Emblema dominicano de Predicando con nuestra vida

Predicando con nuestra vida

EVANGELIO, FE Y VIDA COTIDIANA

Cuidar la creación también forma parte de nuestra manera de creer

Una pregunta que también toca nuestra fe

Cuando hablamos de ecología, cambio climático o cuidado del medio ambiente, podemos pensar que estamos ante cuestiones que corresponden principalmente a científicos, políticos o especialistas. Y, ciertamente, la ciencia tiene mucho que decir. Estudia los ecosistemas, analiza las transformaciones del clima y nos ayuda a comprender las consecuencias de nuestras acciones sobre el planeta.

Pero hay una pregunta que la ciencia, por sí sola, no puede responder: ¿qué relación queremos tener con el mundo que habitamos?

Esta pregunta no pertenece solamente al ámbito científico. Es una pregunta ética y, para quienes creemos en Dios creador, también una pregunta espiritual. Por eso tiene sentido preguntarnos qué tiene que ver la fe con la ecología.

No todo se resuelve con la técnica

Los avances científicos y tecnológicos nos han permitido conocer mejor nuestro planeta y disponer de medios extraordinarios para transformar el entorno. Pero precisamente esa capacidad nos coloca ante una responsabilidad cada vez mayor.

Podemos saber cómo utilizar los recursos naturales, pero todavía debemos preguntarnos para qué, hasta dónde y a qué precio. Podemos desarrollar tecnologías cada vez más eficientes, pero ninguna tecnología decide por nosotros qué significa vivir con sobriedad ni qué responsabilidad tenemos hacia las generaciones futuras.

Detrás de muchos problemas ambientales encontramos también comportamientos humanos: el consumismo, la indiferencia, el egoísmo, la búsqueda ilimitada del beneficio o la idea de que todo cuanto existe puede convertirse en objeto de consumo. Por eso la crisis ecológica no puede reducirse a una cuestión técnica.

Necesitamos ciencia y tecnología. Necesitamos también revisar nuestra relación con los demás, con la naturaleza y con los bienes que hemos recibido.

Por qué las religiones tienen algo que decir

Las grandes tradiciones religiosas han intentado responder desde hace siglos a algunas preguntas fundamentales: quiénes somos, de dónde venimos, cómo debemos relacionarnos con los demás y qué responsabilidad tenemos ante Dios. También han ofrecido distintas maneras de comprender nuestra relación con la naturaleza.

El judaísmo, el cristianismo y el islam hablan de un mundo creado por Dios y confiado, de diferentes maneras, a la responsabilidad humana. Otras tradiciones religiosas y espirituales han destacado la interdependencia entre los seres vivos, la moderación en el uso de los bienes y el respeto hacia la naturaleza.

Existen diferencias profundas entre estas concepciones. Pero podemos reconocer una inquietud común: el mundo que habitamos no puede reducirse a un conjunto de recursos disponibles para satisfacer nuestros deseos.

Para el cristiano el mundo es creación

Para la fe cristiana existe además una razón fundamental. La naturaleza no es Dios. Pero tampoco es simplemente una materia sin significado puesta a nuestra disposición. Es creación.

Esta palabra cambia nuestra manera de mirar el mundo. Si hablamos de creación, reconocemos que aquello que existe tiene su origen último en Dios. El mundo no comienza con nosotros y tampoco nos pertenece absolutamente.

El relato del Génesis expresa esta verdad mediante la imagen del jardín: Dios coloca al ser humano en él para que lo cultive y lo cuide (cf. Gn 2,15). Ambos verbos importan. Podemos trabajar la tierra, transformarla y recibir sus frutos; no se nos concede, sin embargo, un poder sin límites sobre ella. Cultivar exige también custodiar.

Nos dio Dios la tierra para hacer con ella lo que queramos

Uno de los textos bíblicos más discutidos se encuentra en el primer capítulo del Génesis, cuando Dios confía la tierra al ser humano (cf. Gn 1,28). Algunos han interpretado esas palabras como si la tradición judeocristiana legitimara una explotación ilimitada de la naturaleza.

Pero esa interpretación queda incompleta cuando leemos el texto dentro del conjunto de la Escritura. El ser humano recibe la creación; no es su propietario absoluto. El segundo relato del Génesis habla de cultivar y cuidar el jardín. Los salmos contemplan una creación que alaba a Dios. Los libros sapienciales descubren en ella una grandeza que supera al ser humano.

También Jesús observa los lirios del campo y las aves del cielo. Habla de semillas, árboles, viñas, cosechas, lluvia y viento. Muchas de sus parábolas nacen de una mirada atenta al mundo natural y remiten, a través de él, al Padre.

