Emblema dominicano de Predicando con nuestra vida

Predicando con nuestra vida

EVANGELIO, FE Y VIDA COTIDIANA

Por Carlos Ávila Martínez O.P.

Introducción: Dos caras de una misma moneda

En el caminar de nuestra fe solemos cometer un error sutil: separar la vida espiritual de la acción en el mundo, como si primero debiéramos “llenarnos” de Dios y luego, si sobra tiempo, “salir” a anunciar lo aprendido. Pero contemplando la experiencia de los grandes santos que han vivido en esta tierra valenciana, descubrimos que la realidad es otra. En el ADN del cristiano, el discipulado y la misión son como las dos caras de una misma moneda: si intentas separarlas, la moneda pierde su valor.

1. Fundamento bíblico: “Estar con Él para ser enviados”

El Evangelio de San Marcos nos ofrece la clave en una sola frase: “Instituyó a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 14). Jesús no llama a los Doce para que hagan un curso de tres años y luego se gradúen como misioneros. El llamado es a una doble tensión constante: estar con Él —el discipulado como relación presente y viva— y ser enviados, que no es un “añadido”, sino la consecuencia natural de haber encontrado un tesoro que no se puede ocultar. El mismo Jesús lo confirmará en Juan: “Como el Padre me envió, así también yo os envío” (Jn 20, 21).

2. Perspectiva teológica: la gracia que se desborda

La identidad del discípulo-misionero —término acuñado en Aparecida y asumido por el Papa Francisco en Evangelii Gaudium— se fundamenta en el Bautismo. El Concilio Vaticano II lo afirma sin ambigüedades: “La Iglesia peregrina es, por su propia naturaleza, misionera” (Ad Gentes, 2). Dios no es un depósito de energía estático; es un eterno flujo de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu —la perichoresis trinitaria—. Por eso, un cristiano que no comunica su fe es como un río que no corre: termina por estancarse.

Santo Tomás de Aquino lo sintetizó con maestría: contemplata aliis tradere, “transmitir a los demás lo contemplado”. El que ora de verdad no puede quedarse callado.

3. La herencia de los santos valencianos

San Vicente Ferrer: el predicador que ardía desde adentro

San Vicente Ferrer es el ejemplo más luminoso de esta identidad en nuestra tierra. Dominico de formación y teólogo de primer orden, cuando salió a predicar no lo hizo porque “le mandaran”, sino porque le desbordaba lo que llevaba dentro. Recorrió a pie miles de kilómetros por Europa anunciando el Evangelio con una fuerza que asombró a todo el continente. Lo que hace grande a San Vicente no es solo la cantidad de conversiones que logró, sino la unidad de su vida: su mística y su misión eran lo mismo. Cuando predicaba la misericordia de Dios, lo hacía desde quien la había saboreado en la oración. Esa coherencia era su argumento más poderoso.

La Virgen de los Desamparados: icono de misericordia misionera

La imagen de la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia, creada en el siglo XV para acompañar a quienes morían solos, encierra una teología pastoral de gran riqueza. María aparece representada con una ligera inclinación de su cuerpo hacia quien sufre, hacia el último. Esa inclinación es un icono de lo que el Papa Francisco llamaba la “salida” de la Iglesia: quien la contempla aprende que amar como Dios significa inclinarse, salir de uno mismo, hacerse presente donde hay dolor. La devoción popular valenciana a esta imagen no es folclore, ni puro sentimentalismo: es una escuela de espiritualidad misionera que envía hacia los desamparados de hoy.

4. Formarse para vivir y anunciar la fe

Esta riqueza bíblica, teológica y espiritual necesita ser acogida y renovada constantemente. La formación permanente no es un lujo reservado a los más «intelectuales», sino una necesidad vital para todo discípulo misionero que quiera vivir su fe con autenticidad. Cursos, conferencias, retiros, lecturas y espacios de reflexión pueden ayudarnos a crecer en algunas dimensiones esenciales:

• Conocer mejor a Dios a quien amamos: profundizar en la Escritura, la teología y la historia de la Iglesia.

• Renovar el fuego de la misión: retiros, jornadas y el testimonio de grandes testigos de la fe.

• Discernir los signos de los tiempos: doctrina social, bioética, ecología integral y pastoral familiar.

• Crear comunidad: la formación compartida construye la comunión que es, ella misma, signo misionero ante el mundo.

5. Del proselitismo al testimonio vivo

Como recordaban Benedicto XVI y ha insistido el Papa Francisco, “la Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción”. El proselitismo busca “clientes” mediante la presión o el marketing religioso. El testimonio, en cambio, ofrece una vida que despierta curiosidad: ¿Por qué vive así? ¿De dónde saca esa paz? La militancia cristiana no es una guerra de argumentos, sino una presencia transformadora. Nuestra oración debe ser el combustible de nuestra acción: no rezamos para aislarnos del mundo, sino para aprender a mirarlo con los ojos de Jesús. Una espiritualidad que no nos mueva a la compasión y al servicio es, sencillamente, un narcisismo espiritual.

Conclusión: volver a la fuente para salir al mundo

En nuestro camino de fe, Jesús nos llama a sentarnos a su mesa como discípulos y, al mismo tiempo, nos envía a los caminos del mundo como misioneros. Como san Vicente Ferrer, que salía a predicar lo que había contemplado en la oración; como la Virgen de los Desamparados, que inclina su cuerpo hacia quien más sufre; como tantos bautizados anónimos que han vivido su fe con discreción y coherencia: también nosotros estamos llamados a ser, en el tiempo que nos ha tocado vivir, esa presencia de Cristo que el mundo necesita ver para creer.

La invitación es concreta: cuida tu formación, vuelve a la oración como fuente y sal al encuentro de los demás con los ojos abiertos y el corazón dispuesto. El mundo no necesita más palabras vacías; necesita testigos vivos del Evangelio.

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