Emblema dominicano de Predicando con nuestra vida

Predicando con nuestra vida

EVANGELIO, FE Y VIDA COTIDIANA

Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.

Hay acontecimientos que cambian nuestra vida sin que nadie llegue a conocerlos. Suceden en el silencio de nuestra interioridad, allí donde conviven preguntas, heridas, deseos y esperanzas. La vida espiritual tiene mucho de ese misterio: Dios puede actuar profundamente en una persona sin manifestaciones extraordinarias, y sus frutos pueden descubrirse mucho tiempo después.

La memoria de santa Margarita María de Alacoque, religiosa de la Orden de la Visitación, que celebramos el 16 de octubre, nos invita a preguntarnos cómo una vida escondida puede ayudar a la Iglesia a redescubrir una verdad central del Evangelio: Dios es amor.

Mi acercamiento a santa Margarita María tiene también una historia personal. Fue en el monasterio de la Visitación de Pilar, en Argentina, donde conocí por primera vez su vida y su experiencia espiritual. Y no me avergüenza reconocer que, hasta entonces, sabía muy poco de esta santa y de la profundidad de su mensaje.

Aquel encuentro despertó en mí una inquietud que me llevó a estudiar con mayor atención su espiritualidad, especialmente su relación con el misterio del amor de Dios manifestado en el Sagrado Corazón de Jesús. Comencé entonces a escribir unas notas personales, intentando comprender no solamente sus experiencias místicas, sino lo que podían enseñarnos sobre la acción silenciosa de la gracia. Hoy comparto algunas de esas reflexiones, enriquecidas por mis lecturas y mi experiencia espiritual.

Dios actúa en lo más profundo de nuestra existencia

La interioridad humana no es solamente el espacio de nuestros pensamientos y sentimientos. Es también donde reconocemos nuestra verdad, ejercemos nuestra libertad y buscamos el sentido de la vida. Allí puede desarrollarse, de manera discreta y real, nuestra relación con Dios.

San Agustín descubrió, después de una larga búsqueda, que Dios estaba más íntimamente presente en él de lo que había imaginado. Y santo Tomás de Aquino nos ayuda a comprender que la gracia no destruye nuestra naturaleza ni sustituye nuestra libertad: la sana, la eleva y la conduce hacia su plenitud.

Dios no nos transforma anulando lo que somos. Su acción puede reconocerse en el perdón que parecía imposible, en la paciencia recuperada, en una decisión tomada con mayor libertad, en la esperanza que renace tras el sufrimiento. No son fenómenos espectaculares, pero pueden ser auténticos frutos de la gracia acogida por una persona.

La santidad no consiste en acumular experiencias extraordinarias, sino en permitir que el amor de Dios transforme nuestra manera de vivir.

Margarita María y una Iglesia que necesitaba recordar el amor

Margarita María vivió en la Francia del siglo XVII, un contexto religioso complejo. Junto a importantes corrientes de renovación espiritual, existían tendencias rigoristas, entre ellas el jansenismo, que podían acentuar de tal manera la indignidad humana y la severidad divina que terminaban debilitando la confianza en la misericordia.

Sería injusto reducir toda la religiosidad de la época a esas corrientes. Pero comprenderlas nos ayuda a valorar el alcance del mensaje que Margarita María transmitió desde su monasterio de Paray-le-Monial.

No anunció una nueva doctrina. El amor de Dios había sido revelado definitivamente en Jesucristo, y la contemplación de su costado traspasado formaba parte de la tradición cristiana mucho antes de ella. Su experiencia contribuyó, sin embargo, a recordar con renovada fuerza una verdad que los creyentes podemos conocer intelectualmente y, al mismo tiempo, olvidar en la práctica.

Dios puede servirse de una persona situada en un tiempo y unas circunstancias concretas para ayudar a toda la Iglesia a recuperar el centro de su fe.

El Sagrado Corazón y el misterio de la Encarnación

La devoción al Sagrado Corazón corre el riesgo de empobrecerse si la reducimos a una imagen o a determinadas prácticas piadosas. En el lenguaje bíblico, el corazón expresa el centro de la persona: su libertad, sus decisiones, sus afectos. Contemplar el Corazón de Jesús significa acercarnos al misterio de su persona y al amor que se manifiesta en su verdadera humanidad.

Jesús conoció el cansancio, la amistad, la tristeza, la compasión y el sufrimiento. Lloró ante la muerte de Lázaro, se conmovió ante quienes acudían a Él y entregó su vida por nuestra salvación. En Jesucristo, el Hijo eterno de Dios nos ha amado con un corazón humano.

Cuando el Evangelio de Juan presenta el costado traspasado de Cristo crucificado (Jn 19,34), la tradición de la Iglesia contempla allí un signo de ese amor entregado hasta el extremo. No se trata solo de ternura o consuelo: es un amor fiel que busca nuestra reconciliación, nuestra libertad y nuestra salvación.

