Virgen María — María Corredentora: cuando una palabra termina dividiendo lo que la fe une

María Corredentora: cuando una palabra termina dividiendo lo que la fe une

Por Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.

A quienes aman profundamente a la Virgen María y, en medio de tantas discusiones, buscan vivir su devoción con fidelidad a Cristo y en comunión con la Iglesia. Y también a quienes alguna vez se han preguntado, con temor, si su manera sencilla de amar a María era suficiente.

Hace un tiempo, terminada la misa, una mujer se acercó a saludarme y, casi al pasar, me preguntó si estaba mal que ella no rezara nunca «a María Corredentora» sino simplemente «a la Virgen». Le noté cierto temor, como quien teme haber fallado en algo. Le respondí que no había ningún fallo en eso. Pero me quedé pensando en cuántas personas cargan hoy, sin saberlo, con el peso de una discusión teológica que no eligieron y que apenas comprenden.

Hay discusiones en la Iglesia que parecen referirse a una cuestión teológica, pero que, cuando uno mira más profundamente, revelan también nuestras tensiones internas. El debate sobre el título de «Corredentora» aplicado a la Virgen María es uno de esos casos.

Para algunos católicos, dejar de utilizar esta expresión parece significar disminuir el lugar de María, ceder ante el protestantismo o abandonar una enseñanza tradicional. Para otros, insistir en ella supone introducir una ambigüedad innecesaria en algo que la fe cristiana afirma con absoluta claridad: Jesucristo es el único Redentor.

Quizá podamos comenzar por aquí: antes de preguntarnos quién ha ganado esta discusión, convendría preguntarnos qué quiere realmente enseñar la Iglesia.

Lo que nadie está negando

Hay algo fundamental que debemos aclarar. La Iglesia no está negando la cooperación de María en la obra de la salvación.

María no fue una espectadora pasiva de la Encarnación. Su fiat —«Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38)— expresa una respuesta libre y real al designio de Dios. Desde Nazaret hasta el Calvario, su vida quedó profundamente unida a la misión de su Hijo.

El Concilio Vaticano II lo expresa con gran belleza al presentar a María cooperando de manera singular en la obra del Salvador mediante su obediencia, su fe, su esperanza y su ardiente caridad (cf. Lumen gentium, 61).

Por tanto, la cooperación de María no está en discusión. Pero tampoco lo está otra afirmación igualmente fundamental: esa cooperación nunca puede situarse al mismo nivel que la acción redentora de Cristo.

San Pablo lo expresa con palabras inequívocas: «Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús» (1 Tim 2,5).

Ya Santo Tomás de Aquino, comentando precisamente este versículo, distinguió con precisión los sentidos en que puede hablarse de mediación. Para él, ser mediador entre Dios y los hombres en sentido propio y perfecto corresponde solo a Cristo, porque solo Él reconcilia plenamente a la humanidad con Dios. Otros pueden ser llamados mediadores en un sentido secundario y ministerial, en cuanto cooperan dispositiva o ministerialmente a la unión de los hombres con Dios (Suma Teológica, III, q. 26, a. 1).

Es, en el fondo, la misma distinción que hoy seguimos necesitando: hay una cooperación real, y hay una mediación única e insustituible. No son lo mismo, y confundirlas no honra a nadie, ni siquiera a María.

María participa de la obra de Cristo porque ha recibido todo de Cristo. Su misión es enteramente dependiente, subordinada y referida a Él. Dicho sencillamente: María coopera con el Redentor; no es otro Redentor junto a Cristo.

Entonces, ¿dónde está el problema?

Precisamente en la palabra «Corredentora». Quienes defienden este título explican que el prefijo latino co- no significa necesariamente igualdad, sino cooperación. Entendido correctamente, «Corredentora» expresaría que María cooperó de una manera absolutamente singular en la obra realizada por Cristo.

Teológicamente pueden hacerse todas esas precisiones. Pero aquí aparece una pregunta pastoral que no deberíamos despreciar: ¿cuántas explicaciones necesitamos para que una palabra no sea malinterpretada?

Porque si cada vez que utilizamos un título debemos añadir inmediatamente que María no redime como Cristo, que no está al mismo nivel que Cristo, que su mediación depende de Cristo y que el prefijo co- no significa igualdad con Cristo, quizá debamos preguntarnos si estamos defendiendo una verdad de fe o simplemente una determinada manera de expresarla. Y ambas cosas no son lo mismo.

