Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.
Diez años después de la publicación de Amoris laetitia, considero que necesitamos recuperar una pregunta fundamental: ¿estamos ayudando verdaderamente a las personas a descubrir y vivir la salvación que Jesucristo nos ofrece?
No se trata de cuestionar la importancia de las normas morales ni de la disciplina sacramental. Se trata de recordar que ambas deben estar al servicio de la misión de la Iglesia, que no consiste simplemente en regular la vida de los creyentes, sino en anunciar el Evangelio, acompañar sus vidas y conducirlos al encuentro con Jesucristo.
Diez años después, una reflexión necesaria
En marzo de 2016, el papa Francisco publicó Amoris laetitia, una exhortación apostólica sobre el amor en la familia que despertó grandes esperanzas y también importantes controversias teológicas y pastorales.
Durante estos diez años, buena parte del debate se ha concentrado en el capítulo VIII y, particularmente, en la situación de los divorciados que han iniciado una nueva unión y su posible acceso a los sacramentos.
No podemos minimizar la importancia de estas cuestiones. Afectan a la comprensión del matrimonio, a la conciencia moral y a la disciplina sacramental de la Iglesia.
Sin embargo, tengo la impresión de que hemos dedicado muchas energías a discutir las consecuencias de determinadas situaciones matrimoniales y bastante menos a examinar nuestra responsabilidad en la preparación, formación y acompañamiento de las familias.
El encuentro celebrado en Roma del 7 al 14 de octubre de 2026, con ocasión del décimo aniversario de Amoris laetitia, ofrece una oportunidad para recuperar una perspectiva más amplia.
Porque, antes de preguntarnos cómo debemos actuar cuando un matrimonio fracasa, también deberíamos examinar qué estamos haciendo para ayudar a los esposos a vivir su vocación.
Y detrás de esta preocupación aparece una cuestión todavía más profunda: la comprensión que tenemos de la misión de la Iglesia.
La Iglesia existe para anunciar la salvación
El Concilio Vaticano II presenta a la Iglesia como signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano (Lumen gentium, 1).
Esta afirmación expresa algo esencial. La Iglesia no es simplemente una organización religiosa encargada de establecer normas, administrar sacramentos y regular el comportamiento de sus miembros.
Es una comunidad convocada por Dios para hacer presente en el mundo la obra salvadora de Jesucristo.
Naturalmente, necesita normas. La vida comunitaria exige un ordenamiento que proteja los derechos de los fieles, garantice la comunión y custodie la integridad de los sacramentos.
Pero las normas no constituyen un fin en sí mismas.
Jesucristo no vino solamente a enseñarnos cómo debemos comportarnos. Vino a reconciliarnos con Dios, liberarnos del pecado y ofrecernos una vida nueva.
Cuando Jesús se encuentra con Zaqueo (Lc 19,1-10), no comienza enumerando sus faltas. Se acerca a él, entra en su casa y abre un camino de conversión que transforma su vida y sus relaciones.
La misericordia no elimina la exigencia moral. Hace posible una respuesta nueva al amor de Dios.
Esta perspectiva debería estar siempre presente en nuestra manera de anunciar el Evangelio y acompañar a las personas, especialmente cuando atraviesan situaciones difíciles.
La moral cristiana es mucho más que cumplir normas
La tradición teológica católica nos ofrece una visión de la vida moral mucho más rica que una simple enumeración de obligaciones y prohibiciones.
Santo Tomás de Aquino enseña que la ley nueva del Evangelio consiste principalmente en la gracia del Espíritu Santo, aunque también comprende enseñanzas y preceptos (Suma teológica, I-II, q. 106, a. 1).
Esta afirmación resulta particularmente importante.
La vida moral cristiana no consiste únicamente en adecuar exteriormente nuestras acciones a determinadas disposiciones. Consiste en dejarnos transformar interiormente por la gracia para vivir conforme al Evangelio.