«Dios es amor»: la verdad que lo cambia todo

«Dios es amor» (1 Jn 4,8). Y san Juan añade: «Nosotros amamos porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Nuestra relación con Dios no comienza con los méritos que podamos acumular. Comienza con su iniciativa gratuita.

Esto no elimina la necesidad de conversión, responsabilidad moral y reparación del daño. Al contrario: el amor de Dios nos llama a salir de aquello que destruye nuestra vida. Pero el orden es decisivo. No nos convertimos para obligar a Dios a amarnos; podemos convertirnos porque su gracia nos precede y nos sostiene.

Cuando olvidamos este orden, la moral cristiana puede parecer una acumulación de exigencias. Cuando lo recuperamos, comprendemos que el Evangelio nos propone una respuesta de amor al amor que hemos recibido.

Un mensaje que sigue siendo necesario

Más de tres siglos después, encontramos todavía cristianos que viven su fe dominados por el miedo, la culpa o la sensación de no ser nunca suficientemente buenos. Otros atraviesan experiencias de sufrimiento y confunden el silencio de Dios con su ausencia.

A veces también nuestras comunidades transmiten con mayor claridad las obligaciones que la buena noticia que las sostiene. No se trata de contraponer misericordia y verdad: el amor auténtico nos invita a reconocer el pecado y a cambiar de vida. Pero lo hace desde la esperanza, no desde la desesperación.

En la encíclica Dilexit nos, el papa Francisco recuperó la profundidad teológica y espiritual del Corazón de Cristo. Al referirse a santa Margarita María (nn. 119-121), recordó que lo esencial de su mensaje debe comprenderse a la luz del Evangelio. Las revelaciones privadas no completan ni sustituyen la Revelación definitiva de Jesucristo: pueden ayudarnos a vivirla más plenamente en un momento de la historia.

La fecundidad de una vida escondida

Margarita María vivió gran parte de su existencia en el silencio de un monasterio de la Visitación. Su experiencia espiritual, discernida y acompañada también por san Claudio de La Colombière, contribuyó a extender la devoción al Sagrado Corazón mucho más allá de los muros de su comunidad.

Esto nos obliga a revisar nuestros criterios sobre lo que hace valiosa una vida. Estamos acostumbrados a medirlo todo por la visibilidad, la eficacia y el reconocimiento público. Pero nadie puede medir completamente el bien que nace de la fidelidad cotidiana, de una oración silenciosa, de un gesto de perdón o del cuidado perseverante de quien sufre.

Esta reflexión tiene para mí una resonancia personal: mi hermana pertenece a la Orden de la Visitación y vive su vocación contemplativa en Argentina. Gracias también a esa cercanía he podido descubrir que la contemplación no es desinterés por el mundo, sino una manera particular de llevar sus sufrimientos y esperanzas ante Dios.

La Iglesia no vive solamente de cuanto organiza o realiza exteriormente. Vive, ante todo, de su comunión con Jesucristo. Una existencia escondida puede tener una fecundidad que no depende de su notoriedad.

El amor recibido debe convertirse en amor entregado

La vida interior cristiana no nos encierra en nosotros mismos. La experiencia verdadera del amor de Dios nos abre a los demás. Por eso, la devoción al Sagrado Corazón no debería quedarse en una práctica privada: ha de reflejarse en nuestra manera de tratar a quienes sufren, de acoger a los que se equivocan y de buscar la justicia y la reconciliación.

Quien contempla el Corazón de Cristo está llamado a reconocer sus sufrimientos en los pobres, los enfermos, los marginados y quienes han perdido la esperanza. Quien ha recibido misericordia no puede hacer de la dureza la medida de sus relaciones con los demás.

Una pregunta para nuestra propia vida

Tal vez la mejor manera de celebrar a santa Margarita María no sea detenernos únicamente en sus experiencias místicas, sino preguntarnos qué lugar ocupa realmente el amor de Dios en nuestra vida. ¿Vivimos desde la confianza o desde el miedo? ¿Permitimos que su misericordia transforme nuestra mirada? ¿Nuestra manera de vivir ayuda a otros a descubrir que son amados por Dios?

No necesitamos fenómenos extraordinarios para responder. Podemos abrirnos a la gracia en la oración, en la escucha de la Palabra, en los sacramentos y en las decisiones sencillas de cada día.

Santa Margarita María fue instrumento de una renovada proclamación del amor de Cristo en su tiempo. Nosotros estamos llamados a serlo en el nuestro. Porque la mejor manera de anunciar que Dios es amor consiste en permitir que ese amor transforme nuestra existencia, hasta que quienes se encuentren con nosotros puedan descubrir, aunque sea modestamente, algo del Corazón de Jesucristo.

Referencias

Sagrada Escritura: 1 Jn 4,7-19; Jn 19,31-37; Ef 3,14-19. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 66-67 y 478. Francisco, Dilexit nos (2024), especialmente nn. 119-121.

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