Emblema dominicano de Predicando con nuestra vida

Predicando con nuestra vida

EVANGELIO, FE Y VIDA COTIDIANA

Lo que nuestros ojos no alcanzan a comprender

Jorge Luis Borges imaginó algo extraordinario: un pequeño punto del espacio desde el cual era posible contemplar todo el universo. No una parte, ni una sucesión de imágenes, sino todo al mismo tiempo.

Ese punto es el Aleph, protagonista de uno de sus cuentos más conocidos, publicado en 1945. En el sótano de una casa de la calle Garay, en Buenos Aires, el narrador descubre una pequeña esfera luminosa en la que aparecen simultáneamente todos los lugares del universo. Rostros, paisajes, acontecimientos y objetos se presentan sin confundirse unos con otros. Lo hermoso y lo terrible, lo cercano y lo distante, todo está allí.

Borges describe una experiencia que supera las posibilidades del lenguaje. El narrador contempla simultáneamente una multitud de realidades, pero debe recurrir a palabras sucesivas para intentar comunicarlas. Entre lo que ha visto y lo que puede contar existe una distancia que no consigue superar completamente.

Aunque Borges no plantea directamente una reflexión teológica, su relato me lleva a una pregunta que considero particularmente importante: ¿hasta qué punto conocer algo significa verdaderamente comprenderlo?

El 11 de julio de 2025 publiqué en mi canal de YouTube Predicando con nuestra vida un video dedicado a este cuento. Entonces me detuve especialmente en la diferencia entre verlo todo y nuestra limitada capacidad de comprender y amar. Sin embargo, me quedé con ganas de seguir profundizando. Sentía que el Aleph podía ayudarnos a reflexionar sobre nuestra manera de relacionarnos con la realidad, con los demás y también con Dios.

Ha pasado más de un año y algunas experiencias recientes me han llevado a retomar aquella reflexión, esta vez desde preguntas que tienen mucho que ver con nuestra manera de vivir y anunciar la fe.

Las preguntas que me acompañan

Últimamente recibo muchas inquietudes, dudas y preguntas. Algunas expresan verdaderas crisis de fe. Otras nacen de situaciones dolorosas, experiencias personales difíciles o contradicciones que las personas encuentran entre aquello que creen y lo que viven. Confieso que muchas de esas conversaciones me acompañan bastante más tiempo del que probablemente imaginan quienes las comparten conmigo.

A veces, casi sin darme cuenta, comienzo a imaginar situaciones, historias y vidas que podrían representar esas inquietudes. No necesariamente las experiencias concretas que me cuentan, sino otras que van tomando forma en mi pensamiento y me ayudan a reflexionar sobre lo que tantas personas están viviendo.

Siento incluso cierta ansiedad por ponerlas por escrito, como si necesitara dar salida a tantas preguntas que también me interpelan como creyente y como alguien que sigue buscando adentrarse en los misterios de Dios.

No siempre tengo respuestas, ni pretendo tenerlas. Después de tantos años dedicados al estudio y a la reflexión teológica, soy cada vez más consciente de que el misterio de Dios supera nuestras explicaciones. Hay cuestiones sobre la fe, la Iglesia y la realidad de nuestro mundo que necesito seguir pensando, precisamente porque no encuentro respuestas sencillas.

De alguna manera, también yo me encuentro ante mi pequeño Aleph. No porque pretenda contemplarlo todo, sino porque tantas historias y sufrimientos se cruzan en mi vida y me hacen reconocer los límites de mi propia comprensión. Esta experiencia me lleva a preguntarme si la distancia entre lo que sabemos y lo que comprendemos no está presente también en nuestra manera de anunciar el Evangelio.

Los límites de nuestras respuestas pastorales y teológicas

Me preocupa cierta tendencia, presente también en ambientes eclesiales, a pensar que cualquier pregunta puede resolverse mediante una explicación doctrinal, una norma moral o una referencia al Magisterio.

No cuestiono el valor de esas enseñanzas. La Iglesia posee una tradición teológica e intelectual de enorme riqueza, que debemos conocer, estudiar y transmitir con fidelidad. Mi preocupación nace cuando suponemos que una respuesta correcta basta para resolver una situación humana, sin considerar suficientemente las circunstancias de quien nos está planteando la pregunta.

Pensemos en alguien que acaba de perder a una persona profundamente amada. Podemos hablarle de la resurrección, de la esperanza cristiana y de la vida eterna. Todo eso forma parte esencial de nuestra fe. Sin embargo, ninguna explicación elimina inmediatamente el dolor de la ausencia. La verdad de la fe no deja de ser verdad porque una persona continúe sufriendo, pero tampoco podemos utilizar esa verdad para exigirle que deje de sufrir.

