Carlos Ávila Martínez O.P.
¿Puede una inteligencia artificial escribir una homilía? Puede generar un texto religioso, organizar argumentos y proponer una conclusión. Pero esa posibilidad abre una pregunta que merece atención: ¿qué necesita haber vivido, comprendido y discernido quien va a anunciar esa palabra? Esta cuestión nos introduce en un desafío más amplio. Una persona abre el teléfono después de un día difícil.
Entre noticias, discusiones y videos encuentra una reflexión sobre la fe. Quizá pasa de largo. Quizá se detiene porque una pregunta expresa lo que está viviendo. Detrás de esa pantalla hay una historia que desconocemos y alguien que merece ser tratado con cuidado. Quienes compartimos el Evangelio en internet necesitamos recordar esto. Preparar un buen mensaje exige pensar en su contenido y también en la persona que lo recibirá.
Podemos aprender a utilizar las herramientas digitales y, al mismo tiempo, preguntarnos si nuestra manera de hablar ayuda a comprender la fe, despierta confianza y abre una posibilidad de encuentro con Dios.
Una Palabra que entra en nuestra historia
El fundamento de la comunicación cristiana está en la Encarnación: «La Palabra se hizo carne» (Jn 1,14). Dios se acerca a nosotros en una vida humana, dentro de una historia concreta. Esta cercanía nos invita a buscar palabras que puedan ser comprendidas y que iluminen las preguntas de la vida. Los Evangelios muestran cómo Jesús presta atención a quienes encuentra. A Bartimeo le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (Mc 10,51).
Con la samaritana comienza una conversación junto a un pozo y la conduce hacia cuestiones cada vez más profundas (cf. Jn 4). Sus parábolas parten de experiencias conocidas y permiten descubrir en ellas algo del misterio de Dios. Aquí tenemos una orientación para nuestra tarea. Explicar la esperanza cristiana a alguien que está atravesando una pérdida requiere comprender lo que esa persona puede escuchar.
La verdad de la fe conserva toda su profundidad cuando encontramos una manera cercana de expresarla. La misericordia se comunica también en el tono, en la paciencia y en el respeto por quien pregunta. La conversación con la samaritana merece detenernos un poco más. Jesús se aproxima a una persona con una historia compleja, atravesada por heridas y por distancias religiosas y sociales. Comienza pidiendo agua.
Esa petición abre un espacio en el que la mujer puede hablar, preguntar y expresar sus resistencias. El diálogo va creciendo hasta llegar a la cuestión de quién es Jesús. La profundidad del anuncio se despliega dentro de un encuentro. En nuestra comunicación podemos aprender de ese recorrido. A veces respondemos a una pregunta que todavía nadie ha formulado, o exigimos que el destinatario conozca un lenguaje que nunca ha aprendido.
Hablar de gracia, redención o conversión requiere ayudar a descubrir qué significan esas palabras en la existencia concreta. Una explicación sencilla puede ser teológicamente rigurosa si mantiene el sentido de lo que anuncia y acompaña al lector hasta comprenderlo. También san Pablo, al dirigirse a los atenienses, observa su mundo y parte de algo que ha encontrado en él: el altar dedicado al Dios desconocido (cf. Hch 17,22-31). Busca un punto desde el cual comenzar a hablar. Su discurso no termina reduciendo la fe a lo que sus oyentes ya aceptaban; llega al anuncio de la resurrección, que provoca reacciones diferentes. Hay quienes se burlan, quienes desean escucharlo otra vez y quienes creen. Esta diversidad nos ayuda a aceptar que comunicar con fidelidad incluye sembrar sin controlar la respuesta.
Llegar a muchos y cuidar a cada uno
San Pablo VI reconoció el valor de los medios de comunicación para la evangelización. También señaló una exigencia: el mensaje debe llegar a las multitudes conservando la capacidad de dirigirse al corazón de cada persona, con su situación particular (cf. Evangelii nuntiandi, 45). Esta orientación resulta especialmente fecunda para pensar nuestra presencia en las redes. Las visualizaciones nos ofrecen información útil.
