Carlos Ávila Martínez O.P.
Estos días, escuchando stupid song, de Olivia Rodrigo, volvió a mí una reflexión que, en realidad, me acompaña desde hace años. La canción volvió a poner delante de mí una pregunta antigua: ¿qué sucede cuando una persona empieza a ocupar demasiado espacio en nuestro corazón? ¿Dónde termina el amor y dónde comienza la dependencia? ¿Cómo amar profundamente sin perder nuestra libertad interior?
Recuerdo que esta cuestión apareció con especial claridad hace algunos años, en Buenos Aires, en una escena muy sencilla. Mi madre estaba planchándome unas camisas y, mientras hacía algo tan cotidiano, aproveché para abrirle mi vida. Le hablé de mis sentimientos, de mis fragilidades, de mis inseguridades y también de aspectos de mi propia inmadurez afectiva. Tal vez por eso recuerdo tanto aquel momento: no estábamos teniendo una conversación solemne, sino compartiendo uno de esos instantes ordinarios en los que, casi sin darnos cuenta, terminamos diciendo cosas importantes.
Aquella conversación me ayudó a comprender algo que con los años he ido entendiendo mejor: todos necesitamos afecto. Todos necesitamos sentir que alguien nos conoce, nos escucha y nos quiere sin demasiadas explicaciones. Yo mismo, aun siendo adulto, sacerdote y religioso, he sentido muchas veces que necesito a mi madre. Y no creo que haya nada extraño en reconocerlo.
El problema no está en necesitar afecto, sino en esperar de una sola persona una seguridad, una plenitud o una respuesta que ningún ser humano puede darnos por completo.
Necesitar afecto no significa ser débil
A veces hablamos de madurez como si consistiera en no necesitar a nadie. Sin embargo, eso no sería madurez, sino aislamiento. Somos seres relacionales y necesitamos vínculos, amistad, cercanía, ternura y compañía. La cuestión, por tanto, no es dejar de necesitar a los demás, sino aprender cómo los necesitamos.
Podemos necesitar a alguien desde el amor o desde el miedo. Podemos buscar compañía porque deseamos compartir la vida o porque no soportamos estar a solas con nosotros mismos. Podemos amar a una persona reconociendo su libertad o convertirla, casi sin darnos cuenta, en el soporte emocional sobre el que descansa toda nuestra estabilidad.
Esta frontera no siempre es evidente. Por eso la madurez afectiva exige honestidad para reconocer nuestras propias carencias y expectativas. Tal vez comience precisamente ahí: cuando dejamos de fingir que somos autosuficientes y empezamos a comprender qué buscamos realmente en los demás.
Cuando el otro comienza a ocuparlo todo
Enamorarse significa permitir que otra persona entre en nuestro mundo interior. Pensamos en ella, deseamos verla, esperamos sus mensajes y encontramos alegría en compartir tiempo juntos. Todo esto pertenece a la experiencia normal del amor.
El problema surge cuando esa persona, que inicialmente ocupaba un lugar importante en nuestra vida, comienza poco a poco a convertirse en el centro alrededor del cual gira todo lo demás. Entonces nuestro estado de ánimo empieza a depender demasiado de sus palabras, de sus silencios, de su presencia o de su ausencia. Una respuesta puede tranquilizarnos y una demora llenarnos de ansiedad; una muestra de cariño puede hacernos sentir valiosos, mientras que una distancia inesperada puede despertar inseguridad o miedo.
En ese momento quizá el amor siga existiendo, pero algo comienza a mezclarse con él. Ya no solamente queremos estar con alguien: necesitamos que esa persona nos confirme continuamente que somos importantes, queridos y dignos de ser amados.
Cuando esto sucede, la relación empieza a cargar con una responsabilidad demasiado grande. Esperamos que el otro nos proporcione una estabilidad interior que ninguna persona puede garantizar de manera permanente.
Amar no significa pedir al otro que nos complete
Nuestra cultura ha repetido muchas veces la idea romántica de que algún día encontraremos a alguien que nos complete. Puede sonar hermoso, pero detrás de esa imagen existe también un riesgo. Si creo que otra persona debe completarme, puedo terminar esperando que cure todas mis heridas, calme todos mis temores y responda a todas mis necesidades afectivas.
