Fr. Carlos Ávila Martínez O.P
Pocas palabras han adquirido tanta importancia en la Iglesia de los últimos años como «sinodalidad». Para algunos representa una de las grandes aportaciones del pontificado de Francisco; para otros se ha convertido casi en la síntesis de aquello que consideran problemático en su manera de comprender la Iglesia. La discusión, lejos de desaparecer con su muerte, continúa ahora que León XIV ha asumido explícitamente el camino sinodal.
Actualmente mi confesionario en la Basílica de Santa María la Mayor se encuentra muy cerca de la tumba de Francisco. Mientras pasan continuamente peregrinos ante ella, escucho a pocos metros historias, preocupaciones y esperanzas que suelen estar bastante lejos de nuestras controversias eclesiales. Esa proximidad me ha hecho preguntarme más de una vez qué queda, más allá de las interpretaciones y polémicas, de aquello que Francisco quiso decir cuando hablaba de sinodalidad.
La palabra ha acumulado en pocos años una considerable carga ideológica. Para algunos parece significar apertura, participación y renovación; para otros, relativización de la doctrina, debilitamiento de la autoridad y adaptación de la Iglesia al espíritu del tiempo. Quizá precisamente por eso convenga regresar a una pregunta más elemental: ¿qué significa realmente la sinodalidad y qué entendía Francisco cuando hablaba de ella?
Porque una cosa es lo que Francisco dijo, otra lo que algunos esperaron que dijera y otra lo que sus críticos interpretaron que estaba diciendo. Buena parte de la controversia comienza cuando dejamos de distinguir estas realidades.
La sinodalidad no comenzó con Francisco
Una primera aclaración parece elemental: Francisco no inventó la sinodalidad. La palabra «sínodo» procede del griego y expresa la idea de recorrer juntos un camino. La realidad que designa pertenece a la historia de la Iglesia desde sus primeros siglos. Hubo sínodos y concilios mucho antes de nuestro actual vocabulario eclesial, y las Iglesias orientales han conservado una tradición sinodal particularmente significativa.
El texto bíblico que inevitablemente aparece cuando hablamos de esta cuestión es el capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles. Ante una controversia que podía dividir profundamente a la comunidad cristiana, los apóstoles y los presbíteros se reúnen en Jerusalén. Escuchan posiciones diferentes, disciernen y finalmente toman una decisión que expresan mediante una fórmula extraordinaria: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros» (Hch 15,28).
Sería anacrónico convertir aquel encuentro en un sínodo según nuestras categorías actuales. Sin embargo, aparece allí algo esencial: la Iglesia afronta sus dificultades escuchando y discerniendo, convencida de que el verdadero protagonista de su camino es el Espíritu Santo.
Muchos siglos después, el Concilio Vaticano II recuperó con particular fuerza la comprensión de la Iglesia como Pueblo de Dios, la colegialidad episcopal y el sensus fidei de los bautizados. Pablo VI instituyó en 1965 el Sínodo de los Obispos mediante el motu proprio Apostolica sollicitudo, como una forma estable de colaboración del episcopado con el ministerio del Obispo de Roma.
Años después, en 1974, el propio Pablo VI ofreció una definición particularmente significativa: «No es un Concilio, no es un Parlamento, sino un Sínodo de naturaleza especial». La advertencia resulta interesante porque demuestra que la preocupación por preservar la naturaleza propia de la Iglesia frente a una comprensión meramente parlamentaria no nació con las controversias actuales.
Francisco recibió, por tanto, una realidad que lo precedía. La pregunta interesante no es si inventó la sinodalidad, sino qué acentos introdujo en ella y por qué llegó a considerarla tan importante para la Iglesia del siglo XXI.
Antes del papa Francisco estaba Jorge Mario Bergoglio
¿Podemos encontrar en Jorge Mario Bergoglio, antes de su elección como Papa, antecedentes de la importancia que posteriormente concederá a la sinodalidad?
Responder con rigor exigiría una investigación específica de sus homilías, intervenciones pastorales, documentos de la Arquidiócesis de Buenos Aires y participación en el episcopado latinoamericano. Por eso, lo que podemos señalar aquí debe entenderse como una aproximación y no como una reconstrucción completa de la génesis del concepto.
En los textos consultados no aparece todavía una elaboración sistemática de la «sinodalidad» comparable a la que Francisco desarrollará durante su pontificado. Pero sí encontramos elementos significativos de continuidad.
En 2005, durante el Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía, el cardenal Bergoglio hablaba del «santo pueblo fiel de Dios» y recordaba que ese pueblo, en su totalidad, es infallibile in credendo. No encontramos todavía el posterior desarrollo de la sinodalidad, pero sí una convicción eclesiológica que será fundamental en Francisco: el Pueblo de Dios no es simplemente destinatario pasivo de la acción de la Iglesia.