Pueden ayudarnos a revisar un título confuso o una explicación demasiado larga. Sin embargo, no nos dicen por sí solas qué ha comprendido alguien ni qué fruto puede dar una palabra en su vida. La misión necesita una mirada más amplia que el resultado inmediato de una publicación. Un título atractivo puede abrir una puerta. También crea una expectativa que debemos respetar. Preguntar cómo rezar cuando estamos preocupados permite ofrecer una reflexión honesta.
Prometer que una oración hará desaparecer todos los problemas puede aprovecharse de la angustia de quien busca ayuda. La creatividad merece ir acompañada de responsabilidad. Conviene distinguir entre la necesidad de aprender a comunicar y la tentación de medir nuestra misión únicamente por su visibilidad. Quien dedica horas a preparar un contenido desea que llegue a alguien; esa aspiración es comprensible.
Por eso vale la pena cuidar el sonido, la legibilidad de una imagen, el inicio de un video y la claridad del título. Una grabación difícil de escuchar puede cerrar una puerta que el contenido habría abierto. El discernimiento comienza cuando nos preguntamos para qué queremos esa atención. Podemos utilizarla para conducir hacia una reflexión más profunda, ofrecer una fuente o invitar a conversar.
También podemos buscarla para alimentar una necesidad constante de reconocimiento. Esta pregunta alcanza a sacerdotes, catequistas y comunidades, y merece hacerse con honestidad personal. La vocación de predicar necesita libertad interior para seguir ofreciendo algo valioso aun cuando tenga una respuesta pequeña.
Cuando la atención empieza a decidir el mensaje
Imaginemos que una comunidad publica reflexiones sobre el Evangelio y descubre que sus contenidos más polémicos reciben muchas más visitas. El resultado invita a preguntarse qué ha despertado interés. El problema aparece si comienza a elegir casi todos sus temas por la reacción que producen, desplazando lo que considera pastoralmente necesario. Esta posibilidad merece estudio dentro de la Iglesia.
Una comunicación puede conservar vocabulario religioso mientras su orientación se concentra cada vez más en provocar indignación, reforzar bandos o mantener la atención sobre quien habla. Conviene revisar qué imagen de Dios y de la Iglesia estamos transmitiendo mediante esas elecciones. León XIV, en su mensaje de 2026 «Custodiar voces y rostros humanos», advierte sobre las dinámicas que premian emociones rápidas y dificultan la escucha y el pensamiento crítico.
Su reflexión invita a conservar el pensamiento propio y a utilizar las herramientas con responsabilidad. Desde esta orientación podemos preguntarnos si nuestras publicaciones ayudan a comprender o si nos habituamos a comunicar solamente lo que genera una reacción inmediata. La corrección fraterna y la discusión teológica tienen su lugar. Necesitan argumentos, fuentes y disposición a escuchar.
Una pregunta difícil puede ayudarnos a crecer en la fe cuando la tratamos con seriedad. También debemos reconocer cuándo una controversia se vuelve un recurso para retener espectadores y deja de servir a la comprensión de la verdad.
La discusión dentro de la Iglesia y el cuidado de la comunión
Las redes también se han convertido en un lugar donde se discuten cuestiones doctrinales, decisiones pastorales y palabras del Papa. Esta discusión puede ayudar a estudiar y comprender. Sin embargo, una frase recortada suele circular con más facilidad que el documento completo, y una interpretación apresurada puede convertirse en la base de cientos de comentarios. Antes de juzgar, necesitamos saber qué se dijo, en qué contexto y con qué alcance.
La fidelidad a la Iglesia pide tomarse en serio sus enseñanzas. Si un texto es difícil, el trabajo teológico consiste en aclarar sus términos, relacionarlo con las fuentes y distinguir una afirmación doctrinal de una propuesta pastoral. Un desacuerdo merece razones que puedan ser examinadas. Atribuir intenciones sin pruebas, ridiculizar a una persona o presentar cualquier matiz como una ruptura de la fe dificulta ese examen y puede herir a quienes buscan orientación.