La prudencia de la Iglesia

Aquí se comprende mejor una preocupación presente desde hace décadas en el discernimiento de la Iglesia y formulada ahora expresamente por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe en la nota doctrinal Mater populi fidelis (2025), aprobada por el papa León XIV.

El documento afirma que «es siempre inoportuno el uso del título de Corredentora» para definir la cooperación de María, porque esa palabra corre el riesgo de oscurecer la única mediación salvífica de Cristo y generar confusión en la fe del pueblo cristiano (Mater populi fidelis, 22).

Cuando la Iglesia habla así, no está diciendo que María no haya cooperado en nuestra salvación. Está haciendo una valoración sobre la conveniencia teológica y pastoral de una expresión. Esta distinción es decisiva. Una cosa es la doctrina y otra la terminología utilizada para expresarla. La doctrina permanece: María ocupa un lugar único en la historia de la salvación.

Lo que se cuestiona es si la palabra «Corredentora» ayuda verdaderamente a comprender ese misterio o termina oscureciendo la centralidad absoluta de Jesucristo. El propio Concilio, al hablar de la mediación materna de María, quiso dejar la puerta cerrada a toda ambigüedad: esa mediación «no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador» (Lumen gentium, 62).

Por eso tampoco me parece correcto reducir la orientación de la Santa Sede a una simple disposición administrativa para los documentos vaticanos. Hay detrás una preocupación doctrinal y pastoral: proteger la mediación única de Cristo y evitar confusiones en la predicación y en la piedad del pueblo cristiano.

Conviene recordar, sin embargo, que san Juan Pablo II utilizó el título de «Corredentora» en diversas ocasiones. Mater populi fidelis reconoce expresamente al menos siete usos. Esto demuestra que el término posee una historia legítima dentro del lenguaje católico, aunque nunca haya sido definido dogmáticamente. El mismo documento recuerda, a la vez, que el Concilio Vaticano II evitó utilizarlo por razones dogmáticas, pastorales y ecuménicas (cf. Mater populi fidelis, 18). Evitar una determinada palabra, por tanto, no significa necesariamente disminuir la doctrina sobre María.

Esta preocupación no es nueva. En la Feria IV del 21 de febrero de 1996, la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe examinó la petición de definir dogmáticamente a María como «Corredentora» o «Mediadora de todas las gracias». El cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación, respondió negativamente en su votum personal, señalando que el significado preciso de esos títulos no era suficientemente claro y que no aparecía de modo evidente su fundamento en la Escritura y la Tradición apostólica.

Años después, en una conversación publicada con Peter Seewald, fue todavía más explícito: «La fórmula “Corredentora” se aleja demasiado del lenguaje de las Escrituras y de la patrística y, por tanto, provoca malentendidos». Para Ratzinger, todo en María procede de Cristo y remite a Él; por eso advertía que la palabra podía ensombrecer precisamente ese origen (cf. Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Mater populi fidelis, 19 y notas 37-38; J. Ratzinger – P. Seewald, God and the World, San Francisco 2002, p. 306).

Esta misma línea cristológica ha sido recordada recientemente por León XIV. En la audiencia general del 13 de mayo de 2026, al comentar Lumen gentium, el Papa volvió a presentar conjuntamente las dos verdades que no deben separarse: Cristo es el único Mediador de salvación y María «cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador». No necesitamos elegir entre la centralidad de Cristo y la grandeza de María: la auténtica mariología católica afirma ambas, respetando el orden que existe entre ellas.

El problema comienza cuando un título se convierte en bandera

Aquí aparece una cuestión más profunda. Durante las últimas décadas, determinadas expresiones teológicas han terminado convirtiéndose, en algunos ambientes, en signos de identidad dentro de las disputas eclesiales. Y entonces dejamos de discutir solamente sobre María.

En algunos ambientes, defender el título de Corredentora termina significando defender la tradición frente a una Iglesia supuestamente demasiado preocupada por el ecumenismo o la modernidad. En otros, rechazarlo puede convertirse casi en una forma de demostrar que se pertenece a una Iglesia más abierta y conciliar.

Cuando llegamos a este punto, María corre el riesgo de convertirse en bandera de nuestras propias divisiones. Y eso debería preocuparnos.