En un mensaje de Cuaresma de 2007 titulado Nuestro andar eclesial: la Iglesia peregrina, Bergoglio hablaba además del camino, del peregrinar y de la salida como dimensiones de la historia del Pueblo de Dios. Sería excesivo llamar a esto una formulación anticipada de su posterior teología de la sinodalidad, pero permite reconocer un universo pastoral en el que aparecen ya el camino, el Pueblo de Dios y la misión.
Podemos hablar, por tanto, de antecedentes sin necesidad de construir retrospectivamente una continuidad perfecta. El vocabulario de la sinodalidad se desarrollará después; algunas de las intuiciones fundamentales estaban ya presentes. No necesitamos convertir retrospectivamente a Bergoglio en Francisco para reconocer que Francisco tampoco apareció de la nada.
¿Qué entendía realmente Francisco por sinodalidad?
Para responder esta pregunta existe un texto fundamental. El 17 de octubre de 2015, con ocasión del cincuentenario de la institución del Sínodo de los Obispos, Francisco afirmó que «el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio».
La frase se hizo famosa. Lo que no siempre recibe la misma atención es la explicación que el propio Francisco ofreció.
El Papa habló de «caminar juntos» —laicos, pastores y Obispo de Roma— y describió una Iglesia en la que el Pueblo de Dios es escuchado, los pastores ejercen el discernimiento y el sucesor de Pedro cumple su ministerio de comunión. Al mismo tiempo recordó que el Sínodo actúa cum Petro et sub Petro y que el Papa debe garantizar la obediencia y conformidad de la Iglesia con la voluntad de Dios, el Evangelio de Cristo y la Tradición.
Francisco introdujo además una distinción fundamental: escuchar al Pueblo de Dios no significa identificar el sensus fidei con la opinión pública. Los pastores deben saber distinguir las auténticas manifestaciones de la fe de las corrientes cambiantes de opinión. La fe de la Iglesia, por tanto, no se establece contando votos ni cambia automáticamente porque una determinada posición alcance una mayoría sociológica.
La Comisión Teológica Internacional profundizó esta cuestión en 2018 en La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia. Allí la sinodalidad aparece como una dimensión constitutiva de la Iglesia que implica escucha, participación y corresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios, pero también diversidad de ministerios, autoridad pastoral y comunión jerárquica con el Obispo de Roma.
Ese mismo año Francisco promulgó la constitución apostólica Episcopalis communio, que desarrolló institucionalmente el Sínodo de los Obispos dentro de esa comunión «con Pedro y bajo Pedro».
Podemos discutir si durante su pontificado esta relación entre participación, discernimiento y autoridad fue siempre explicada o practicada con suficiente claridad. Esa discusión es legítima. Lo que resulta más difícil es atribuirle sin más una concepción democrática o parlamentaria de la Iglesia, porque sus propios textos no permiten sostenerlo.
Escuchar también las objeciones
Una reflexión seria sobre la sinodalidad no debería ignorar las reservas que ha suscitado. Algunos obispos y teólogos han advertido que determinados procesos sinodales podrían terminar debilitando la autoridad pastoral, introduciendo una lógica parlamentaria en la Iglesia o utilizando la escucha y la participación para promover modificaciones doctrinales.
Estas preocupaciones no deberían descartarse simplemente porque procedan de ambientes críticos del pontificado de Francisco. Si queremos hablar seriamente de escucha, tendremos que comenzar por escuchar también a quienes plantean preguntas incómodas. De otro modo correríamos el riesgo de practicar una sinodalidad en la que solamente merecen ser escuchados quienes previamente están de acuerdo con nosotros.
La objeción toca un problema real. La Iglesia no es un parlamento y la verdad de la fe no se establece mediante mayorías. Pero precisamente por eso necesitamos distinguir entre la sinodalidad y algunas formas de interpretarla. Que un proceso sinodal pueda derivar hacia una lógica parlamentaria no significa que la sinodalidad sea, por su propia naturaleza, parlamentaria.
La pregunta teológica verdaderamente interesante es otra: ¿qué forma de sinodalidad corresponde a la naturaleza y a la Tradición de la Iglesia? Planteada así, la objeción deja de ser un problema que debemos derrotar y se convierte en una pregunta que puede ayudarnos a discernir mejor.
Cuando la sinodalidad se convierte en una bandera
El discernimiento exige mirar también hacia otra dirección. En algunos ambientes, la sinodalidad comenzó a asociarse con una determinada agenda de reformas doctrinales, pastorales y estructurales.
