Por Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.
A Colombia, con nuestra oración y solidaridad.
Por quienes han partido, por los heridos y por sus familias.
Que Dios los sostenga y nos haga instrumentos de esperanza.
Ante el terremoto que ha golpeado a Colombia, mi pensamiento y mi oración están con quienes están sufriendo: con las familias de los fallecidos, con los heridos, con quienes han perdido sus hogares y con todos aquellos que viven estas horas con angustia.
Colombia, no estás sola. Pero una tragedia como esta nos enfrenta también a una pregunta que atraviesa nuestra fe: ¿Por qué Dios permite el sufrimiento?
No tenemos respuestas fáciles.
Un terremoto no es un castigo de Dios. La naturaleza tiene sus propias leyes y procesos. Vivimos en un mundo hermoso, pero también vulnerable. Y cuando la tierra tiembla, descubrimos dolorosamente nuestra fragilidad.
Por eso debemos tener cuidado con las respuestas religiosas demasiado rápidas. Decirle a quien acaba de perder a un ser querido que “Dios lo quiso” no es una respuesta cristiana. Hay dolores ante los cuales debemos aprender a guardar silencio, acompañar y llorar con quien llora.
La fe cristiana no explica todo el sufrimiento, pero nos revela algo fundamental:
Dios no es indiferente ante nuestro dolor.
En Jesucristo, Dios entró en nuestra historia, conoció el sufrimiento, la soledad y la muerte. La cruz no elimina el misterio del mal, pero nos asegura que Dios permanece junto al ser humano que sufre.
Y entonces aparece otra pregunta: ¿Qué podemos hacer nosotros?
Podemos rezar.
Podemos ayudar.
Podemos acompañar.
Podemos compartir.
Podemos estar cerca.
Porque muchas veces Dios responde al sufrimiento a través de nuestras propias manos: en el rescatista que busca entre los escombros, en el médico que atiende, en el vecino que abre su casa, en quien ofrece un plato de comida o simplemente en quien abraza y dice: “No estás solo”.
Hoy quiero elevar especialmente una oración por Colombia. Por quienes han muerto, para que descansen en la paz de Dios. Por sus familias, para que encuentren consuelo.
Por los heridos y damnificados, para que reciban ayuda y esperanza. Y por todos quienes trabajan incansablemente para salvar vidas.
No tenemos todas las respuestas. Pero sí podemos ofrecer algo que el mundo necesita especialmente en momentos como este: presencia, solidaridad, compasión y esperanza.
Que Dios bendiga y sostenga a Colombia.
Cuando la tierra tiembla, que nuestro corazón no permanezca indiferente.


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