Emblema dominicano de Predicando con nuestra vida

Predicando con nuestra vida

EVANGELIO, FE Y VIDA COTIDIANA

Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.

Cuando callar deja de ser prudencia

A veces resulta más sencillo guardar silencio. Evitamos polémicas, malentendidos y discusiones que pueden terminar alejándonos de lo verdaderamente importante. Pero también hay momentos en los que debemos preguntarnos si callar sigue siendo una expresión de prudencia o si estamos eludiendo una responsabilidad de conciencia.

Después de tantos años de vida religiosa y ministerio sacerdotal, he aprendido a amar a la Iglesia con sus luces y sus sombras. No una Iglesia ideal, construida según mis preferencias, sino esta Iglesia concreta, santa por la presencia de Jesucristo y necesitada de conversión por nuestras fragilidades.

Desde ese amor me preocupan las recientes declaraciones de monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná, quien ha denunciado una supuesta «toma hostil» de las estructuras eclesiales por parte de enemigos de Cristo. Durante dieciocho años ejercí mi ministerio misionero en países de la antigua Unión Soviética, especialmente en Asia Central. Conozco personalmente a monseñor Schneider y siempre le he manifestado mi aprecio y respeto. Precisamente por eso, estas palabras me interpelan de una manera particular.

No escribo para descalificarlo ni para negar su derecho a expresar preocupaciones doctrinales. Lo hago porque considero que sus afirmaciones van más allá de una legítima discusión teológica. Cuando un obispo presenta a la Iglesia como una institución ocupada por sus enemigos, no solamente cuestiona decisiones o comportamientos: puede sembrar una profunda desconfianza hacia sus pastores y debilitar la comunión que está llamado a custodiar.

Y ante algo semejante, creo que también tenemos la responsabilidad de hablar.

¿Una Iglesia ocupada por sus enemigos?

El 3 de octubre de 2026, durante la Catholic Identity Conference, monseñor Schneider pronunció una conferencia titulada «La victoria de Cristo sobre la toma hostil de la Iglesia».

En ella describió una crisis sin precedentes que afectaría a la doctrina, la moral, la liturgia y la disciplina eclesial. Habló de herejías entre miembros de la alta jerarquía y de situaciones próximas a la apostasía. Pero lo más inquietante fue su afirmación de que enemigos de Cristo habrían conseguido ocupar posiciones influyentes dentro de la Iglesia.

Me parece una acusación extraordinariamente grave.

No porque desconozca los errores, las contradicciones y los pecados que existen dentro de nuestras instituciones. Sería ingenuo, y también injusto con tantas víctimas, negar esa realidad. La propia Iglesia reconoce, en Lumen gentium 8, que necesita permanentemente purificación y conversión.

Sin embargo, afirmar que las estructuras eclesiales han sido ocupadas por enemigos de Jesucristo exige algo más que un diagnóstico sombrío.

¿Quiénes son esos enemigos? ¿Qué doctrinas concretas han impuesto? ¿Qué hechos permiten sostener que las estructuras de gobierno de la Iglesia han sido objeto de esa «toma hostil» que denuncia?

No basta con denunciar herejías para demostrar su existencia. Hay que identificar las proposiciones cuestionadas, confrontarlas con la enseñanza de la Iglesia y explicar por qué merecen semejante calificación.

La gravedad de una acusación exige argumentos proporcionados.

Además, la expresión «toma hostil» procede del lenguaje de las disputas por el poder. Aplicarla a la Iglesia puede llevarnos a interpretar su vida desde categorías más propias de una confrontación política que del misterio de comunión que ella representa.

La Iglesia no es una empresa que unos administradores hayan arrebatado a sus legítimos propietarios. Es el Pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo, una comunidad cuya vida no puede comprenderse solamente desde las luchas internas de sus miembros.

Esto no significa que sus estructuras estén libres de errores, abusos o corrupción. Significa que debemos distinguir entre la crítica legítima a quienes ejercen la autoridad y la acusación de que la propia institución ha sido secuestrada por enemigos de Cristo.

Esa distinción resulta fundamental.

Monseñor Schneider, ¿desde cuándo está ocupada la Iglesia?