Las normas iluminan el camino, pero su finalidad es ayudarnos a crecer en el bien y en la comunión con Dios.
Desde esta perspectiva, me parece necesario revisar cómo presentamos algunas cuestiones relacionadas con el matrimonio, la sexualidad y la familia.
La doctrina católica sobre el matrimonio posee una extraordinaria riqueza: habla de fidelidad, entrega recíproca, comunión personal, apertura a la vida y participación en el amor de Cristo a su Iglesia.
Sin embargo, en determinados contextos pastorales hemos podido transmitir una imagen excesivamente centrada en lo permitido y lo prohibido.
No se trata de enseñar menos doctrina. Se trata de enseñarla mejor, mostrando su profundidad humana y su verdadero sentido cristiano.
Una moral que no ayude a descubrir la belleza del bien difícilmente será recibida como una buena noticia.
Nuestra responsabilidad en la preparación matrimonial
Aquí quisiera detenerme en una cuestión que nos afecta directamente a quienes ejercemos el ministerio sacerdotal.
Cuando una pareja solicita contraer matrimonio por la Iglesia, seguimos los procedimientos establecidos: entrevistas, expediente matrimonial, preparación prematrimonial y organización de la celebración.
Son pasos necesarios, pero debemos reconocer que existe una diferencia importante entre preparar una ceremonia religiosa y acompañar el discernimiento de una vocación.
El matrimonio cristiano exige una comprensión suficientemente seria del compromiso que se asume. Implica fidelidad, responsabilidad compartida, capacidad de diálogo, respeto mutuo y disposición para afrontar las dificultades de una vida en común.
No podemos pretender que unas pocas reuniones resuelvan todas estas cuestiones.
Tampoco sería justo desconocer los esfuerzos de tantas diócesis y comunidades que realizan un excelente trabajo de preparación matrimonial.
Pero debemos reconocer que la formación humana, afectiva y espiritual necesita procesos más amplios que la preparación inmediata de una celebración.
Esto no significa que una formación insuficiente invalide automáticamente el matrimonio. El derecho canónico establece que el matrimonio lo produce el consentimiento legítimamente manifestado (c. 1057), y una madurez imperfecta no equivale necesariamente a incapacidad para contraerlo.
Precisamente porque reconocemos la importancia de ese consentimiento, tenemos la responsabilidad de procurar una preparación seria y adecuada.
El canon 1063 recuerda expresamente la obligación de ofrecer ayuda pastoral tanto a quienes van a contraer matrimonio como a quienes ya están casados.
Por tanto, acompañar a los esposos no es una iniciativa secundaria. Forma parte de nuestra responsabilidad eclesial.
Una paradoja que merece nuestro examen de conciencia
Hay una situación que siempre me ha parecido especialmente significativa.
En ocasiones, una pareja puede recibir el sacramento del matrimonio después de una preparación relativamente breve. Sin embargo, cuando aquella relación fracasa y alguno de los esposos inicia una nueva unión, su situación moral y sacramental puede ser examinada con extraordinario rigor.
Naturalmente, ambas situaciones presentan problemas diferentes y poseen fundamentos doctrinales y canónicos que debemos respetar.
Pero esta diferencia no elimina una pregunta legítima:
¿Somos tan exigentes con nosotros mismos a la hora de preparar y acompañar a los matrimonios como lo somos al recordarles las consecuencias de una ruptura?
No pretendo responsabilizar a la Iglesia de los fracasos matrimoniales. Cada persona conserva su libertad y debe responder de sus decisiones.
Sin embargo, tampoco podemos olvidar que la comunidad cristiana tiene responsabilidades pastorales concretas.
Amoris laetitia insiste en la necesidad de acompañar a los novios, sostener a los matrimonios durante sus primeros años y ofrecer ayuda cuando aparecen las crisis.
Esta orientación encontró una expresión concreta en los Itinerarios catecumenales para la vida matrimonial, publicados en 2022 por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.
