existe para ser un observatorio internacional. No existe para competir con periodistas ni analistas políticos. Existe para llevar al hombre hacia Cristo.
Jesús nunca siguió la agenda de su tiempo
Este dato sorprende cuando se leen los Evangelios con atención. Jesús vivió bajo un régimen de ocupación extranjera. Había desigualdades enormes. La corrupción política era evidente. Las tensiones religiosas dividían al pueblo.
Y, sin embargo, nunca dejó que la actualidad le marcara la agenda. Cuando quisieron hacerlo rey, se retiró. Cuando intentaron convertirlo en árbitro de conflictos políticos, no aceptó ese papel. Cuando le preguntaron por el tributo al César, respondió con una frase que sigue desconcertando veinte siglos después:
“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. (Mt. 22, 21)
Y ante Pilato pronunció unas palabras decisivas:
“Mi Reino no es de este mundo”. (Jn. 18, 36)
Jesús no ignoró la historia. La transformó desde la raíz. Sabía que ninguna estructura política puede salvar el corazón humano. Por eso empezó donde empiezan todas las transformaciones verdaderas: en la conversión.
La Iglesia ilumina las conciencias; no reemplaza la responsabilidad de los laicos
Acá hay una distinción que hoy parece olvidada. La Iglesia tiene autoridad moral. No tiene una competencia técnica universal.
La Doctrina Social de la Iglesia ofrece principios permanentes: la dignidad de la persona, el bien común, la solidaridad, la subsidiariedad, el destino universal de los bienes. Pero esos principios no producen automáticamente una única solución política.
Dos católicos pueden compartir íntegramente la misma fe y discrepar, con toda legitimidad, sobre una reforma fiscal, una política migratoria, una estrategia económica o determinadas decisiones internacionales.
Santo Tomás de Aquino explica que la prudencia es la recta ratio agibilium, la recta razón aplicada al obrar (Suma Teológica, II-II, q.47, a.3), y que los principios universales de la ley moral requieren siempre una determinación prudencial para alcanzar los casos particulares (I-II, q.94, a.4). La prudencia, por tanto, no consiste en repetir principios, sino en discernir cómo encarnarlos en situaciones reales, complejas y cambiantes.
Por eso la Iglesia enseña principios, y los fieles laicos —con su preparación y su responsabilidad propia— están llamados a traducir esos principios en decisiones concretas dentro de la vida pública. Cuando esa distinción se pierde, corremos el riesgo de identificar determinadas opciones políticas con el Evangelio mismo. Y ese es un error que empobrece tanto a la Iglesia como a la sociedad.
El silencio también puede ser una forma de verdad
Vivimos convencidos de que hablar siempre es mejor que callar. No estoy tan seguro.
Jesús guardó silencio ante Herodes. Guardó silencio ante muchas acusaciones. No respondió a todas las provocaciones. Su silencio nunca fue cobardía. Fue libertad. También la Iglesia necesita conservar esa libertad. No todo merece una declaración. No todo exige un comunicado. Hablar solo porque la presión mediática lo reclama puede terminar vaciando de contenido la palabra de la Iglesia.
Las palabras pierden fuerza cuando se multiplican sin discernimiento —lo mismo que pasa, a escala mucho más chica, cuando en las redes todos opinan de todo sin haberse detenido un segundo a pensar.
La profecía no consiste en opinar sobre todo
Hay una diferencia enorme entre ser profeta y ser comentarista. El comentarista reacciona. El profeta discierne. El comentarista sigue la agenda del día. El profeta contempla la historia desde Dios.
Santo Domingo de Guzmán entendió esta verdad con una hondura extraordinaria. Su lema no fue “hablar mucho”, sino aquella fórmula que el propio Santo Tomás de Aquino sintetizó como contemplari et contemplata aliis tradere —contemplar y transmitir a los demás el fruto de la contemplación— (Suma Teológica, II-II, q.188, a.6), expresión que resume el corazón mismo del carisma dominicano.
La predicación auténtica nunca nace de la ansiedad por responder a todo. Nace del silencio de quien primero escuchó la Palabra.
Quizás hoy la Iglesia necesite recuperar esa serenidad. No para hablar menos, sino para que, cuando hable, su voz tenga el peso del Evangelio y no el eco de las redes sociales.
Una Iglesia que no olvida a los olvidados
Todo lo anterior no significa que la Iglesia pueda refugiarse en un espiritualismo desencarnado.
Cuando se persigue a los cristianos, cuando un pueblo sufre un genocidio, cuando se pisotea la dignidad humana o se niega la libertad religiosa, la Iglesia no puede quedarse indiferente. Pero incluso entonces, su palabra debe conservar algo esencial: hablar desde el Evangelio y no desde intereses ideológicos. Su autoridad no viene de ocupar titulares. Viene de anunciar la verdad con libertad, aunque esa verdad resulte incómoda para todos.
Benedicto XVI lo explicó con una precisión que no ha envejecido: la Iglesia no puede ni debe tomar en sus propias manos la batalla política para construir la sociedad más justa posible, pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia, porque su tarea propia es contribuir a la purificación de la razón y despertar las fuerzas morales sin las cuales no se levantan estructuras justas (cf. Deus caritas est, 28).
Conclusión: el mundo no necesita otra voz más
No necesitamos una Iglesia que sea la primera en reaccionar. Necesitamos una Iglesia que sea la primera en recordar lo esencial.
En una sociedad donde todos opinan, la Iglesia está llamada a anunciar. Donde abundan los comentarios, ella debe ofrecer discernimiento. Donde reina la polarización, debe recordar que la verdad nunca nace del enfrentamiento, sino del encuentro con Cristo.
La Iglesia perderá credibilidad si pretende competir con periodistas, analistas o líderes de opinión. Pero recuperará toda la fuerza de su misión cuando vuelva a hacer lo que Cristo le pidió desde el principio: anunciar el Evangelio, formar conciencias y mantener viva la esperanza del mundo.
Porque el mundo no espera de la Iglesia una opinión más. Espera una palabra distinta. Una palabra que no siga el ritmo de los titulares, sino el paso sereno del Evangelio. Una palabra que no nazca de la urgencia por responder, sino de la contemplación de Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida.
Solo una Iglesia que contempla antes de hablar tendrá algo verdaderamente nuevo que decir. Y ese algo nuevo no es una idea, ni una estrategia, ni una ideología. Tiene un nombre: Jesucristo.


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