Carlos Ávila Martínez O.P.
Podemos llevar muchos años creyendo en Jesús y descubrir que todavía nos cuesta comprender su manera de actuar. Confiamos en Él, pero nos desconcierta que no responda como esperamos, que nos pida perdonar cuando estamos heridos o que nos invite a servir cuando buscamos reconocimiento.
El Evangelio de Marcos nos acerca a esa experiencia. Sus discípulos también tuvieron preguntas y resistencias. A través de su camino, la confesión de Pedro, la cruz y el anuncio de la resurrección, vamos descubriendo quién es Jesús y qué significa seguirlo en nuestra vida cotidiana.
Jesús en el Evangelio de Marcos
Marcos nos introduce en ese camino desde las primeras palabras: «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Lo que el lector conoce desde el principio, los discípulos deberán aprender a comprenderlo entre preguntas, entusiasmos y resistencias.
Conviven con Jesús, escuchan sus enseñanzas, presencian sus milagros y comparten su camino. Y, sin embargo, les cuesta reconocer el alcance de lo que están viviendo.
Algo semejante puede sucedernos. Podemos llevar muchos años en la Iglesia, participar en los sacramentos y conocer las enseñanzas cristianas, y descubrir que todavía necesitamos profundizar en el misterio de Jesucristo. La fe implica conocerlo, confiar en Él y permitir que su presencia transforme nuestra existencia.
Un Mesías que desconcierta
A lo largo de su Evangelio, Marcos presenta a Jesús como alguien que despierta admiración, esperanza y también desconcierto.
Cuando enseña en la sinagoga de Cafarnaúm, sus oyentes quedan asombrados por su autoridad, diferente de la de los escribas (cf. Mc 1,21-22). Su palabra ilumina la vida, cuestiona las seguridades y abre caminos nuevos.
Esa autoridad se manifiesta también en sus acciones. Jesús cura a los enfermos, libera a quienes están sometidos al mal y se acerca a personas marginadas. En Él, el Reino de Dios comienza a hacerse presente en la historia. Por eso, al iniciar su predicación, anuncia su cercanía y llama a la conversión y a la fe en el Evangelio (cf. Mc 1,15).
Sin embargo, en distintas ocasiones pide silencio después de una curación o prohíbe divulgar su identidad. Estas órdenes forman parte de lo que los estudios bíblicos suelen llamar el secreto mesiánico. ¿Por qué mantener en reserva aquello que ha venido a revelar?
Una clave para comprenderlo es el peligro de interpretar equivocadamente su misión. Las expectativas mesiánicas de su tiempo eran diversas; algunas esperaban un enviado de Dios que restaurara a Israel mediante una manifestación de poder.
Jesús revela un mesianismo que desconcierta esas expectativas. Su autoridad se ejerce como servicio; su poder libera y su misión lo conduce a entregar la vida. Reconocerlo como Mesías no significa todavía haber comprendido qué clase de Mesías es. La cruz y la resurrección serán decisivas para entenderlo.
También nosotros podemos buscar un Dios que responda inmediatamente a nuestros deseos y elimine todas nuestras dificultades. El Jesús de Marcos nos invita a revisar esa expectativa. Su presencia no nos dispensa de afrontar la vida, pero nos enseña a vivirla desde la confianza y el amor.
Pedro reconoce a Jesús como el Mesías
En el camino hacia las aldeas de Cesarea de Filipo encontramos un momento decisivo. Jesús pregunta qué dice la gente acerca de Él. Algunos lo identifican con Juan el Bautista; otros, con Elías o con alguno de los profetas.
Después dirige la pregunta a quienes comparten su vida: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Pedro responde: «Tú eres el Mesías» (Mc 8,29).
Cristo y Mesías expresan el mismo título: el Ungido. Pedro reconoce en Jesús al esperado por Israel.
Sin embargo, lo que sucede inmediatamente después demuestra que todavía no ha comprendido las consecuencias de su confesión.
Jesús comienza a enseñar que el Hijo del hombre deberá padecer, ser rechazado, morir y resucitar a los tres días (cf. Mc 8,31). Pedro no acepta ese anuncio y se pone a reprenderlo.
La respuesta de Jesús es severa: lo llama Satanás, le ordena ponerse detrás de Él y denuncia que está pensando según criterios humanos y no según Dios (cf. Mc 8,33).
Esta corrección no significa que haya dejado de amar a Pedro. Señala que el discípulo está convirtiéndose en un obstáculo para su misión.
Quiere un Cristo que responda a sus expectativas, mientras Jesús le recuerda su lugar: caminar detrás del Maestro y aprender de Él.
Aquí aparece una tensión que también conocemos: podemos confesar nuestra fe y resistirnos a aceptar sus consecuencias. La dificultad surge cuando el Evangelio nos invita a perdonar, cuestiona nuestro egoísmo o nos pide fidelidad en medio de la adversidad.
