Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.
El décimo aniversario de Amoris laetitia y el encuentro celebrado en Roma en octubre de 2026 nos invitan a mirar más allá de las controversias que acompañaron a la exhortación del papa Francisco. ¿Qué hemos aprendido durante estos años? ¿Cómo acompañamos hoy a las familias? ¿Qué significa verdaderamente una Iglesia que escucha, enseña y ayuda a vivir el Evangelio del matrimonio?
Diez años después, ¿qué ha cambiado realmente?
En marzo de 2016, el papa Francisco publicó Amoris laetitia, una exhortación apostólica sobre el amor en la familia que nació del proceso de reflexión y discernimiento de dos asambleas sinodales.
Diez años después, León XIV ha querido que la Iglesia vuelva a examinar aquel camino mediante un encuentro celebrado en Roma del 7 al 14 de octubre de 2026.
El aniversario nos invita a realizar un balance. Pero considero que no deberíamos limitarnos a enumerar los documentos publicados, las controversias doctrinales o las distintas interpretaciones pastorales que han surgido durante esta década.
La cuestión fundamental es otra: ¿qué ha cambiado realmente en nuestra manera de acompañar a las familias?
En los dos primeros artículos de esta serie hemos examinado la finalidad salvadora de la misión eclesial y las dificultades teológicas planteadas por el capítulo VIII de Amoris laetitia, especialmente en relación con las personas divorciadas vueltas a casar.
Ahora quisiera ampliar nuestra mirada.
Porque la exhortación de Francisco no fue escrita exclusivamente para abordar las situaciones matrimoniales irregulares. Su contenido comprende el amor conyugal, la educación de los hijos, la sexualidad, la fidelidad, las crisis familiares, la espiritualidad y la misión de la familia en la sociedad y en la Iglesia.
Una década después, necesitamos preguntarnos si esa riqueza ha conseguido transformar nuestras prácticas pastorales.
Podemos estudiar detenidamente un documento sin permitir que sus enseñanzas modifiquen nuestra manera de actuar.
Y este riesgo también existe en la Iglesia.
León XIV y la continuidad del Magisterio
Con motivo del décimo aniversario de Amoris laetitia, León XIV ha situado la exhortación de Francisco dentro del camino más amplio de la reflexión eclesial sobre el matrimonio y la familia.
Esta perspectiva resulta importante.
La historia del Magisterio no comienza con cada nuevo pontificado. Tampoco termina cuando fallece un Papa.
El Concilio Vaticano II, la exhortación Familiaris consortio de san Juan Pablo II y Amoris laetitia forman parte de un proceso de profundización en la vocación matrimonial y en los desafíos de la vida familiar.
Cada documento responde a circunstancias históricas particulares, pero todos deben ser comprendidos dentro de la continuidad de la fe de la Iglesia.
Por eso, considero equivocado interpretar la sucesión pontificia como una competencia entre proyectos personales.
No deberíamos preguntarnos si León XIV viene a corregir a Francisco o a confirmar todas las interpretaciones que se han hecho de sus enseñanzas.
La cuestión decisiva consiste en comprender cómo el ministerio del Sucesor de Pedro ayuda a la Iglesia a custodiar la verdad recibida y a anunciarla en las circunstancias actuales.
La continuidad del Magisterio no significa inmovilismo pastoral. Pero tampoco permite considerar que cualquier transformación cultural justifica modificar las enseñanzas fundamentales de la fe.
La Iglesia necesita conservar la verdad y, al mismo tiempo, desarrollar los caminos que permiten comprenderla y vivirla.
Este equilibrio requiere una reflexión teológica seria, alejada tanto de las rupturas artificiales como de las idealizaciones del pasado.
Escuchar a las familias es una responsabilidad eclesial
En su intervención inaugural del 7 de octubre, León XIV destacó la importancia de recoger experiencias, reconocer dificultades y escuchar los testimonios de las familias.
Esta orientación merece especial atención.
Con frecuencia hablamos de la familia desde categorías doctrinales, jurídicas o sociológicas.
Reflexionamos sobre sus derechos, obligaciones y responsabilidades. Examinamos las dificultades que afectan al matrimonio y proponemos respuestas pastorales.