Hay un episodio de la trayectoria episcopal de monseñor Schneider que merece ser recordado.

El 8 de abril de 2006, el papa Benedicto XVI lo nombró obispo auxiliar de Karagandá, en Kazajistán. El 2 de junio de ese mismo año recibió la ordenación episcopal en la basílica de San Pedro, en Roma, de manos del cardenal Angelo Sodano, entonces secretario de Estado de la Santa Sede.

La documentación oficial del Vaticano conserva la homilía que Sodano pronunció durante aquella celebración. En ella recordó que Cristo confiaba a los nuevos obispos una misión a través del sucesor de Pedro y de la imposición de manos.

Me parece una imagen profundamente significativa: un sacerdote recibe el episcopado en el corazón de la Iglesia, mediante una celebración que expresa visiblemente su comunión con el Romano Pontífice y con el colegio episcopal.

Por eso quisiera formularle una pregunta a monseñor Schneider, con respeto, pero también con toda claridad:

¿Desde cuándo considera usted que la Iglesia está sometida a una «toma hostil»?

En su conferencia relaciona el deterioro que denuncia con la penetración de valores mundanos durante los últimos sesenta años, especialmente a partir del Concilio Vaticano II.

Si esa es su interpretación, entonces las raíces de la supuesta ocupación serían anteriores a su propia ordenación episcopal.

Y aquí aparece una cuestión que considero importante.

El mismo entramado institucional cuya trayectoria histórica cuestiona fue también el ámbito en el que recibió su misión episcopal. Fue llamado por Benedicto XVI y consagrado por quien ejercía una de las mayores responsabilidades de gobierno de la Iglesia.

Naturalmente, esto no significa que deba aprobar todas las decisiones de la Santa Sede ni que su ordenación lo prive del derecho a formular críticas. Sería absurdo sostenerlo.

Pero sí plantea una pregunta sobre la coherencia del diagnóstico y sobre los criterios que utilizamos para reconocer la legitimidad de la autoridad eclesial.

Si la ocupación que denuncia tiene sus raíces en las décadas posteriores al Concilio, ¿cómo distingue, dentro de ese mismo período, la actuación legítima de los pastores de aquella que atribuye a los enemigos de Cristo?

¿En qué momento una autoridad que reconocemos como expresión de la comunión eclesial pasa a formar parte de una estructura supuestamente ocupada?

Estas preguntas no cuestionan su condición episcopal. Buscan comprender las consecuencias de una interpretación histórica que me parece difícil de sostener sin muchas más precisiones.

La autoridad del Papa y de los obispos no depende de nuestra coincidencia personal con todas sus decisiones. Podemos cuestionar actuaciones concretas, pedir explicaciones y señalar errores. Lo que no deberíamos hacer es convertir nuestras preferencias en la medida de la legitimidad eclesial.

Porque entonces la comunión dejaría de ser un don que recibimos y una responsabilidad que compartimos para convertirse en una especie de acuerdo entre quienes piensan de la misma manera.

Y la Iglesia es mucho más que eso.

La Tradición no pertenece a ningún sector de la Iglesia

Monseñor Schneider recuerda que el Papa y los obispos no son propietarios de la fe, sino sus custodios.

Tiene razón.

La Revelación no está a disposición de quienes ejercen el gobierno eclesial. Nadie puede modificar arbitrariamente el Evangelio ni disponer del depósito de la fe según las conveniencias del momento.

Pero conviene completar esta afirmación con otra igualmente importante: si el Papa no es propietario de la fe, tampoco lo es un obispo individual, un grupo de cardenales o una determinada corriente teológica.

La constitución Dei Verbum, en su número 10, enseña que el Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio. Ese mismo texto afirma que la interpretación auténtica de la Palabra de Dios ha sido confiada al Magisterio vivo de la Iglesia.

Ambas afirmaciones deben permanecer unidas.

La Tradición es la transmisión viva de la fe apostólica. No pertenece a quienes se consideran conservadores ni a quienes se identifican como progresistas. Tampoco puede reducirse a una sensibilidad litúrgica o a una determinada manera de interpretar la historia reciente de la Iglesia.