Es legítimo estudiar y debatir las cuestiones que la propia Iglesia permite discutir. El problema comienza cuando se supone que una Iglesia verdaderamente sinodal necesariamente debe alcanzar determinadas conclusiones.
Si antes de comenzar a escuchar ya conocemos el resultado al que el Espíritu Santo debería conducirnos, quizá estemos ante algo diferente del discernimiento cristiano. El auténtico discernimiento supone aceptar la posibilidad de que Dios nos sorprenda, nos corrija y no confirme necesariamente nuestras preferencias.
Aquí aparece además una coincidencia llamativa en algunas interpretaciones del pontificado de Francisco. Unos esperaron de él reformas que nunca llegó a realizar, mientras otros lo criticaron porque pensaban que pretendía realizar esas mismas reformas. Unos las esperaban con entusiasmo y otros las contemplaban con alarma. Paradójicamente, ambos podían estar hablando del mismo Francisco imaginario.
El Camino Sinodal alemán: una distinción necesaria
El caso alemán resulta especialmente esclarecedor porque con frecuencia se ha presentado como consecuencia natural del impulso sinodal de Francisco. Sin embargo, la carta que el Papa dirigió al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania el 29 de junio de 2019 muestra una realidad bastante más compleja.
Francisco alentó el camino sinodal, pero insistió en que debía realizarse bajo la guía del Espíritu Santo y «con toda la Iglesia». Recordó la relación inseparable entre las Iglesias particulares y la Iglesia universal y advirtió contra la tentación de buscar soluciones mediante estrategias, reformas meramente estructurales o acuerdos que pierdan de vista la primacía de la evangelización.
Por eso resulta incorrecto identificar automáticamente el Camino Sinodal alemán con la concepción de la sinodalidad de Francisco. Esto tampoco significa afirmar que Francisco simplemente lo rechazara. Lo acompañó, pero estableció criterios y formuló advertencias.
El caso alemán ayuda así a desmontar dos simplificaciones contrapuestas: la que supone que la sinodalidad debe conducir necesariamente hacia determinadas reformas y la que atribuye esas mismas reformas, sin más, al proyecto de Francisco.
La importancia de distinguir
Quizá una parte de las dificultades para comprender el pontificado de Francisco proceda de las imágenes que fuimos construyendo alrededor de él.
Esto no significa que su pontificado quede fuera de toda crítica. Algunas expresiones pudieron generar interpretaciones diferentes, determinadas decisiones fueron discutidas y ninguna decisión prudencial de un Papa exige convertirse automáticamente en objeto de admiración. La comunión eclesial no elimina la reflexión crítica.
Pero una crítica teológicamente seria debería comenzar por atribuir a una persona aquello que realmente sostiene.
Aquí la tradición dominicana puede ofrecernos un criterio particularmente valioso. Santo Tomás nos enseñó la importancia de distinguir. No como un juego intelectual ni como una forma de evitar tomar posición, sino porque muchas falsas controversias nacen precisamente de confundir realidades diferentes.
En esta cuestión necesitamos distinguir entre Francisco y las interpretaciones de Francisco; entre sinodalidad y parlamentarismo; entre sensus fidei y opinión pública; entre escucha y relativismo; entre autoridad y autoritarismo; entre comunión y uniformidad.
Pero distinguir no basta.
Después de distinguir, debemos discernir.
Y discernir significa preguntarnos no solamente si una propuesta es novedosa o tradicional, progresista o conservadora, sino si ayuda a la Iglesia a permanecer fiel al Evangelio, conservar la fe recibida, escuchar la acción del Espíritu y cumplir mejor la misión que Cristo le ha confiado.
El estudio cristiano no debería servir únicamente para demostrar que tenemos razón. Debería ayudarnos a buscar la verdad con mayor libertad.
¿Para qué una Iglesia sinodal?
Hay finalmente una pregunta más importante que muchas de nuestras discusiones internas: ¿para qué queremos una Iglesia sinodal?
Después de muchos años de ministerio y de escuchar confesiones, tengo la impresión —y la presento solamente como impresión pastoral— de que buena parte de nuestras controversias eclesiales transcurren a considerable distancia de las preocupaciones concretas de muchos creyentes.
Quien se acerca a la Iglesia suele traer preguntas sobre Dios, el perdón, la culpa, la familia, el sufrimiento o la esperanza. Hay personas que necesitan saber si todavía pueden comenzar de nuevo, si Dios puede perdonarlas o si tiene sentido continuar creyendo después de aquello que han vivido.
Esto no vuelve irrelevante la sinodalidad. Al contrario: proporciona un criterio para discernirla. Si una Iglesia más sinodal no se convierte también en una Iglesia que escucha mejor, acompaña las heridas y anuncia con mayor claridad a Jesucristo, corremos el riesgo de convertir la sinodalidad en otra larga conversación de la Iglesia consigo misma.