Qué significa cargar con la cruz
Después de corregir a Pedro, Jesús llama a la multitud y a sus discípulos. Les enseña que seguirlo supone negarse a sí mismos y cargar con la cruz (cf. Mc 8,34).
Estas palabras necesitan ser comprendidas cuidadosamente. Cargar con la cruz no significa buscar el sufrimiento, resignarse ante la injusticia ni aceptar pasivamente situaciones que destruyen nuestra dignidad. Jesús dedicó su ministerio a aliviar el dolor humano.
La cruz expresa las exigencias de un seguimiento fiel, dispuesto a afrontar incluso el rechazo y la persecución.
Negarse a sí mismo tampoco equivale a despreciar la propia persona: supone dejar de colocar el propio interés como criterio absoluto de la vida.
No se trata de amar el dolor, sino de permanecer fieles al amor. Marcos nos muestra así que la identidad de Cristo y el camino del discípulo son inseparables.
La cruz revela al Hijo de Dios
El Evangelio comienza anunciando a Jesucristo, Hijo de Dios. Esa afirmación adquiere una profundidad particular en el relato de la pasión.
Jesús ha sido abandonado por sus discípulos, condenado y entregado a una muerte humillante. Todo parece contradecir las esperanzas que había despertado. Quienes se burlan de Él le exigen bajar de la cruz para demostrar que es el Mesías y conseguir que crean (cf. Mc 15,32).
En ese desafío reconocemos una idea de Dios que sigue presente: si Jesús es verdaderamente el Salvador, debería demostrarlo librándose del sufrimiento. Pero Jesús permanece fiel a la misión recibida del Padre, incluso cuando esa fidelidad lo conduce a la muerte.
La cruz no significa que Dios quiera el sufrimiento por sí mismo, ni convierte la violencia y la injusticia en realidades buenas.
La entrega de Jesús es salvífica por su amor y su obediencia filial, con los que asume libremente su misión en medio del rechazo humano. Su muerte no puede separarse de toda esa entrega ni de la resurrección.
El grito de Jesús y el silencio de Dios
Poco antes de morir, Jesús exclama: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34). Son las palabras iniciales del Salmo 22, una oración que comienza en la angustia y se abre finalmente a la confianza y a la alabanza.
La referencia al salmo no elimina el dramatismo del momento. Marcos nos presenta a Jesús afrontando verdaderamente el dolor y la muerte. Su grito expresa la profundidad de su sufrimiento humano, sin que debamos entenderlo como una ruptura de la comunión entre el Padre y el Hijo.
Esta escena toca de cerca la experiencia de quienes atraviesan una enfermedad, una pérdida o un sufrimiento prolongado y se preguntan dónde está Dios. El Evangelio no ofrece una explicación que resuelva fácilmente ese misterio. Nos muestra al Hijo de Dios entrando en la oscuridad de nuestra condición.
Experimentar la aparente ausencia de Dios no significa necesariamente haber perdido la fe. El grito de Jesús puede convertirse también en una manera sincera de orar: expresar el dolor ante el Padre sin ocultarlo ni dejar de dirigirse a Él.
La confesión del centurión
Después de narrar su muerte, Marcos sitúa una confesión decisiva en labios del centurión: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39).
Quien habla no es Pedro ni uno de los Doce. Es un romano vinculado al poder militar que ha ejecutado la condena. Y pronuncia esas palabras al contemplar cómo ha muerto Jesús.
En el bautismo y en la transfiguración, la voz del Padre había señalado a Jesús como su Hijo amado (cf. Mc 1,11; 9,7). Ahora, al pie de la cruz, un ser humano reconoce su filiación divina. No necesitamos suponer que el centurión comprendiera toda la profundidad teológica de sus palabras.
Lo decisivo es su lugar dentro del relato: la identidad anunciada al comienzo se revela de manera sorprendente en la entrega de Jesús.
El Calvario nos invita a revisar nuestras imágenes de Dios. Con frecuencia identificamos su bendición con el éxito, la salud o la ausencia de dificultades. Pero su presencia y su fidelidad no pueden medirse únicamente por los resultados visibles de nuestra vida.
El Cristo que Pedro reconoció en el camino es el mismo que el centurión contempla en la cruz. Su grandeza se manifiesta en un amor que llega hasta el extremo.
La resurrección de Jesús y un nuevo comienzo
La historia de Jesús no termina con su muerte. Marcos nos conduce al anuncio que ilumina definitivamente su persona y su misión: la resurrección.
María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé van al sepulcro al amanecer del primer día de la semana. Llevan aromas para ungir su cuerpo. No esperan encontrarlo vivo; quieren realizar un último gesto de afecto y fidelidad.