Por eso me preocupa que algunos discursos parezcan establecer una división entre quienes se consideran los verdaderos defensores de la Tradición y aquellos pastores que, por sostener orientaciones diferentes, pasan a ser vistos como sospechosos de infidelidad.

La Iglesia tiene derecho a esperar de sus obispos fidelidad doctrinal, pero también responsabilidad respecto de la comunión eclesial.

El episcopado no es una plataforma personal desde la cual juzgar permanentemente a los demás. Es un ministerio recibido para enseñar, santificar y gobernar en comunión con el sucesor de Pedro y con los demás obispos.

Así lo enseña Lumen gentium, especialmente en sus números 22 y 23.

La comunión no exige guardar silencio frente a los errores. Tampoco obliga a considerar acertadas todas las decisiones prudenciales de la autoridad eclesial. La historia demuestra que las correcciones y los desacuerdos han formado parte de la vida de la Iglesia.

Sin embargo, cuando un obispo habla públicamente de enemigos de Cristo que ocupan posiciones influyentes dentro de las estructuras eclesiales, es necesario preguntarse por las consecuencias de sus palabras.

Un obispo no habla simplemente como un comentarista de la actualidad religiosa. Sus afirmaciones influyen en la conciencia de los fieles, en su confianza hacia los pastores y en su manera de vivir la pertenencia a la Iglesia.

En su conferencia, Schneider reafirmó también la indefectibilidad de la Iglesia y la esperanza en la victoria de Cristo. Comparto esas convicciones y considero justo reconocerlas. Pidió asimismo a los creyentes que no cedieran a la ira, la amargura ni el desaliento. Reconozco el valor de esa exhortación. Sin embargo, encuentro una tensión entre esa invitación a la serenidad y la imagen de una Iglesia cuyas posiciones estratégicas estarían ocupadas por enemigos de Cristo.

No me corresponde juzgar sus intenciones. Me preocupan las consecuencias pastorales que puede tener ese lenguaje.

Quienes hemos acompañado durante años a personas en sus dificultades de fe sabemos cuánto daño pueden provocar el miedo y la desconfianza. Hay creyentes que necesitan recuperar la esperanza, descubrir nuevamente la misericordia de Dios y reconciliarse con una Iglesia que, en ocasiones, también los ha herido.

No creo que podamos ayudarlos presentándoles continuamente una comunidad dominada por enemigos y traiciones.

El Evangelio nos llama a defender la verdad, pero también a anunciar la salvación. Y ambas responsabilidades deben permanecer unidas.

La fidelidad a la Iglesia también exige conversión

No quisiera que estas reflexiones se interpretaran como una defensa acrítica de la jerarquía eclesial.

Sería contrario a lo que pienso y a lo que he procurado vivir durante mi ministerio.

La Iglesia necesita reconocer sus errores, corregir sus abusos y afrontar con transparencia las heridas provocadas por quienes han utilizado su autoridad para hacer daño.

Los abusos sexuales, espirituales y de conciencia, así como los encubrimientos y las negligencias institucionales, constituyen una grave contradicción con el Evangelio. Frente a estas realidades no bastan las declaraciones doctrinales. Hacen falta justicia, reparación y conversión.

La fidelidad cristiana no puede ser selectiva.

No podemos exigir a los fieles una obediencia rigurosa mientras toleramos comportamientos que contradicen profundamente la dignidad humana. Tampoco podemos denunciar con severidad los errores de quienes piensan de manera diferente y mostrar una indulgencia injustificada cuando las responsabilidades afectan a personas cercanas a nuestras propias posiciones.

Estas exigencias valen para todos. No atribuyo con ellas a Schneider responsabilidad alguna en esos comportamientos. Hablo de una cuestión más amplia que compromete la credibilidad de toda la Iglesia.

Jesús denunció con extraordinaria claridad a quienes se preocupaban por el cumplimiento minucioso de determinados preceptos y descuidaban lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad (cf. Mt 23,23).

Esa advertencia conserva toda su actualidad.

Me preocupa que algunas controversias sobre moral y disciplina sacramental despierten reacciones mucho más vehementes que otros problemas que afectan directamente a la dignidad de las personas y a la credibilidad del testimonio cristiano.

