La polémica de Lynn White y una pregunta que no deberíamos evitar
Carlos Ávila Martínez O.P.
En el artículo anterior nos preguntábamos qué tiene que ver la fe con la ecología. Llegábamos a una convicción: para un cristiano, cuidar el mundo que habitamos es también una cuestión ética y espiritual. Pero queda una pregunta incómoda: ¿ha contribuido el propio cristianismo a la mentalidad que favoreció la explotación de la naturaleza?
En 1967, el historiador Lynn White Jr. publicó un artículo que dio fuerza a esta acusación: The Historical Roots of Our Ecologic Crisis. Más de medio siglo después, su provocación sigue invitándonos a examinar cómo hemos entendido y vivido nuestra relación con la creación.
La acusación de Lynn White
White sostenía que la crisis ecológica no podía explicarse solo por el desarrollo tecnológico. Detrás había también una forma de comprender al ser humano y su lugar en el mundo. A su juicio, el cristianismo occidental había favorecido la idea de que la naturaleza existe principalmente para servirnos.
Su argumento se apoyaba, entre otras cosas, en una determinada lectura del Génesis: el hombre y la mujer, creados a imagen de Dios, reciben el mandato de dominar la tierra. White veía en esa interpretación una distancia creciente entre el ser humano y las demás criaturas. Añadía que la ciencia y la técnica modernas se desarrollaron en el Occidente cristiano y ampliaron enormemente nuestra capacidad de transformar el entorno.
Conviene matizar el alcance de su tesis. White no decía que un versículo bíblico, por sí solo, hubiera causado la crisis ambiental. Su propuesta era histórica: ciertas creencias, unidas a la técnica y a otras decisiones humanas, habían contribuido a una relación de dominio sobre la naturaleza. Se puede discutir cuánto explica esta hipótesis, pero sería precipitado descartarla sin escuchar lo que cuestiona.
Una crítica que debemos escuchar
No creo que la respuesta cristiana deba comenzar a la defensiva. Sería fácil afirmar que White interpretó mal la Biblia y dar la discusión por cerrada. Pero también debemos reconocer que los cristianos no siempre hemos explicado ni vivido bien nuestra responsabilidad hacia la creación.
El papa Francisco lo admite en Laudato si’: algunas veces hemos interpretado incorrectamente las Escrituras. Al mismo tiempo, rechaza que el mandato de dominar la tierra permita deducir un dominio absoluto sobre las demás criaturas (n. 67). Esta distinción importa: una forma de vivir la fe puede haber favorecido el abuso sin que ese abuso exprese fielmente lo que la fe enseña.
Podemos haber hablado de la naturaleza solo por su utilidad, como si nuestra responsabilidad terminara en aquello que nos sirve de inmediato. Reconocerlo nos ayuda a examinar nuestras costumbres y a recuperar aspectos de la tradición cristiana que quizá hemos descuidado.
Una dignidad que implica responsabilidad
La fe cristiana reconoce la dignidad singular de la persona humana. Eso no nos convierte en propietarios absolutos del mundo. Precisamente porque podemos conocer las consecuencias de nuestras acciones y elegir cómo actuar, nuestra responsabilidad es mayor.
Francisco llama «antropocentrismo desviado» a la postura que sitúa al ser humano por encima de todo límite y convierte a las criaturas en simples objetos de uso (Laudato si’, nn. 115-118). La imagen del administrador ayuda a comprender otra relación posible: la tierra nos ha sido confiada y debemos responder por el modo en que la cuidamos. Como recuerda la Escritura, en último término pertenece a Dios (cf. Lv 25,23).
San Francisco, una respuesta nacida dentro del cristianismo
El propio White encontró en la tradición cristiana una figura que podía inspirar otra relación con la naturaleza: san Francisco de Asís. En él reconocía una mirada capaz de acercarse a las criaturas sin reducirlas a su utilidad, y llegó a proponerlo como patrono de los ecologistas.
La elección resulta reveladora. Francisco de Asís no tuvo que abandonar su fe para llamar hermano al sol y hermana al agua. Veía en las criaturas una razón para alabar a Dios y un motivo para vivir con humildad. Su ejemplo no resuelve por sí solo todos los problemas ambientales, pero muestra que dentro del cristianismo existen recursos para corregir una actitud dominadora.
Lo que está en juego en nuestra vida
Cuidar la creación no significa dejar de cultivar la tierra, producir alimentos, construir viviendas o desarrollar la ciencia. Significa preguntarnos por los límites y las consecuencias de lo que hacemos, especialmente cuando el daño recae sobre quienes menos posibilidades tienen de defenderse.
La técnica nos dice qué podemos hacer. La conciencia nos pide considerar qué debemos hacer. La fe nos recuerda que el mundo es un don compartido: no está a nuestra disposición sin medida, ni podemos separar su cuidado del cuidado de las personas.
Quizá ahí reside el valor de la provocación de White. Nos obliga a preguntarnos si vivimos como dueños de cuanto nos rodea o como criaturas agradecidas, capaces de cultivar y custodiar una casa común. En el próximo artículo volveremos al texto que está en el centro de esta discusión: ¿qué quiere decir el Génesis cuando confía al ser humano el «dominio» de la tierra?
Referencias
Lynn White Jr., «The Historical Roots of Our Ecologic Crisis», Science 155 (1967), pp. 1203-1207. DOI: 10.1126/science.155.3767.1203.
Francisco, Laudato si’ (2015), especialmente nn. 67, 115-118.






Deja una respuesta