Al llegar descubren que la piedra ha sido retirada. Dentro del sepulcro encuentran a un joven vestido de blanco que les anuncia que Jesús, el Nazareno crucificado, ha resucitado y ya no está allí (cf. Mc 16,6).
El mensajero identifica al Resucitado como el Crucificado. Es el mismo Jesús que recorrió Galilea, anunció el Reino y entregó su vida. La Pascua no borra su historia: permite comprenderla desde la victoria de Dios sobre la muerte.
Tampoco significa una simple vuelta a la existencia anterior. Jesús ha entrado en la vida definitiva, sobre la que la muerte ya no tiene poder. Por eso su resurrección es fundamento de nuestra esperanza.
El anuncio contiene una invitación: las mujeres deben decir a los discípulos y a Pedro que Jesús va delante de ellos a Galilea y que allí lo verán, como les había prometido (cf. Mc 16,7).
Galilea fue el lugar donde comenzó la predicación y donde los primeros discípulos escucharon su llamada. Volver allí significa retomar el seguimiento después de la pasión, iluminados ahora por el anuncio pascual.
La mención expresa de Pedro resulta conmovedora. Aquel que había confesado a Jesús como Mesías y luego lo negó no queda excluido. Su fracaso no ha tenido la última palabra. Sigue siendo llamado.
Nuestra historia con Dios tampoco queda definitivamente determinada por nuestros errores. Su misericordia nos ofrece un nuevo comienzo y nos llama a acogerlo mediante la conversión.
El final del Evangelio de Marcos
Algunos de los testimonios manuscritos más antiguos e importantes concluyen en Mc 16,8: las mujeres huyen del sepulcro con temor y, en ese momento, no dicen nada a nadie. La tradición transmite también la conclusión extensa de Mc 16,9-20, recibida por la Iglesia como Escritura inspirada y canónica.
Muchos especialistas consideran que esta conclusión no pertenecía a la redacción inicial de Marcos; sigue siendo discutido si el evangelista terminó deliberadamente en el versículo 8 o si se perdió un final anterior.
La cuestión textual no disminuye la fuerza del anuncio. Al leer Mc 16,1-8 quedamos ante la noticia de la resurrección y la dificultad humana de acogerla. Podemos preguntarnos qué haremos nosotros con ella, sin atribuir al evangelista una intención que no podemos demostrar.
La fe pascual no elimina automáticamente todas nuestras preguntas. Nos da, sin embargo, una esperanza fundada en Cristo vivo.
Como aplicación a nuestra vida, volver a Galilea puede expresar la invitación a reencontrarlo en nuestra historia concreta: en la familia, el trabajo, la enfermedad y el servicio a los demás.
El Resucitado nos llama a vivir esa historia desde una esperanza nueva.
¿Quién es Jesús para nosotros hoy?
Después de recorrer el Evangelio, la pregunta de Jesús vuelve a dirigirse a nosotros. ¿Quién es Él en nuestra vida? ¿Qué consecuencias tiene confesarlo como el Cristo, el Hijo de Dios?
Marcos nos ha mostrado que los discípulos necesitaron tiempo para comprender a su Maestro. Sus errores no quedan ocultos, pero tampoco interrumpen definitivamente su llamada.
Esa experiencia nos ayuda a mirar nuestra propia fe con humildad y esperanza.
No necesitamos tener todas las respuestas para comenzar a seguir a Jesús. Necesitamos escuchar su Palabra y dejarnos convertir por ella. La gracia de Dios sostiene un camino en el que aprendemos, también a través de nuestras debilidades, a confiar y a amar.
Ese seguimiento tiene consecuencias concretas. El Jesús de Marcos se acerca a los enfermos, acoge a quienes son despreciados y denuncia una religiosidad que olvida la misericordia.
Reconocerlo como Señor compromete nuestra manera de tratar al prójimo, ejercer la autoridad y responder al sufrimiento.
Él enseña que quien quiera ser el primero debe hacerse servidor de todos (cf. Mc 9,35), y presenta su propia misión como servicio y entrega de la vida en rescate por muchos (cf. Mc 10,45). Nuestra confesión de fe encuentra ahí una medida que no podemos eludir.
Tal vez nunca agotemos con palabras el misterio de Jesucristo. Pero podemos responder a su llamada con nuestra vida: perdonando, reconociendo nuestros errores, acompañando a quien sufre y sirviendo con generosidad.
El Evangelio de Marcos nos invita a caminar detrás de Jesús, sostenidos por su gracia y por la esperanza de la resurrección. La pregunta sobre su identidad permanece abierta a una respuesta personal: quién es Jesús para nosotros y qué estamos permitiendo que transforme en nuestra vida.





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