La preparación matrimonial no debería terminar con la celebración del sacramento. La vocación de los esposos necesita formación, acompañamiento y crecimiento durante toda la vida.
No siempre podremos evitar una ruptura, pero eso no nos dispensa de nuestra responsabilidad de estar presentes.
Cuando el matrimonio fracasa, la Iglesia debe seguir acompañando
Existen matrimonios que atraviesan experiencias profundamente dolorosas: abandono, infidelidad, conflictos prolongados, inmadurez afectiva y, en algunas situaciones, violencia.
No podemos tratar todas estas realidades como si fueran idénticas.
La Iglesia debe permanecer fiel a la enseñanza de Jesucristo sobre la indisolubilidad matrimonial. Pero también debe reconocer que existen circunstancias en las que la separación resulta legítima y, a veces, necesaria para proteger la dignidad y la seguridad de las personas.
La separación, el divorcio civil y una nueva unión no son situaciones equivalentes. Cada una requiere una valoración adecuada.
Detrás de cada historia matrimonial existe una persona concreta, con su historia, sus sufrimientos, sus responsabilidades y sus posibilidades reales.
Por eso, antes de acompañar pastoralmente una situación compleja, necesitamos conocerla y escucharla.
Escuchar no significa justificar cualquier decisión. Significa reconocer que no podemos ayudar verdaderamente a una persona si desconocemos su historia.
La tradición moral católica distingue entre la valoración objetiva de una conducta y la responsabilidad subjetiva de quien la realiza. Esta distinción resulta fundamental para comprender algunas de las cuestiones abordadas en el capítulo VIII de Amoris laetitia.
No pretendo desarrollar aquí toda la controversia sobre los divorciados vueltos a casar, la conciencia moral y el acceso a los sacramentos. Son cuestiones que examinaremos específicamente en el segundo artículo de esta serie.
Por ahora, quisiera subrayar algo esencial: la fidelidad a la verdad del matrimonio cristiano no debería impedirnos ofrecer cercanía, esperanza y acompañamiento a quienes han experimentado su fracaso.
Las normas al servicio de la misión salvadora de la Iglesia
El Código de Derecho Canónico concluye recordando un principio fundamental: la salvación de las almas debe ser siempre la ley suprema de la Iglesia (c. 1752).
No significa que podamos prescindir de las normas o interpretarlas arbitrariamente según nuestras preferencias.
Significa que todo el ordenamiento eclesial debe permanecer al servicio de la misión salvadora que Jesucristo confió a su Iglesia.
Debemos distinguir, además, entre las enseñanzas que pertenecen a la revelación divina, los principios de la ley moral natural y las disposiciones disciplinares establecidas por la autoridad eclesiástica.
No todas las normas poseen la misma naturaleza ni el mismo grado de permanencia.
Pero, más allá de estas distinciones, existe una responsabilidad pastoral común: ayudar a los fieles a comprender el sentido de aquello que la Iglesia enseña.
Jesús afirmó que el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado (Mc 2,27).
Con estas palabras no estaba negando el valor de la Ley, sino cuestionando una interpretación que había perdido de vista su sentido más profundo.
Algo semejante puede ocurrir cuando presentamos las normas morales o disciplinares sin mostrar su relación con el bien de las personas y con su vocación a la santidad.
La verdad cristiana no necesita ser rebajada para resultar acogedora. Necesita ser anunciada de una manera que permita descubrir en ella el amor de Dios y su llamada a la conversión.
Una Iglesia santa que también necesita conversión
El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia, siendo santa, está al mismo tiempo necesitada de purificación y avanza continuamente por el camino de la penitencia y la renovación (Lumen gentium, 8).
Esta afirmación posee consecuencias que no siempre estamos dispuestos a asumir.
La Iglesia no solamente llama a la conversión a los fieles. También debe examinar sus propias prácticas pastorales.
Si pedimos responsabilidad a los esposos, debemos asumir nuestras responsabilidades como pastores.
Si enseñamos la fidelidad matrimonial, debemos procurar que las personas encuentren caminos reales para aprender a vivirla.