Pero ¿cuánto escuchamos realmente a las familias?
¿Conocemos las dificultades de los matrimonios jóvenes que intentan construir una vida compartida en medio de la inestabilidad laboral?
¿Sabemos cómo viven los padres la educación de sus hijos en una cultura profundamente transformada por las redes sociales y las nuevas tecnologías?
¿Prestamos atención a los esposos que atraviesan enfermedades, crisis afectivas o largos períodos de separación por motivos laborales o migratorios?
¿Somos capaces de escuchar a quienes han experimentado una ruptura matrimonial sin reducir inmediatamente su historia a una clasificación canónica?
Escuchar no significa aprobar cualquier conducta ni sustituir la verdad moral por las experiencias personales.
Significa reconocer que la acción pastoral necesita conocer a las personas concretas a quienes está llamada a servir.
La verdad cristiana no pierde su fuerza cuando entra en diálogo con la realidad humana.
Al contrario, es precisamente allí donde debe mostrar su capacidad para iluminar la vida.
Las familias no son solamente destinatarias de nuestra pastoral
El Concilio Vaticano II presenta a la familia cristiana como Iglesia doméstica (Lumen gentium, 11).
Esta expresión no constituye una simple imagen espiritual.
Nos recuerda que el matrimonio y la familia participan de manera propia en la vida y la misión evangelizadora de la Iglesia.
Los esposos no son únicamente personas que reciben enseñanzas de sacerdotes o agentes pastorales.
Son protagonistas de una vocación cristiana que se realiza en la fidelidad cotidiana, la educación de los hijos, la atención a los mayores, el perdón y la entrega mutua.
En muchos hogares, la fe se transmite más por el testimonio que por las palabras.
Un niño puede comprender algo del amor de Dios al experimentar la paciencia y la entrega de sus padres.
Un matrimonio puede dar testimonio del Evangelio cuando aprende a afrontar una dificultad sin abandonar el diálogo ni la esperanza.
Una familia que cuida a un miembro enfermo hace visible una dimensión profunda de la caridad cristiana.
Pero debemos evitar una idealización excesiva.
Las familias también conocen el cansancio, las contradicciones, los conflictos y, en ocasiones, el fracaso.
Precisamente por eso necesitan una comunidad eclesial que no se limite a presentarles un modelo perfecto, sino que las ayude a crecer en su vocación.
La pastoral familiar debería construirse cada vez más con la participación de los propios matrimonios y familias.
No podemos hablar continuamente sobre ellos sin contar suficientemente con su experiencia.
Una crisis que no puede explicarse solamente por la pérdida de valores
Resulta evidente que el matrimonio y la familia atraviesan transformaciones culturales profundas.
En muchas sociedades ha disminuido el número de matrimonios religiosos, se han extendido otras formas de convivencia y han cambiado las expectativas sobre la estabilidad de las relaciones afectivas.
La Iglesia debe examinar estas transformaciones a la luz de su enseñanza sobre el amor humano, la sexualidad y el matrimonio.
Pero sería una simplificación atribuir todas las dificultades familiares a una supuesta decadencia moral de nuestra época.
La realidad es más compleja.
La precariedad laboral, las dificultades para acceder a una vivienda, la emigración, los problemas de salud mental, la soledad y la ausencia de redes de apoyo influyen profundamente en la estabilidad familiar.
También existen situaciones de violencia y abuso que requieren respuestas de protección y justicia, no simples exhortaciones a mantener la convivencia.
La doctrina social de la Iglesia nos impide separar la defensa del matrimonio de las condiciones sociales que permiten vivirlo dignamente.
No podemos pedir a los jóvenes que asuman compromisos estables y desentendernos de las dificultades concretas que encuentran para construir un hogar.
Tampoco podemos defender la educación de los hijos sin preocuparnos por las familias que carecen de recursos suficientes.
Si afirmamos que el matrimonio constituye un bien para la sociedad, debemos preguntarnos qué estamos haciendo para favorecer las condiciones que permiten sostenerlo.
La pastoral familiar no puede reducirse a una enseñanza moral desvinculada de la realidad social.