Sin embargo, el otro también es una persona limitada. Tiene sus propios miedos, cansancios, contradicciones y heridas. Puede acompañarme, sostenerme y ayudarme a crecer, pero no puede convertirse en la respuesta definitiva a todo lo que ocurre dentro de mí.
Esto vale para una pareja, para un amigo, para un hermano e incluso para una madre. Quien más nos ama sigue siendo humano. El amor maduro consiste también en aceptar esos límites, no porque debamos resignarnos a recibir menos, sino porque aprendemos a esperar mejor.
¿Qué ocurre cuando no encontramos pareja?
Existe también otra experiencia muy frecuente hoy. No todos sufren porque una relación los absorba demasiado; muchos sufren porque no encuentran a alguien con quien compartir su vida.
Hay personas que desean enamorarse y no encuentran pareja. Han buscado, han esperado, han pasado por decepciones o rupturas y, con el paso del tiempo, comienza a aparecer una pregunta difícil: ¿y si esa persona nunca llega?
Nuestra sociedad no ayuda demasiado. A menudo presenta la pareja como un signo casi definitivo de realización personal y transmite, de manera más o menos explícita, la idea de que estar solo significa estar incompleto. Se pregunta cuándo llegará alguien, cuándo habrá matrimonio o por qué una persona sigue sin pareja, como si toda la vida afectiva pudiera reducirse a esa dimensión.
Pero no tener pareja no significa no tener una vida afectiva. La existencia humana está tejida por muchas formas de amor: amistad, familia, fraternidad, comunidad, servicio, misión, cuidado y acompañamiento. Reducir toda nuestra capacidad de amar a una relación de pareja sería empobrecer enormemente la riqueza del corazón humano.
Estar sin pareja no es lo mismo que vivir en soledad
Conviene distinguir dos realidades que no son idénticas: estar sin pareja y vivir en soledad. Una persona puede estar casada y sentirse profundamente sola, mientras que otra puede vivir sin pareja y tener una existencia rica en amistades, proyectos y vínculos significativos.
La soledad no depende únicamente del estado civil. Lo verdaderamente importante es preguntarnos si nuestra vida está abierta al encuentro, si sabemos construir vínculos y si tenemos relaciones en las que podemos mostrarnos como somos.
Esto no significa idealizar la soltería. Hay momentos en que la ausencia de una pareja pesa, y puede echarse de menos una presencia estable, alguien con quien compartir lo cotidiano, las decisiones, el cansancio y las pequeñas alegrías. Negar ese deseo sería poco humano. Pero reconocerlo tampoco significa concluir que una vida sin pareja sea necesariamente una vida incompleta.
La vida no puede convertirse en una sala de espera
A veces vivimos como si nuestra verdadera vida fuera a comenzar cuando aparezca alguien. Hasta entonces, todo parece provisional: los proyectos, los viajes, la casa, el trabajo o incluso la propia alegría. Se vive esperando, como si la existencia estuviera suspendida hasta que llegue la persona adecuada.
Sin embargo, la vida ya está sucediendo. Quien desea una pareja tiene derecho a seguir deseándola, y no hay necesidad de espiritualizar ese anhelo ni de fingir que no importa. Pero tampoco podemos dejar nuestra vida en pausa esperando que otra persona venga a darle sentido.
Quizá una de las formas más profundas de libertad sea precisamente esta: seguir viviendo plenamente mientras esperamos aquello que todavía no ha llegado.
La soltería no es un fracaso
Para algunas personas, la soltería será una etapa transitoria. Para otras puede convertirse en una situación permanente, elegida o no. En cualquiera de los dos casos, no debería vivirse automáticamente como un fracaso, porque la dignidad de una persona no depende de estar casada, tener pareja o formar una familia del modo tradicional.
Esto es importante también dentro de nuestras comunidades cristianas. A veces hemos hablado tanto del matrimonio y de la familia que, sin querer, quienes viven solos pueden sentir que su situación es secundaria o menos plena.
Sin embargo, la tradición cristiana conoce distintas maneras de vivir la entrega, la fecundidad y el amor. Hay personas cuya vida se realiza en el matrimonio y la familia. Otras encuentran una enorme fecundidad en el servicio, la amistad, la misión, el trabajo, el cuidado de otros o la vida comunitaria.