Una ecología integral

La Iglesia ha profundizado progresivamente en esta responsabilidad. En la encíclica Laudato si’, el papa Francisco propone una ecología integral: el cuidado del ambiente y el cuidado de las personas están unidos.

El deterioro ambiental, la pobreza, las desigualdades sociales, las condiciones laborales, la cultura del descarte y nuestros hábitos de consumo se relacionan entre sí. «Todo está conectado» (Laudato si’, 91).

Por eso cuidar la creación no se agota en reciclar, reducir el plástico o ahorrar agua, aunque esos gestos sean valiosos. Nos lleva a preguntarnos qué necesitamos realmente, qué consumimos innecesariamente y cómo afectan nuestras decisiones a otras personas, en especial a las más vulnerables. La ecología llega así a nuestra conciencia.

De la preocupación ecológica a la conversión

El Evangelio no se limita a proponernos algunas buenas prácticas ambientales. Nos invita a una conversión, también en nuestra relación con la creación. Francisco habla de «conversión ecológica» para expresar que el encuentro con Jesucristo puede transformar nuestra manera de habitar el mundo (cf. Laudato si’, 216-221).

Podemos defender grandes principios y continuar viviendo igual. Podemos criticar las decisiones de gobiernos y empresas sin preguntarnos por nuestras propias decisiones. La conversión empieza cuando nos preguntamos con sinceridad: ¿qué puedo cambiar yo?

Quizá sean cosas sencillas: comprar solo lo necesario, evitar el desperdicio, cuidar el agua, utilizar responsablemente la energía y reutilizar antes de desechar. Pero también se trata de recuperar la capacidad de contemplar. Quien contempla deja de mirar todo desde la utilidad. Un árbol, un río o un animal no se reducen a lo que pueden proporcionarnos. La creación vuelve a hablarnos de gratuidad.

La creación como don

Tal vez una de las palabras cristianas más importantes para hablar de ecología sea «don». Lo que recibimos como don no lo tratamos del mismo modo que aquello que creemos poseer absolutamente.

Recibimos nuestra existencia, recibimos a los demás y recibimos una tierra que existía mucho antes de nosotros. No somos dueños absolutos. Somos responsables de una casa compartida. Y esa responsabilidad puede nacer del agradecimiento.

Cuando el mundo deja de ser solamente una posesión y vuelve a ser percibido como regalo, cambia nuestra manera de habitarlo. La cuestión ecológica nos pregunta también qué clase de seres humanos queremos ser.

Cuidar la casa que hemos recibido

La fe cristiana no sustituye a la ciencia. Tampoco pretende ofrecer soluciones técnicas para problemas ambientales enormemente complejos. Pero puede aportar algo fundamental: una manera de mirar y razones para vivir de otro modo.

Nos recuerda que la creación no nos pertenece de manera absoluta. La hemos recibido. Y nos recuerda que nuestras decisiones nunca son completamente individuales. La forma en que consumimos, utilizamos los recursos o tratamos aquello que nos rodea termina afectando a otras personas, especialmente a los más pobres y vulnerables, y también a quienes vendrán después de nosotros.

Por eso el papa Francisco insiste en Laudato si’ en la necesidad de una verdadera conversión ecológica. No consiste solamente en incorporar prácticas más respetuosas con el ambiente, sino en permitir que nuestra relación con Dios transforme nuestra relación con su creación.

Y quizá esta conversión comience con algo muy sencillo: volver a mirar. Detenernos ante la belleza de la naturaleza. Descubrir que no todo tiene que convertirse en objeto de consumo. Aprender nuevamente a agradecer.

Para un cristiano, cuidar la creación no debería nacer únicamente del miedo ante una posible catástrofe ambiental. Nace también del agradecimiento. La tierra que habitamos estaba aquí antes que nosotros y seguirá aquí cuando ya no estemos. Durante un breve tiempo se nos ha confiado.

Podemos explotarla como si fuéramos sus propietarios absolutos o habitarla como quienes han recibido una casa que también pertenece a otros. Ahí la ecología toca directamente nuestra fe. Creer en Dios creador significa reconocer su huella en aquello que ha creado y aceptar nuestra responsabilidad ante el don recibido.

Quizá la pregunta cristiana no sea solamente qué planeta vamos a dejar a quienes vengan después de nosotros. Hay otra pregunta todavía más profunda: ¿qué clase de seres humanos queremos ser mientras habitamos esta tierra?

Cuidar la creación comienza también ahí: en una vida más agradecida, más sobria y más consciente de que no somos dueños de todo. Somos criaturas entre las criaturas. Y hemos recibido una casa que estamos llamados a cultivar, custodiar y compartir.

Nota del autor. Este artículo es una adaptación divulgativa de mi estudio «Religión y ecología», publicado originalmente en Facultad de Teología San Vicente Ferrer (revista Teología Espiritual).

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