La invitación de la primera carta de Pedro a dar razón de nuestra esperanza incluye la mansedumbre y el respeto (cf. 1 Pe 3,15-16). Ambas disposiciones pertenecen al modo cristiano de argumentar. Podemos sostener una convicción con firmeza y, al mismo tiempo, reconocer lo que ignoramos, corregir una interpretación y escuchar una objeción. Esa actitud permite que una conversación difícil siga siendo una ocasión de aprendizaje.
Imaginemos a alguien que vuelve a interesarse por la fe y encuentra una sucesión de acusaciones entre católicos. Quizá termine preguntándose si ese es el modo habitual de vivir el Evangelio. Quienes tenemos una voz pública necesitamos considerar también este efecto. Las tensiones reales requieren estudio y respuesta, pero la comunidad creyente merece ser presentada con una mirada que incluya su oración, su servicio y la vida de tantas personas que sostienen discretamente a otros.
La inteligencia artificial y nuestra responsabilidad
La inteligencia artificial puede ayudarnos a ordenar notas, revisar la claridad de un texto o preparar materiales. Su utilidad exige que comprendamos lo que recibimos y revisemos aquello que vamos a compartir. La nota Antiqua et nova recuerda la responsabilidad moral de la persona y advierte que estos sistemas pueden generar información falsa con apariencia convincente (cf. nn. 39 y 86). En nuestra tarea, esto tiene consecuencias concretas: una cita atribuida a un santo debe comprobarse; una explicación doctrinal necesita fuentes; una imagen generada debe presentarse de manera que no engañe sobre un hecho o una persona.
En la predicación hay, además, una responsabilidad que nace de la propia vocación. Un texto sobre la oración necesita ser comprendido por quien lo propone. Una reflexión sobre el sufrimiento requiere escuchar a las personas. La ayuda técnica puede acompañar la preparación, mientras el estudio, la oración y el discernimiento pastoral siguen reclamando nuestra implicación personal. Esta responsabilidad puede concretarse en un modo de trabajar.
Primero, precisar qué queremos explicar y a quién nos dirigimos. Después, contrastar el material recibido con la Escritura y con los documentos que corresponden. Finalmente, reelaborarlo desde nuestra comprensión, decidir qué conviene conservar y asumir lo que vamos a publicar. La revisión requiere poder explicar por qué una afirmación es verdadera y reconocer dónde termina su alcance. Supongamos que una herramienta propone una frase atribuida a santo Tomás y añade una referencia muy precisa.
La apariencia de exactitud puede inspirar confianza. El paso necesario es buscar el texto original y comprobar si la frase existe y si expresa realmente su pensamiento. Si no podemos verificarla, conviene prescindir de la atribución. Una buena idea puede formularse como reflexión propia; no necesita apoyarse en una autoridad prestada para resultar convincente. Hay también un cuidado debido a las personas.
Para preparar una reflexión pastoral, podemos trabajar con situaciones hipotéticas o generales. Los detalles que permiten reconocer a alguien merecen una protección especial. Haber escuchado una historia en un contexto de confianza no nos autoriza a convertirla en material público ni a introducirla en una herramienta. La utilidad de un recurso necesita ser valorada junto con el respeto por quien nos confió su vida.
La inteligencia artificial en la preparación de una homilía
Volvamos a la pregunta inicial. Pensemos en un sacerdote con muchas tareas que utiliza una herramienta para ordenar sus notas, encontrar una explicación alternativa o mejorar la claridad de una frase. Esa ayuda puede ser valiosa. Conviene reconocer las dificultades reales de la preparación pastoral y valorar los recursos que facilitan un trabajo responsable. Consideremos ahora otra situación: alguien pide una homilía completa, apenas revisa el resultado y lo lee ante una comunidad cuya realidad no ha tenido en cuenta.