La Virgen no pertenece a un sector de la Iglesia. No es propiedad de los conservadores ni de los progresistas. María pertenece a Cristo y conduce hacia Cristo.

¿Y qué ocurre con quienes continúan defendiendo el título?

También aquí necesitamos equilibrio.

No sería justo acusar automáticamente de heterodoxia a quien emplea la palabra «Corredentora» en su sentido teológico tradicional.

El problema aparece cuando la defensa de ese término se transforma en una especie de resistencia frente a la orientación de la Iglesia.

Podemos comprender que determinados teólogos, cardenales o movimientos marianos consideren que el título posee una historia legítima y que, correctamente explicado, expresa adecuadamente la cooperación singular de María.

Pero también debemos preguntarnos: si la autoridad doctrinal de la Iglesia considera que hoy esa palabra provoca más confusión que claridad, ¿por qué convertir su utilización en una batalla?

La comunión eclesial no consiste solamente en aceptar definiciones dogmáticas. También implica recibir con espíritu filial las orientaciones prudenciales mediante las cuales la Iglesia intenta custodiar la fe y acompañar al Pueblo de Dios.

No todo desacuerdo teológico constituye desobediencia. Pero tampoco toda orientación magisterial puede reducirse cómodamente a una opinión más cuando no coincide con nuestras preferencias.

María no necesita que la defendamos de la Iglesia

Tal vez este sea el aspecto que más me preocupa de algunas polémicas actuales. A veces pareciera que debemos proteger a la Virgen María de las decisiones de la propia Iglesia.

Como si abandonar una determinada palabra significara abandonar a María. Pero la grandeza de la Virgen no depende de que consigamos añadirle nuevos títulos.

La Iglesia ya la proclama Madre de Dios, siempre Virgen, Inmaculada, Asunta al cielo, Madre de la Iglesia. Y, sobre todo, contempla en ella a la mujer creyente que escuchó la Palabra, la acogió y permitió que transformara completamente su existencia.

Su grandeza está precisamente en aquello que ella misma proclamó: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí» (Lc 1,49).

El sujeto último de esas maravillas sigue siendo Dios.

Quizá María misma nos indique el camino

En Caná encontramos una de las mejores síntesis de la auténtica espiritualidad mariana. María percibe la necesidad: «No tienen vino» (Jn 2,3).

Intercede. Se acerca. Acompaña.

Pero finalmente señala a Cristo y dice: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). Quizá aquí tengamos un criterio para toda mariología verdaderamente católica.

Cuanto más auténtica sea nuestra devoción a María, más claramente deberá aparecer Jesucristo.

Por eso no necesitamos disminuir a María para defender la centralidad de Cristo. Pero tampoco necesitamos multiplicar o defender obstinadamente determinados títulos para demostrar nuestro amor a la Virgen.

Podemos afirmar sin temor toda la grandeza de su cooperación en la historia de la salvación y, al mismo tiempo, reconocer que solo Cristo nos redime, solo de Él procede la gracia y toda la misión de María existe para conducirnos hacia Él.

Tal vez el verdadero desafío no sea decidir quién gana la batalla sobre la palabra «Corredentora». Tal vez sea algo mucho más evangélico: dejar que María deje de ser una bandera de nuestras divisiones y vuelva a hacer aquello que siempre ha hecho en la Iglesia: llevarnos a Jesucristo.

Pienso otra vez en aquella mujer, a la salida de misa.

No necesitaba una definición dogmática para amar a María; necesitaba saber que, dijera lo que dijera, no estaba fallándole a nadie. Quizá esa sea, al final, la mejor prueba de que hemos entendido bien esta discusión: cuando volvemos capaces de hablar de María sin ansiedad, y de hablar de Cristo sin miedo a que alguien nos crea desagradecidos con su Madre.

Referencias principales

Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, nn. 60-62.

Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Mater populi fidelis. Nota doctrinal sobre algunos títulos marianos referidos a la cooperación de María en la obra de la salvación, 4 de noviembre de 2025, especialmente nn. 18-22.

León XIV, Audiencia general, 13 de mayo de 2026.

Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 26, a. 1.

J. Ratzinger – P. Seewald, God and the World: Believing and Living in Our Time, San Francisco, 2002, p. 306.

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