Emblema dominicano de Predicando con nuestra vida

Predicando con nuestra vida

EVANGELIO, FE Y VIDA COTIDIANA

El «dominio» de la tierra en el Génesis y nuestra responsabilidad ante Dios

Carlos Ávila Martínez O.P.

«La Biblia nos manda dominar la tierra». A veces se repite esta frase como si fuera una autorización para disponer sin límites de los animales, los bosques o el agua. También hay quien la cita para acusar a la fe cristiana de haber favorecido el deterioro de la naturaleza. Después de examinar esa crítica en el artículo anterior, vale la pena volver a los propios textos. ¿Qué nos piden realmente?

El Génesis afirma que Dios confía al ser humano una tarea singular. Pero esa tarea solo se entiende bien si leemos juntos los dos relatos de la creación y recordamos algo fundamental: la tierra y sus criaturas son obra de Dios antes de quedar en nuestras manos.

«Dominad la tierra»: una frase que necesita contexto

En el primer relato, Dios crea al hombre y a la mujer a su imagen y los bendice. Les pide que sean fecundos, llenen la tierra y ejerzan dominio sobre los seres vivos (cf. Gn 1,26-28). El verbo es fuerte y no conviene fingir que significa simplemente contemplar. El texto reconoce al ser humano una capacidad real para intervenir y organizar su relación con el mundo.

Pero el mismo relato pone límites a una lectura despótica. El mundo no aparece como una propiedad humana: Dios lo crea, reconoce su bondad y ofrece alimento tanto a las personas como a los animales (cf. Gn 1,29-31). El mandato llega dentro de una bendición y de una creación que ya es buena. Ser imagen de Dios no equivale a reemplazar a Dios.

La Biblia tampoco es un manual moderno de política ambiental. Sería anacrónico pedirle soluciones técnicas para nuestros problemas. Sí ofrece una orientación moral: la fuerza que tenemos para transformar la tierra debe ejercerse ante el Creador y en relación con las demás criaturas.

El otro relato: trabajar y guardar el jardín

En Génesis 2 aparece una imagen más cercana. Dios coloca al ser humano en el jardín «para que lo cultivase y lo cuidase» (cf. Gn 2,15). Cultivar supone trabajar la tierra y recibir sus frutos; cuidar supone proteger aquello que hace posible que siga dando vida. Son dos aspectos de un mismo encargo.

El papa Francisco recoge esta relación en Laudato si’: «labrar» se refiere al trabajo y «cuidar» a la protección y la custodia (n. 67). Si trabajamos la tierra sin cuidarla, agotamos lo que sostiene nuestra vida. Si hablamos de cuidado sin atender a quienes necesitan alimentarse y trabajar, olvidamos otra parte de la tarea humana.

Estos relatos tienen formas y acentos distintos. No necesitamos reducir uno al otro ni borrar la palabra «dominar» para reconocer el sentido del conjunto: se nos confía una creación que podemos usar, pero de la que no somos dueños absolutos.

La tierra tiene dueño, y no somos nosotros

El Levítico expresa con claridad un límite a nuestra pretensión de poseerlo todo: la tierra pertenece a Dios y nosotros somos huéspedes en ella (cf. Lv 25,23). Esta afirmación no impide cultivar, construir o compartir sus bienes. Nos recuerda que ningún poder humano es ilimitado.

También el descanso tiene lugar en la legislación bíblica. El año sabático deja reposar la tierra (cf. Lv 25,2-7), y el descanso semanal alcanza incluso a los animales de trabajo (cf. Ex 23,12). Son textos nacidos en un mundo muy distinto del nuestro, pero señalan algo reconocible: ni la tierra ni los seres vivos pueden ser reducidos a instrumentos de producción permanente.

La atención llega incluso a escenas pequeñas. La ley pide ayudar al animal caído y establece un límite al tomar las crías de un nido (cf. Dt 22,4.6-7). La Escritura no idealiza una vida sin intervención humana en la naturaleza; nos enseña a ejercer esa intervención con medida.

El pecado rompe también nuestra relación con la tierra

El Génesis no presenta una humanidad que haya cumplido siempre este encargo. Cuando el ser humano pretende ocupar el lugar de Dios, se dañan sus relaciones con Dios, con los demás y con la tierra (cf. Gn 3,17-19). Laudato si’ recuerda que esta ruptura desfigura también el sentido del mandato de dominar y de cultivar y cuidar (n. 66).

Lo vemos cuando creemos que tener capacidad para hacer algo basta para justificarlo. Un bosque puede convertirse en materia prima, un río en un vertedero y una persona pobre en alguien cuya voz no cuenta. La Biblia nos invita a reconocer que estas heridas no están aisladas: nuestra forma de tratar la tierra revela también cómo entendemos el poder y cómo tratamos a los demás.

Una tarea cotidiana y compartida

La responsabilidad que nace de estos textos no se agota en gestos individuales. Requiere decisiones públicas, maneras de producir y consumir que respeten la vida, y atención a quienes sufren primero las consecuencias de la degradación ambiental. Al mismo tiempo, comienza en lo cercano: evitar el desperdicio, cuidar el agua, valorar el trabajo de quienes cultivan nuestros alimentos y enseñar a los más jóvenes a mirar la creación con gratitud.

No hacemos estas cosas para convertir la naturaleza en un ídolo ni para sentirnos moralmente superiores. Las hacemos porque el mundo es un don de Dios, compartido con otras personas y con generaciones que vendrán después de nosotros.

Tal vez podamos quedarnos con una pregunta sencilla: ¿lo que hago con aquello que he recibido permite que otros también vivan de ello? Leer el Génesis desde esa responsabilidad cambia el tono del mandato. Dominar ya no es una excusa para apropiarse de todo; cultivar y cuidar se vuelve una manera concreta de responder al Creador.

Referencias

Sagrada Escritura: Gn 1,26-31; 2,15; 3,17-19; Ex 23,12; Lv 25,2-7.23; Dt 22,4.6-7.

Francisco, Laudato si’ (2015), nn. 66-69.

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