Aunque algunas afirmaciones sean correctas, debemos preguntarnos qué ha ocurrido con la escucha personal de la Palabra y con el discernimiento de quien predica. Francisco dedicó una parte de Evangelii gaudium a la preparación de la predicación. Insistió en el tiempo de estudio y oración y en la necesidad de dejar que la Palabra alcance primero la vida del predicador (cf. nn. 145-151). Estos criterios siguen iluminando la cuestión: disponer de un discurso terminado no equivale a haber realizado todo el trabajo que pide el ministerio.
La aplicación que propongo es pastoral. Pedir ayuda para revisar una explicación supone conservar la tarea de comprenderla. Delegar el discernimiento y asumir un texto sin trabajarlo puede vaciar una parte esencial de la preparación. El predicador necesita reconocer qué quiere anunciar, verificar sus fundamentos y preguntarse cómo esa palabra se relaciona con la comunidad a la que sirve.
Por eso esta cuestión requiere algo más que una respuesta rápida sobre la utilidad de la herramienta. Necesitamos formar criterios y estudiar usos concretos. Los documentos citados ofrecen orientaciones antropológicas y morales; las situaciones que aquí describo son ejemplos para reflexionar, no una norma específica que atribuyo al Magisterio sobre todos los usos de la IA en las homilías.
Una preparación responsable puede aprovechar la IA en momentos determinados. Después de estudiar el pasaje bíblico, el predicador puede pedir que se señalen expresiones difíciles de comprender o que se revise si el argumento resulta claro. También puede comparar distintas maneras de introducir un tema. En cada caso, debe decidir si la sugerencia corresponde al Evangelio que anuncia y a las personas que lo escucharán.
La herramienta ofrece opciones; el juicio pastoral requiere una persona que conozca lo que está haciendo. Pensemos en un domingo en el que una comunidad atraviesa una pérdida importante. Un texto general sobre la esperanza puede estar bien redactado y, aun así, resultar distante. Quien predica necesita reconocer el dolor compartido, evitar explicaciones que lo simplifiquen y encontrar palabras que permitan rezar sin exigir una respuesta emocional inmediata.
Esta sensibilidad se aprende en la relación con las personas y en la escucha de la Palabra. Forma parte de la preparación, aunque no aparezca en el texto final.
Rostros y voces que merecen confianza
Otra cuestión delicada aparece cuando la tecnología permite crear imágenes y voces con apariencia humana. El mensaje de León XIV de 2026 destaca la identidad personal expresada en el rostro y la voz, advierte sobre la simulación de relaciones y pide distinguir claramente los contenidos generados o manipulados por IA. Podemos aplicar esta orientación a ejemplos diferentes. Una imagen que ilustra una parábola, presentada como ilustración, cumple una función pedagógica.
Fabricar un video en el que un sacerdote parece afirmar algo que nunca dijo introduce un engaño. Inventar el relato de una conversión y presentarlo como testimonio real también afecta a la confianza de quien lo recibe. El valor religioso del tema no justifica falsear lo ocurrido. El acompañamiento merece especial atención. Una persona angustiada puede encontrar alivio en una respuesta inmediata y amable.
Aun así, necesita poder reconocer qué tipo de ayuda está recibiendo. La disponibilidad permanente de un sistema puede resultar atractiva, pero una relación pastoral pide alguien que escuche, conozca sus límites y asuma responsabilidad por lo que aconseja. Conviene preguntarse si la herramienta facilita el acercamiento a otras personas o termina ocupando su lugar. Podemos preguntarnos además qué ocurre con la autoridad religiosa cuando se construye una figura virtual que responde como si fuera un pastor.
El problema alcanza al modo en que el usuario interpreta esa presencia. ¿Sabe que las respuestas son generadas? ¿Puede identificar a alguien responsable de revisarlas? ¿Tiene la posibilidad de acudir a una persona cuando su pregunta exige un discernimiento más delicado? Son cuestiones pastorales que propongo para el estudio, a partir de la exigencia de verdad y transparencia ya señalada.