La educación en el amor: una prioridad señalada por León XIV
En la homilía preparada para el 14 de octubre, León XIV llama a situar los programas prematrimoniales dentro de una educación en el amor más amplia, que comienza mucho antes de los preparativos de una boda. Esta indicación no debe interpretarse como una simple invitación a multiplicar cursos, sino como una propuesta de formación humana, afectiva y cristiana, sostenida por la familia y por toda la comunidad eclesial.
Ya hemos examinado en el primer artículo las limitaciones de una preparación reducida a los trámites anteriores al matrimonio. La aportación que ahora importa destacar es la perspectiva del Papa: educar para amar supone cultivar desde temprano la libertad responsable, la capacidad de entrega, el perdón y la fidelidad.
La fragilidad familiar y la respuesta de la comunidad
La homilía del 14 de octubre, leída por el cardenal Luis Antonio Tagle, recupera el himno a la caridad de san Pablo (1 Cor 13), ampliamente comentado en el cuarto capítulo de Amoris laetitia. León XIV pone así el amor cristiano en el centro de cualquier renovación de la pastoral familiar.
De esta orientación se desprende una prioridad concreta: que las familias encuentren comunidades capaces de sostenerlas antes de que sus dificultades se agraven. El acompañamiento incluye escucha espiritual, apoyo mutuo y, cuando hace falta, colaboración con profesionales competentes. En situaciones de violencia, la protección de las víctimas es irrenunciable. No se trata de sustituir el discernimiento moral por una acogida indiferenciada, sino de mostrar con hechos la caridad que proclamamos.
El capítulo VIII y las cuestiones que permanecen abiertas
El aniversario de Amoris laetitia tampoco permite ignorar las controversias relacionadas con su capítulo VIII.
En el segundo artículo de esta serie hemos examinado la relación entre la indisolubilidad matrimonial, la responsabilidad subjetiva, la conciencia y la disciplina sacramental.
También analizamos las cinco dubia presentadas por cuatro cardenales en 2016, las orientaciones de los obispos de Buenos Aires respaldadas por Francisco y las aclaraciones posteriores del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
Estas cuestiones merecen seguir siendo estudiadas con rigor.
La interpretación autorizada de Francisco reconoció posibilidades de acceso sacramental en determinados casos y después de un proceso de discernimiento. Al mismo tiempo, la teología debe continuar explicando cómo se articulan esas orientaciones con los principios morales y sacramentales anteriores.
No deberíamos presentar las intervenciones de León XIV de octubre de 2026 como si hubieran establecido nuevas disposiciones para resolver aquella controversia.
Su discurso inaugural y la homilía de clausura no promulgaron una nueva disciplina sobre los divorciados vueltos a casar.
La atención del Papa se ha situado especialmente en la educación en el amor, la espiritualidad familiar, la escucha y el acompañamiento.
Este dato es significativo.
No porque las cuestiones doctrinales hayan dejado de importar, sino porque la misión pastoral de la Iglesia es mucho más amplia que una sola controversia sacramental.
La fidelidad a Amoris laetitia no puede medirse únicamente por la postura que adoptemos ante su capítulo VIII.
Debe apreciarse también en la manera en que acompañamos a las familias antes, durante y después de sus dificultades.
Una propuesta concreta para la próxima década
A mi juicio, la reflexión teológica solamente alcanzará toda su fecundidad si se traduce en decisiones pastorales.
Necesitamos una formación afectiva y matrimonial que no comience pocas semanas antes de la boda, sino que forme parte de un verdadero itinerario de maduración humana y cristiana.
Es necesario acompañar de manera estable a los matrimonios, particularmente durante los primeros años de convivencia y de crianza de los hijos.
Deberíamos desarrollar espacios de escucha para quienes atraviesan crisis familiares, sin esperar a que las dificultades se vuelvan irreversibles.
También necesitamos una mayor formación de quienes ejercemos el ministerio pastoral, especialmente cuando se trata de distinguir entre principios morales, responsabilidad personal, discernimiento de conciencia y disciplina sacramental.
Y las familias deben participar activamente en la elaboración de las propuestas que están destinadas a ayudarlas.
Estas iniciativas no exigen abandonar la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio.
Por el contrario, son una manera de tomarnos en serio su riqueza y su importancia.
La fidelidad doctrinal no debería limitarse a conservar formulaciones verdaderas.