Y si anunciamos la misericordia, debemos procurar que no se reduzca a una hermosa expresión teológica, sino que se haga visible en nuestra manera de escuchar, acompañar y servir.
No sería coherente exigir permanentemente un examen de conciencia a los fieles mientras consideramos nuestras propias prácticas pastorales ajenas a cualquier revisión.
Esta responsabilidad no debilita la autoridad moral de la Iglesia. Por el contrario, contribuye a hacerla más creíble.
Una Iglesia que reconoce humildemente sus limitaciones y trabaja por corregirlas ofrece un testimonio más auténtico del Evangelio.
La caridad, fundamento de nuestra misión
En la homilía preparada para el 14 de octubre de 2026, con ocasión del décimo aniversario de Amoris laetitia, León XIV sitúa en el centro el himno a la caridad de san Pablo (1 Cor 13).
Francisco había desarrollado ampliamente este texto en el capítulo cuarto de su exhortación apostólica.
La caridad constituye el fundamento de toda auténtica vida cristiana y debe transformar también nuestra manera de ejercer el ministerio pastoral.
Podemos conocer profundamente la doctrina y transmitirla sin suficiente cercanía.
Podemos aplicar correctamente determinadas disposiciones y olvidar que estamos tratando con personas concretas.
Podemos hablar de la verdad sin conseguir que quienes nos escuchan descubran en ella una invitación al encuentro con Jesucristo.
La caridad no sustituye a la verdad, pero la verdad cristiana tampoco puede anunciarse al margen de la caridad.
Este principio no resuelve automáticamente todas las controversias doctrinales y sacramentales relacionadas con Amoris laetitia.
Pero nos recuerda el horizonte en el que debe desarrollarse cualquier discernimiento cristiano: el bien verdadero de las personas y su encuentro con Dios.
Una Iglesia fiel a la verdad y comprometida con la salvación
Diez años después de Amoris laetitia, considero que necesitamos algo más que un balance de documentos, debates y orientaciones pastorales.
Necesitamos recuperar el sentido profundo de nuestra misión.
No se trata de elegir entre una Iglesia de normas y una Iglesia de misericordia. Esa contraposición resulta insuficiente.
La Iglesia necesita una doctrina moral, una disciplina sacramental y un ordenamiento jurídico. Pero todo ello debe permanecer integrado en su misión fundamental: anunciar a Jesucristo y comunicar su gracia.
La fidelidad a la doctrina no puede separarse de la responsabilidad de ayudar a vivirla.
No basta con explicar qué exige el matrimonio cristiano. Debemos acompañar a quienes desean asumir esa vocación.
No basta con celebrar los sacramentos. Debemos ayudar a descubrir su significado y a vivir las exigencias que comportan.
Y no basta con recordar las consecuencias de determinadas decisiones. Debemos ofrecer caminos de formación, discernimiento, reconciliación y conversión.
Quienes ejercemos el ministerio pastoral tenemos también la responsabilidad de examinar nuestra propia manera de servir.
La Iglesia no será más fiel al Evangelio por renunciar a la verdad, sino por anunciarla y vivirla de tal manera que las personas puedan reconocer en ella el amor salvador de Jesucristo.
Esta es, a mi juicio, una de las enseñanzas fundamentales que necesitamos recuperar de Amoris laetitia, diez años después.
Porque la finalidad última de nuestra misión no consiste simplemente en conseguir que las personas cumplan unas normas.
Consiste en ayudarlas a encontrarse con Jesucristo y caminar, sostenidas por su gracia, hacia la salvación.
Este artículo pertenece a la serie «Amoris laetitia, diez años después».
Próximo artículo: Amoris laetitia y los divorciados vueltos a casar: doctrina, conciencia y sacramentos. Examinaremos el capítulo VIII, su relación con el Magisterio anterior y las cinco dubia presentadas por cuatro cardenales al papa Francisco.






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