Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.
Una madre procura transmitir la fe a sus hijos. Los llevó a catequesis, rezó con ellos cuando eran pequeños y trató de darles buen ejemplo. Ahora apenas quieren hablar de religión. Cuando surge el tema, la conversación termina pronto, a veces con cierta tensión. Ella se pregunta qué hizo mal.
Podemos reconocer esta escena en muchas familias. También podemos imaginar otra: un joven que lleva años sin entrar en una iglesia encuentra un vídeo sobre el sufrimiento. Acaba de perder a alguien y necesita entender cómo seguir viviendo. Se queda escuchando. Quizá esa noche vuelve a preguntarse por Dios.
Entre ambas situaciones hay una preocupación que compartimos padres, catequistas y sacerdotes: cómo ayudar a que otra persona descubra la fe y pueda vivirla. A esa cuestión está dedicado Venite ad me. Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época, publicado por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe el 22 de octubre de 2026.[1]
Una preocupación que atraviesa dos pontificados
El documento nació de un encargo de Francisco, renovado por León XIV. Su elaboración contó con materiales de numerosas conferencias episcopales y testimonios de personas que descubrieron o recuperaron la fe. Lo explican la introducción y la conclusión (nn. 3, 6-7 y 138-139).[1]
Este origen ayuda a situar el texto. La preocupación continúa entre ambos pontificados y se nutre de experiencias eclesiales diversas. Conviene leerlo con esa amplitud, sin encajarlo de antemano en las disputas entre sectores de la Iglesia.
El propio Dicasterio precisa que ofrece unas consideraciones para estimular la reflexión y el compromiso pastoral; distingue ese propósito del de una nota doctrinal (n. 8).[1] Por eso, su recepción pide también discernimiento en las Iglesias locales. Una parroquia española y una comunidad católica minoritaria en Asia Central necesitan reconocer sus circunstancias antes de decidir cómo actuar.
Me parece significativo que el Dicasterio para la Doctrina de la Fe se ocupe de esta cuestión. Podemos leerlo como una invitación a preguntarnos qué condiciones favorecen hoy la acogida de la fe que la Iglesia custodia y anuncia.
La fe que ya no podemos dar por supuesta
Venite ad me reconoce la interrupción de la transmisión familiar de la fe en muchos lugares y reclama una atención especial a la evangelización de los adultos (nn. 38 y 42).[1]
Esta constatación debería ayudarnos a acompañar a las familias con mayor delicadeza. Los padres tienen una responsabilidad real, pero sus hijos poseen una libertad y una historia que nadie puede sustituir. Haber procurado una educación cristiana no permite decidir de antemano el recorrido de otra persona.
Ante una madre que sufre por el alejamiento religioso de sus hijos, conviene escuchar antes de repartir explicaciones. Tal vez necesite hablar de su culpa. Tal vez haya que ayudarla a recuperar una conversación que se volvió imposible. Si cada encuentro familiar termina en un reproche por no ir a misa, será difícil que sus hijos se animen a contarle qué les pasa con la fe.
También nuestras comunidades necesitan revisar algunas suposiciones. Unos padres pueden solicitar el bautismo de su hijo sin comprender bien su significado. Podemos explicarles los requisitos y concluir la entrevista sin conocer qué buscan. Habremos organizado la celebración, pero quizá dejamos sin abrir una conversación importante.
Volver al anuncio de Cristo
La propuesta del documento se articula en torno al anuncio fundamental de Jesucristo, el kerygma (nn. 72-77).[1] Para comprender su alcance, vale la pena acudir a Evangelii gaudium: Francisco explica que ese anuncio conserva su lugar central durante toda la formación cristiana y que el amor salvador de Dios precede a la obligación moral y religiosa (nn. 164-165).[2]
Esta prioridad tiene consecuencias muy concretas. Si alguien vuelve a acercarse a la Iglesia después de años, necesita descubrir qué anuncia el cristianismo sobre Dios y sobre su propia vida. Habrá que acompañar sus preguntas y ayudarlo a conocer a Jesús, su muerte y resurrección, el perdón que ofrece y la esperanza que abre. Desde ahí podrán comprenderse mejor las exigencias de una vida cristiana.
La cercanía pastoral requiere contenido y preparación. Sería insuficiente ofrecer unas palabras de ánimo que pudieran prescindir por completo de Cristo. También lo sería exponer una doctrina con exactitud sin ayudar a comprender por qué importa y qué relación tiene con lo que esa persona está viviendo.
El Concilio Vaticano II ofrece un fundamento para mantener unidas estas dimensiones: presenta la revelación como la iniciativa de Dios que se comunica y nos invita a la comunión con Él; la fe implica una respuesta libre de la persona, sostenida por la gracia (Dei Verbum, nn. 2 y 5).[3] Conocer lo que Dios revela y confiar en Él forman parte de un mismo camino.