Lo decisivo no es simplemente con quién vivimos, sino cómo amamos y para qué vivimos.
El celibato también necesita una vida afectiva
Esta cuestión tiene una importancia especial para quienes vivimos el celibato. El celibato cristiano no consiste simplemente en no tener pareja, y mucho menos debería entenderse como una renuncia amarga al amor. Cuando se vive de manera sana, es una forma distinta de entrega.
Pero eso no significa que la persona célibe deje de necesitar afecto, amistad, cercanía o comprensión. También necesitamos vínculos verdaderos, personas con quienes hablar, compartir, reír, descansar y abrir el corazón. Un celibato vivido como aislamiento termina empobreciendo a la persona, porque la cuestión no es dejar de amar, sino aprender a ensanchar el corazón.
Tal vez por eso aquella conversación con mi madre me enseñó algo que después he comprendido también desde mi propia vocación: incluso quien ha elegido una vida célibe necesita aprender a amar y a dejarse amar.
El miedo a quedarse solo
No siempre la dependencia afectiva nace de amar demasiado. Con frecuencia nace del miedo: miedo a quedarnos solos, a ser abandonados, a dejar de ser importantes o a perder aquello que nos hace sentir queridos.
Ese miedo puede llevarnos incluso a permanecer en relaciones que nos hacen daño. No porque no percibamos el sufrimiento, sino porque la posibilidad de quedarnos solos nos resulta todavía más difícil de soportar.
Aquí aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estoy con esta persona porque libremente quiero compartir mi vida con ella o porque me aterra la posibilidad de estar solo?
Aprender a vivir bien también en la propia soledad nos hace más libres para elegir una relación desde el amor y no desde la desesperación.
El amor cristiano necesita libertad
San Pablo, en su conocido himno a la caridad, afirma que el amor «no busca su propio interés» (1 Co 13,5). Esta expresión contiene una intuición muy profunda: el verdadero amor no convierte al otro en una posesión ni lo reduce a aquello que puede ofrecernos.
Amar significa reconocer que delante de mí existe otra persona, con su propia historia, sus tiempos, su libertad y sus límites. No puedo pedirle que esté disponible permanentemente ni convertir cada silencio en una amenaza. La libertad, por tanto, no es enemiga del amor; al contrario, es una de sus condiciones más profundas.
Y esto vale tanto para quien vive en pareja como para quien está solo. Una persona verdaderamente libre no necesita una relación para demostrar que su vida tiene valor, pero tampoco utiliza su independencia como una defensa para no dejarse amar.
Ninguna persona puede ocupar el lugar de Dios
Desde la fe cristiana, esta cuestión adquiere una profundidad todavía mayor. El ser humano posee un deseo de plenitud que ninguna criatura puede satisfacer completamente. San Agustín lo expresó de una manera que sigue siendo actual: nuestro corazón permanece inquieto hasta descansar en Dios.
Esto no significa que los vínculos humanos sean secundarios ni que debamos amar menos. Significa que necesitamos amar a las personas como personas, sin pedirles que ocupen el lugar de Dios. Ni la pareja, ni nuestra madre, ni nuestros amigos pueden ofrecernos una seguridad absoluta, una presencia permanente o una respuesta total a nuestra existencia.
La misma verdad vale para quien no tiene pareja. Si creemos que solo podremos ser felices cuando aparezca alguien, también estamos atribuyendo a una relación futura una capacidad de salvarnos que ninguna relación posee. La pareja puede enriquecer enormemente una vida, pero no puede darle por sí sola todo su sentido.
Jesús: una vida llena de relaciones
También podemos mirar la manera de relacionarse de Jesús en los Evangelios. Jesús no fue alguien distante. Tuvo amigos, compartió la mesa, buscó compañía, lloró ante la muerte de Lázaro y experimentó profundamente el abandono. Pero no vivió en pareja, y su vida estuvo, sin embargo, atravesada por relaciones, amistad, entrega, compasión y una profunda capacidad de encuentro.