No se trata de contraponer doctrina y justicia, sino de comprender que ambas pertenecen a una misma fidelidad al Evangelio.

La Iglesia no pierde autoridad moral cuando reconoce sus pecados. La pierde cuando pretende ocultarlos, justificarlos o juzgarlos con criterios diferentes según quiénes sean sus protagonistas.

Y quienes defendemos la verdad debemos ser los primeros en aceptar que esa misma verdad nos juzgue también a nosotros.

La Iglesia no es una trinchera

Quisiera terminar volviendo a la razón que me llevó a escribir este artículo.

No me interesa alimentar otra polémica entre sectores eclesiales. Tampoco considero que las diferencias doctrinales deban resolverse mediante descalificaciones personales.

Pero me preocupa profundamente que determinadas maneras de hablar de la Iglesia terminen convirtiendo la fidelidad a Cristo en una confrontación permanente entre católicos.

La Iglesia necesita pastores capaces de defender la verdad, incluso cuando hacerlo resulte incómodo. Necesita teólogos rigurosos, creyentes comprometidos y voces que no teman señalar las contradicciones de nuestra vida eclesial.

Lo que no necesita es que algunos se atribuyan el papel de guardianes exclusivos de su autenticidad.

No todo desacuerdo constituye una traición. No toda renovación representa una ruptura. Y no podemos identificar automáticamente nuestras convicciones personales con la totalidad de la Tradición católica.

Por eso quisiera decirle a monseñor Schneider que su preocupación por la doctrina merece ser escuchada, pero también que sus acusaciones sobre una supuesta «toma hostil» deben ser examinadas con el mismo rigor que él reclama para la enseñanza de la Iglesia.

Sería una contradicción exigir precisión doctrinal y utilizar, al mismo tiempo, expresiones tan graves sin ofrecer una demostración suficientemente concreta de aquello que se denuncia.

La Iglesia no pertenece a un grupo de obispos, a una sensibilidad litúrgica ni a una determinada corriente teológica. Pertenece a Jesucristo.

He dedicado mi vida a servirla. He conocido sus grandezas y sus miserias, la generosidad de tantos creyentes y el sufrimiento provocado por nuestras propias infidelidades. Y precisamente porque la conozco desde dentro, no necesito imaginar una Iglesia perfecta para amarla.

Creo en esta Iglesia concreta, que camina entre dificultades y esperanzas, sostenida por la gracia de Dios y llamada permanentemente a la conversión.

Antes de hablar de enemigos y de ocupaciones hostiles, deberíamos recordar que Jesucristo pidió al Padre por la unidad de sus discípulos: «Que todos sean uno» (Jn 17,21).

Esa unidad no significa renunciar a la verdad ni evitar los desacuerdos. Significa reconocer que la comunión forma parte de nuestra fidelidad al Señor.

He decidido escribir estas páginas porque creo que la comunión merece ser defendida con la misma convicción con la que defendemos la doctrina.

No para abrir otra trinchera, sino para recordar que nuestra misión es anunciar a Jesucristo y no convertir las diferencias internas en el centro de la vida eclesial.

La Iglesia no es una trinchera desde la cual combatir a los demás. Es nuestra casa, nuestra comunidad de fe y el Pueblo de Dios al que hemos sido llamados a servir.

Y precisamente porque la amo, no quiero guardar silencio cuando considero que nuestra manera de hablar de ella puede terminar haciéndole daño.

Fuentes y referencias

1. Athanasius Schneider, «Christ’s Victory over the Hostile Takeover within the Church», Catholic Identity Conference, 3 de octubre de 2026. Publicado en The Remnant, 10 de octubre de 2026.

2. Angelo Sodano, homilía durante la ordenación episcopal de Nikolaus Messmer y Athanasius Schneider, basílica de San Pedro, 2 de junio de 2006. Archivo oficial de la Santa Sede.

3. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, números 8, 22 y 23.

4. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Dei Verbum, números 8-10.

5. Benedicto XVI, discurso a la Curia romana, 22 de diciembre de 2005.

6. Sagrada Escritura: Mt 23,23; Jn 17,21.

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