León XIV: continuidad y discernimiento
La elección de León XIV ha introducido un elemento particularmente interesante. Si la sinodalidad hubiera sido simplemente una peculiaridad personal de Francisco, cabría esperar que el nuevo pontificado redujera discretamente su importancia.
No ha sucedido.
León XIV ha pedido continuar la implementación del camino sinodal. Al concluir el Consistorio extraordinario de junio de 2026 formuló además una idea particularmente clara: «La sinodalidad no es un conjunto de reuniones, ni un método de trabajo. Es un estilo espiritual». Y añadió una secuencia especialmente significativa: nace del encuentro, crece en la escucha y madura en el discernimiento.
La formulación devuelve la sinodalidad al ámbito espiritual y evita identificarla exclusivamente con estructuras, asambleas o procedimientos. Esta continuidad ayuda además a despersonalizar el debate. La cuestión ya no puede reducirse a estar a favor o en contra de Jorge Mario Bergoglio.
Tenemos delante una pregunta eclesiológica mucho más profunda: ¿qué significa para la Iglesia católica caminar juntos sin dejar de ser aquello que ha recibido de Cristo?
Volver a lo esencial
Después de recorrer los textos de Francisco, considerar las objeciones que la sinodalidad ha suscitado y observar las diferentes apropiaciones que se han hecho de ella, quizá podamos llegar a una conclusión menos espectacular, pero más cercana a la realidad.
La sinodalidad no es una doctrina nueva inventada por Francisco ni un procedimiento destinado a democratizar la Iglesia. Tampoco puede convertirse en una palabra mágica con la que legitimar cualquier reforma simplemente porque se la presenta como resultado de un proceso de escucha.
En la comprensión de Francisco, caminar juntos significa escuchar al Pueblo de Dios, reconocer la responsabilidad propia de los pastores, permanecer en comunión con el sucesor de Pedro y discernir bajo la acción del Espíritu Santo aquello que ayuda a la Iglesia a cumplir mejor su misión.
Esto no impide discutir cómo se ha llevado a la práctica. Algunas objeciones plantean interrogantes que no deberían despacharse mediante etiquetas. Del mismo modo, determinadas apropiaciones de la sinodalidad necesitan ser confrontadas con los propios textos de Francisco. No todo lo que lleva el nombre de «sinodal» coincide necesariamente con lo que Francisco entendía por sinodalidad.
La continuidad que León XIV ha dado a este camino ofrece ahora una oportunidad para separar la cuestión de las simpatías o antipatías hacia Francisco y preguntarnos qué significa para la Iglesia escuchar, discernir y caminar juntos sin perder aquello que ha recibido y que no le pertenece modificar a voluntad.
Lo compruebo de una manera muy sencilla en mi ministerio, casi accidentalmente, mientras escucho confesiones a pocos metros de la tumba de Francisco. Las personas llegan buscando a Dios, una palabra de esperanza, el perdón, una respuesta ante el sufrimiento o simplemente alguien que las escuche.
Quizá allí encontremos también un criterio para discernir la sinodalidad. Si caminar juntos nos ayuda a escuchar mejor a esas personas, a vivir una comunión más verdadera y a anunciar con mayor fidelidad a Jesucristo, la sinodalidad habrá encontrado su sentido. Si termina convirtiéndose principalmente en una discusión sobre estructuras, poder y posiciones ideológicas, habremos perdido de vista aquello para lo que la Iglesia existe.
Porque la Iglesia no camina para encontrarse a sí misma. Camina para seguir a Cristo y ayudar a otros a encontrarse con Él.
Fuentes principales
PABLO VI, Apostolica sollicitudo, Carta apostólica en forma de motu proprio por la que se constituye el Sínodo de los Obispos para la Iglesia universal, 15 de septiembre de 1965.
PABLO VI, Angelus Domini, 22 de septiembre de 1974, definición del Sínodo de los Obispos.
BERGOGLIO, Jorge Mario, intervención en la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 4 de octubre de 2005.
BERGOGLIO, Jorge Mario, Nuestro andar eclesial: la Iglesia peregrina, Mensaje de Cuaresma, Buenos Aires, 2007.
FRANCISCO, Discurso con ocasión de la conmemoración del 50.º aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 17 de octubre de 2015.
COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, 2 de marzo de 2018.
FRANCISCO, Constitución apostólica Episcopalis communio sobre el Sínodo de los Obispos, 15 de septiembre de 2018.
FRANCISCO, Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania, 29 de junio de 2019.
LEÓN XIV, Discurso al término de los trabajos del Consistorio extraordinario, 27 de junio de 2026.






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