Una respuesta general sobre la oración puede orientar una búsqueda inicial. Una decisión que afecta profundamente a la conciencia o a una relación familiar pide conocer circunstancias que una conversación rápida quizá no haya recogido. La cercanía pastoral incluye reconocer cuándo hace falta otro tipo de ayuda. Esa prudencia también comunica cuidado: evita presentar como suficiente una respuesta que todavía necesita ser examinada.
Qué humanidad estamos cuidando
La encíclica Magnifica Humanitas, firmada por León XIV el 15 de mayo de 2026, sitúa estas cuestiones en un horizonte más amplio. Recuerda que la capacidad de procesar datos no equivale a una experiencia humana y examina el riesgo de delegar en exceso el juicio personal o confundir una comunicación simulada con una relación (cf. nn. 97-100). Esta perspectiva nos ayuda a mirar nuestra tarea de otro modo.
Un catequista que necesita más tiempo para preparar una explicación puede estar realizando un trabajo profundamente fecundo. Un sacerdote que escucha con paciencia a alguien realiza un servicio cuyo valor no se mide por la cantidad de respuestas que ofrece. La dignidad de las personas y la calidad de sus vínculos merecen orientar nuestras decisiones sobre la eficiencia. También hay una pregunta concreta para nuestras comunidades: si una herramienta nos permite ahorrar tiempo, ¿a qué lo dedicaremos?
Podemos utilizarlo para escuchar mejor, estudiar una cuestión pendiente o cuidar un encuentro. Si lo empleamos únicamente para multiplicar publicaciones, quizá aumentemos la actividad sin mejorar la atención a quienes nos necesitan.
Aprender a escuchar también en la pantalla
Hablar de evangelización digital suele hacernos pensar en lo que vamos a publicar. Vale la pena preguntarnos también cómo recibimos lo que otros expresan. Un comentario puede contener una objeción, una experiencia dolorosa o una pregunta formulada con torpeza. Antes de responder, necesitamos intentar comprender qué hay detrás de esas palabras y qué tipo de conversación es posible. La escucha no exige contestar a todo ni permanecer indefinidamente en una discusión.
Podemos explicar nuestro punto de vista, reconocer un error y dejar abierta una pregunta que requiere más estudio. Si aparecen insultos, cabe establecer límites claros. Cuidar el espacio de conversación ayuda a quienes participan con buena voluntad y protege el tiempo necesario para otras responsabilidades. Una comunidad puede aprender mucho de las preguntas que recibe. Si varias personas dicen que no comprenden una expresión, quizá haga falta explicarla mejor.
Si un tema despierta dolor, conviene abordarlo con más paciencia. Si una pregunta nos deja sin respuesta, podemos convertirla en un motivo de estudio. El contacto con quienes nos leen o escuchan permite revisar el contenido y recordar que el anuncio se dirige a personas concretas.
Una presencia que abra caminos
La tradición dominicana vincula la predicación con la contemplación y el estudio. Antes de ofrecer una palabra necesitamos recibirla, dejar que nos cuestione y dedicar tiempo a comprenderla. Cuidar esta fuente ayuda a conservar libertad frente a la presión de publicar continuamente. Santo Tomás expresó una orientación que la tradición dominicana ha hecho suya: contemplata aliis tradere, compartir con otros lo contemplado (Suma Teológica, II-II, q.
188, a. 6). La palabra ofrecida nace de algo recibido y asimilado. El estudio permite examinar lo que afirmamos, aceptar correcciones y reconocer lo que todavía no comprendemos. La contemplación nos dispone a recibir una Palabra que puede cuestionar nuestras seguridades. La coherencia de vida hace creíble el anuncio. La técnica encuentra su lugar cuando sirve a esta preparación y a la relación con los destinatarios.