También debe impulsarnos a buscar los medios adecuados para que esas verdades puedan ser comprendidas y vividas.
La familia como lugar de oración y de esperanza
Hay un aspecto de la homilía de León XIV que merece ser recuperado especialmente: la oración familiar.
El Papa advierte que en muchos lugares se ha debilitado la costumbre de rezar juntos en el hogar.
Y recuerda que la oración compartida y la participación en los sacramentos forman parte del crecimiento espiritual de la familia.
La vida cristiana no puede sostenerse solamente mediante principios morales y orientaciones educativas.
Necesita una relación viva con Jesucristo.
Una familia puede conocer perfectamente sus obligaciones y, sin embargo, experimentar dificultades para vivirlas.
La oración no elimina esas dificultades, pero ayuda a afrontarlas desde una relación de confianza con Dios.
También nos recuerda que el matrimonio cristiano no depende exclusivamente de las capacidades humanas.
La gracia constituye una dimensión esencial de su vocación.
Cuando rezamos juntos, reconocemos nuestras limitaciones, expresamos nuestras esperanzas y ponemos nuestra historia delante de Dios.
Por eso, recuperar la espiritualidad familiar no es una cuestión secundaria.
Es reconocer que la Iglesia doméstica necesita alimentarse continuamente de la Palabra, la oración y la vida sacramental.
El legado que debemos convertir en vida
El décimo aniversario de Amoris laetitia no puede reducirse a un balance de adhesiones o resistencias a un texto pontificio. Su recepción se juega en la vida real de las familias y en la capacidad de nuestras comunidades para sostenerlas en la fe.
La continuidad entre los pontificados no significa repetir fórmulas sin atender a la realidad. Significa custodiar la verdad recibida y buscar, con prudencia y creatividad pastoral, los modos de anunciarla en las circunstancias actuales. León XIV invita a contemplar este camino desde la educación en el amor, la escucha de las familias y la caridad que da sentido a toda acción eclesial.
La serie comenzó recordando que las normas están al servicio de la salvación; continuó examinando las dificultades doctrinales y sacramentales del capítulo VIII. Su conclusión es una tarea concreta: ayudar a que el Evangelio del matrimonio pueda ser conocido, celebrado y vivido, especialmente allí donde la fragilidad necesita compañía y esperanza.
El verdadero fruto de estos diez años no se medirá solamente por los debates que hemos sostenido, sino por las vidas que hayamos ayudado a acompañar y transformar a la luz de Jesucristo.
Unidos en oración por la salud del Santo Padre León XIV
Al concluir esta reflexión, quisiera expresar también nuestra cercanía y afecto filial al papa León XIV, que atraviesa estos días un período de recuperación después de su intervención quirúrgica.
Desde Predicando con nuestra vida, nos unimos a las oraciones de tantos católicos de todo el mundo por su salud y su pronto restablecimiento.
Pedimos al Señor que lo fortalezca en estos momentos, que acompañe al equipo médico que lo atiende y que le conceda la serenidad y las fuerzas necesarias para continuar su misión al servicio de la Iglesia.
Oremos por nuestro Santo Padre:
Señor Jesucristo, Buen Pastor de tu Iglesia, ponemos en tus manos la salud del papa León XIV.
Acompáñalo en su recuperación, alivia sus dificultades y concédele fortaleza, paz y esperanza.
Ilumina a los médicos y a todas las personas que lo cuidan. Que experimente el afecto y la oración de toda la Iglesia.
Por intercesión de la Santísima Virgen María, Salud de los Enfermos, concédele, si es tu voluntad, una pronta y plena recuperación, para que continúe guiando a tu Pueblo con sabiduría, fidelidad y amor.
Amén.
Con este artículo concluimos la serie «Amoris laetitia, diez años después», dedicada a reflexionar sobre la misión salvadora de la Iglesia, la doctrina matrimonial, la conciencia cristiana y los desafíos de la pastoral familiar.
Artículos anteriores:
1. Amoris laetitia, diez años después: ¿una Iglesia de normas o de salvación?
2. Amoris laetitia y los divorciados vueltos a casar: doctrina, conciencia y sacramentos





Deja una respuesta