Esto resulta especialmente significativo para una cultura que a veces identifica automáticamente la plenitud afectiva con una relación romántica. Jesús muestra que existe una manera de vivir enteramente para el amor sin que ese amor adopte necesariamente la forma de una relación de pareja.
Al mismo tiempo, en sus vínculos aparece siempre una gran libertad. Cuando el joven rico decidió marcharse, Jesús respetó su decisión (cf. Mc 10,17-22), y cuando algunos discípulos dejaron de seguirlo, preguntó a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?» (Jn 6,67). Jesús ama, llama, propone y acompaña, pero deja espacio para la libertad del otro.
Muchas formas de maternidad
Con el paso de los años he descubierto también algo hermoso: a veces necesitamos a nuestra madre, pero la vida puede poner delante de nosotros muchas formas de maternidad. Hay mujeres que, sin ser nuestra madre biológica, nos cuidan, nos escuchan, nos acompañan y nos ofrecen una palabra de consuelo en momentos importantes. Hay comunidades que se convierten en hogar y amistades que nos sostienen cuando la familia está lejos.
Esto no sustituye el vínculo con nuestra madre, sino que lo ensancha. Nos ayuda a comprender que el amor verdadero nunca queda encerrado en una sola persona y que, a lo largo de la vida, podemos recibir cuidado y ternura de formas muy diversas.
Para un cristiano existe además una presencia maternal que atraviesa toda la vida de fe: María.
María, Madre
Al pie de la cruz, Jesús dice al discípulo amado: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27). La tradición cristiana ha reconocido en esas palabras algo más que un gesto de cuidado entre dos personas: María es entregada también como Madre a los discípulos.
Esto adquiere un sentido muy profundo cuando atravesamos la soledad, la pérdida, la distancia de nuestra familia o simplemente esos momentos en los que necesitamos sentir una presencia maternal. María no viene a sustituir nuestras relaciones humanas, sino a iluminarlas. No elimina nuestra necesidad de afecto, sino que nos recuerda que nuestra vida está sostenida por un amor más grande.
Tal vez por eso tantas generaciones de cristianos han acudido espontáneamente a ella en momentos de dolor, incertidumbre o abandono. Hay algo profundamente humano en buscar una madre, y hay algo profundamente cristiano en descubrir que, cuando nuestra madre terrena ya no puede estar a nuestro lado, seguimos pudiendo decir: tengo una Madre.
Volver a aquella escena
A veces vuelvo con la memoria a aquella escena en Buenos Aires. Mi madre planchando unas camisas y yo hablando, casi sin darme cuenta, de mis sentimientos, de mis inseguridades y de todo aquello que todavía necesitaba aprender sobre el amor y sobre mí mismo.
Con los años comprendí que aquella conversación no fue importante porque resolviera todas mis preguntas, sino porque me permitió reconocerlas. Me ayudó a aceptar que también un adulto necesita afecto, cercanía, escucha y una presencia que le recuerde que no está solo. Todavía hoy, a veces, necesito a mi madre, y no me avergüenza decirlo.
Pero también he aprendido que el corazón humano no puede quedar encerrado en una sola persona. La vida nos va enseñando a recibir el amor de muchas maneras: en una amistad, en una comunidad, en alguien que sabe escucharnos, en una palabra inesperada o en una presencia discreta que aparece justo cuando la necesitamos.
Y cuando todas esas presencias humanas muestran inevitablemente sus límites, la fe nos recuerda que no estamos abandonados. María no sustituye a nuestra madre, a una pareja, a los amigos ni a ninguna relación humana, pero su presencia nos ayuda a comprender que nuestra vida está sostenida por un amor más grande.
Quizá madurar afectivamente consista precisamente en aprender esto: agradecer profundamente a quienes amamos, reconocer cuánto los necesitamos y, al mismo tiempo, no pedirles que sean todo para nosotros. Podemos amar profundamente y seguir siendo libres; podemos desear una pareja y, mientras no llegue, continuar viviendo una vida verdadera y fecunda; podemos elegir el celibato y seguir necesitando amistad, afecto y cercanía; podemos echar de menos a nuestra madre y, al mismo tiempo, descubrir otras formas de maternidad que Dios pone en nuestro camino.
No se trata de querer menos, sino de querer mejor, con más libertad y con un corazón cada vez más ancho.






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