También nos permite preguntarnos hacia dónde conduce nuestra presencia digital. Una reflexión puede animar a rezar, acercarse a una comunidad, pedir acompañamiento o volver a los sacramentos. La vida cristiana continúa en relaciones, encuentros y decisiones concretas. Su dimensión corporal, comunitaria y sacramental reclama una presencia que se prolongue más allá de la pantalla. Una conversación digital puede ser un primer acercamiento valioso, también para quien está lejos o tiene dificultades para desplazarse.
Nuestra comunicación será más fecunda si ayuda a dar esos pasos con libertad. Tal vez una buena pregunta para comenzar sea esta: ¿qué necesita la persona a la que quiero dirigirme y cómo puede mi palabra ayudarla a acercarse a Dios? Al plantearla, el trabajo de comunicar recupera su sentido de servicio.
Una invitación a pensar juntos
La Escuela de Teología en Internet (ETI) es un proyecto de los frailes dominicos de la Provincia de Hispania, vinculado a la Facultad de Teología de San Esteban de Salamanca. Su propuesta lleva el estudio de la teología más allá de las aulas presenciales y ofrece formación online a personas de distintos lugares. Es una manera concreta de poner las posibilidades de internet al servicio del conocimiento de la fe.
La existencia de una escuela de teología online nos permite reconocer una posibilidad especialmente valiosa: que una persona pueda estudiar con otros aunque viva lejos de un centro de formación. Para quienes tienen responsabilidades familiares, horarios de trabajo o dificultades para desplazarse, esa modalidad puede abrir una oportunidad de aprendizaje. La distancia deja de impedir el acceso, mientras el estudio conserva la necesidad de tiempo, esfuerzo y acompañamiento.
En una época en la que recibimos muchas afirmaciones religiosas aisladas, contar con un espacio de formación ayuda a relacionar los temas, examinar sus fundamentos y formular mejores preguntas. Leer un documento completo, comprender una referencia bíblica o descubrir cómo se ha pensado una cuestión a lo largo de la tradición ofrece una base para discernir lo que circula en las redes. La formación teológica puede dar profundidad a nuestra presencia digital y ayudarnos a comunicar con mayor responsabilidad.
Desde la sensibilidad dominicana, este encuentro entre estudio y comunicación resulta muy significativo. La predicación se alimenta de una búsqueda compartida de la verdad. Un seminario online puede ser un lugar donde quienes participan aporten sus experiencias, contrasten sus preguntas y descubran qué necesitan estudiar mejor. Por eso la propuesta que presento quiere incluir el diálogo como parte del aprendizaje, junto con la exposición y los materiales de apoyo.
En este marco se sitúa el seminario online «La Palabra que no calla». Los días 17, 18 y 19 de noviembre de 2026, a las 19:00, hora de España, reflexionaremos sobre la comunicación del Evangelio, nuestra presencia en las redes y el uso responsable de la inteligencia artificial. Trabajaremos con ejemplos y esquemas, y habrá espacio para compartir preguntas y experiencias. Este artículo quiere ofrecer un primer acercamiento a la temática.
Quedo abierto a las consultas que puedan surgir: las inquietudes de quienes participen nos ayudarán a desarrollar el seminario. Más información sobre la Escuela de Teología en Internet: https://www.facultadsanesteban.es/
Referencias
Sagrada Escritura: Jn 1,14; Mc 10,51; Jn 4; Hch 17,22-31; 1 Pe 3,15-16.
Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 45, 8 de diciembre de 1975.
Francisco, Evangelii gaudium, nn. 145-151, 24 de noviembre de 2013.
Dicasterios para la Doctrina de la Fe y para la Cultura y la Educación, Antiqua et nova, nn. 39 y 86, 28 de enero de 2025.
León XIV, Custodiar voces y rostros humanos, mensaje para la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 de enero de 2026; apartados sobre pensamiento propio, simulación de relaciones y responsabilidad.
León XIV, Magnifica Humanitas, nn. 97-100, 15 de mayo de 2026.
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 188, a. 6.





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