La comunidad también necesita dejarse examinar
Aquí quisiera detenerme en una consecuencia pastoral que considero especialmente importante: al preguntarnos por la transmisión de la fe, necesitamos revisar cómo vivimos quienes la anunciamos.
Sería demasiado cómodo utilizar el documento solo para explicar por qué los demás se alejaron. La secularización y los cambios culturales merecen un estudio serio. También merece examen nuestra manera de recibir a las personas, de ejercer la autoridad y de responder cuando alguien expresa una duda.
Esto no permite atribuir todo alejamiento a una mala experiencia eclesial. Cada historia requiere atención y las causas pueden ser muy diferentes. Pero tampoco podemos excluir de antemano nuestra propia responsabilidad.
Imaginemos a una persona que desea confesarse después de muchos años. Siente vergüenza y no recuerda bien cómo hacerlo. Busca un horario, se acerca y pregunta. El modo de responderle puede facilitar que dé ese paso o añadir una dificultad innecesaria. La paciencia del sacerdote forma parte del servicio que está ofreciendo.
Francisco recuerda, al hablar de la preparación de la homilía, que el predicador debe dejarse interpelar por la Palabra que anuncia (Evangelii gaudium, nn. 149-151).[2] Esa exigencia nos alcanza antes de subir al ambón y continúa cuando bajamos de él.
Una comunidad puede enseñar mucho sobre la fraternidad. Para quien llega, esas palabras irán adquiriendo sentido al descubrir si hay alguien dispuesto a escucharlo, si se atiende a quienes sufren y si los conflictos se afrontan con honestidad. Propongo que esta coherencia sea uno de los criterios de nuestra revisión pastoral.
Lo que empieza en una pantalla
El documento reconoce las oportunidades evangelizadoras de las tecnologías digitales y advierte sobre una fe desvinculada de la vida concreta o modelada según preferencias personales (nn. 60-62).[1]
Quienes compartimos reflexiones cristianas en internet tenemos aquí una responsabilidad particular. Un buen título puede ayudar a que alguien escuche. Los primeros segundos de un vídeo pueden abrir una pregunta. Sin embargo, una reacción favorable no nos permite conocer todo lo que ocurre en esa persona, ni una cifra baja de visitas demuestra que el trabajo fue inútil.
Necesitamos preparar contenidos comprensibles, verificar lo que afirmamos y cuidar la relación que favorecen nuestras publicaciones. Si recurrimos habitualmente a la indignación para mantener la atención, conviene preguntarnos qué estamos alimentando en quienes nos escuchan.
También debemos pensar qué paso puede dar alguien después de ver un vídeo. Una invitación a leer el Evangelio, una orientación para acercarse a una parroquia o una explicación sencilla sobre cómo volver a confesarse pueden resultar útiles. La propuesta dependerá de cada contenido y de las posibilidades reales de acompañamiento.
En esto encuentro una tarea para la comunicación cristiana: facilitar que una búsqueda iniciada en la pantalla encuentre personas y comunidades disponibles para continuarla.
Una invitación para quienes están cansados
Venite ad me toma su título de la invitación de Jesús a quienes están cansados y agobiados (Mt 11,28). Conviene que esas personas concretas permanezcan presentes cuando preparamos nuestra predicación.
Pensemos en alguien que lleva meses cuidando a un familiar enfermo. Duerme poco y algunas veces pierde la paciencia. Hablarle del amor cristiano requiere reconocer ese desgaste, su necesidad de descanso y la dificultad que quizá siente para pedir ayuda. De otro modo, nuestras palabras podrían aumentar una culpa que ya le pesa.
Desde mi vocación dominicana, entiendo que la contemplación y el estudio deben disponernos también para esa escucha. Necesitamos conocer la fe y permitir que ilumine nuestra propia vida, con sus límites y contradicciones. La preparación del predicador incluye aprender a reconocer lo que todavía no comprende de la historia ajena.
Ninguna técnica garantiza la conversión. La gracia de Dios y la libertad de la persona nos piden trabajar con seriedad y respetar los tiempos. Si una propuesta pastoral no ayuda, habrá que revisarla. Si alguien necesita seguir preguntando, debemos poder acompañarlo sin convertir nuestra impaciencia en una exigencia religiosa.
Quizá, después de mucho tiempo, esa persona se acerque con una frase sencilla: «Hace años que quería hablar con alguien». Que entonces encuentre un oído atento, tiempo para explicarse y una comunidad donde pueda comenzar de nuevo.
Fuentes y referencias
[1] Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Venite ad me. Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época, 22 de octubre de 2026. Referencias utilizadas: nn. 3, 6-8, 38, 42, 60-62, 72-77 y 138-139. Texto oficial: Texto oficial
[2] Francisco, exhortación apostólica Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, nn. 149-151 y 164-165. Texto oficial: Texto oficial
[3] Concilio Vaticano II, constitución dogmática Dei Verbum, 18 de noviembre de 1965, nn. 2 y 5. Texto oficial: Texto oficial
Sagrada Escritura: Mt 11,28.