Algo semejante sucede con las crisis de fe. Detrás de una pregunta sobre Dios puede existir una experiencia de abandono, una injusticia, una profunda decepción o una herida que todavía no ha encontrado palabras para expresarse. En esas circunstancias, responder inmediatamente con una enseñanza doctrinal puede significar que hemos escuchado la pregunta, pero no hemos comprendido a quien la formula.

He conocido personas que, al menos en determinados momentos, no necesitan otra explicación religiosa, sino alguien dispuesto a escucharlas sin juzgarlas de antemano. Esto no significa renunciar a ofrecer respuestas, sino reconocer que el acompañamiento pastoral exige discernir cuándo y cómo una palabra puede ayudar verdaderamente.

Esta dificultad se vuelve más preocupante cuando la enseñanza religiosa adquiere un tono permanentemente alarmista. En algunos sectores eclesiales, cualquier transformación cultural, nueva pregunta o intento de revisar determinadas prácticas parece representar una amenaza para la identidad católica. La preocupación por la pureza doctrinal, la disciplina moral o determinadas formas litúrgicas termina ocupando buena parte de las discusiones, mientras las dificultades concretas de tantas personas apenas encuentran espacio.

La doctrina, la moral y la liturgia son fundamentales para la vida cristiana. Lo preocupante es utilizarlas como instrumentos para medir la fidelidad ajena, ejercer control o alimentar una supuesta superioridad religiosa. Tampoco sería justo atribuir esta actitud exclusivamente a los sectores más conservadores. Algunas iniciativas de renovación pastoral también pueden encerrarse en sus propios proyectos, sin prestar suficiente atención a las personas a las que pretenden servir.

En ambos casos podemos terminar interpretando la realidad desde nuestras propias seguridades, sin permitir que las experiencias y preguntas de los demás nos ayuden a comprenderla mejor.

La autorreferencialidad y nuestra manera de mirar

El papa Francisco utilizó con frecuencia una palabra que expresa muy bien este problema: autorreferencialidad. El término no nació con él. La autorreferencia es un concepto utilizado en distintas disciplinas para describir aquello que se remite a sí mismo. En el pensamiento filosófico y social no tiene necesariamente un significado negativo. Francisco, sin embargo, lo empleó para denunciar una deformación de la vida eclesial.

Antes de ser elegido Papa, durante las congregaciones generales previas al cónclave de 2013, el cardenal Jorge Mario Bergoglio advirtió sobre el peligro de una Iglesia que deja de salir al encuentro de los demás y termina encerrándose en sí misma. Habló de autorreferencialidad y de una especie de narcisismo teológico.

Posteriormente, en Evangelii gaudium, especialmente en los números 93-97, desarrolló su crítica a la mundanidad espiritual. Allí cuestiona la seguridad doctrinal convertida en elitismo y la preocupación ostentosa por la liturgia, la doctrina o el prestigio eclesial cuando estas realidades dejan de estar vinculadas a la evangelización y a las necesidades del Pueblo de Dios.

Pero considero que esta advertencia no debería limitarse al funcionamiento de las instituciones eclesiales. La autorreferencialidad también puede convertirse en una manera de mirar e interpretar la realidad. Cuando observamos cuanto sucede exclusivamente desde nuestras preocupaciones, experiencias y certezas, corremos el riesgo de dejar de percibir aquello que no encaja en nuestros esquemas.

Escuchamos, pero prestamos mayor atención a lo que confirma nuestras convicciones. Nos acercamos a las personas con nuestras explicaciones preparadas y, en ocasiones, apenas dejamos espacio para descubrir lo que verdaderamente están viviendo. Esta actitud tiene consecuencias para la evangelización: podemos preparar discursos, defender enseñanzas y organizar actividades pastorales sin preguntarnos suficientemente por la realidad de las personas a las que queremos llegar.

No se trata de adaptar el Evangelio a cualquier expectativa ni de renunciar a su exigencia de conversión. Se trata de comprender que anunciar a Jesucristo supone también conocer el mundo en el que vivimos, escuchar sus preguntas y reconocer las búsquedas, contradicciones y sufrimientos de nuestros contemporáneos.

Y esta dificultad también nos afecta personalmente. Quienes predicamos, enseñamos o acompañamos a otros necesitamos preguntarnos si realmente estamos escuchando o si, sin advertirlo, buscamos confirmar aquello que ya pensamos.

Volvemos así a Borges. En el Aleph pueden contemplarse innumerables realidades, pero esa visión extraordinaria no garantiza una comprensión plena de lo contemplado. También nosotros podemos disponer de un inmenso patrimonio doctrinal, histórico y espiritual y, sin embargo, seguir teniendo dificultades para comprender la vida de quienes tenemos delante. La riqueza de nuestra tradición debería ayudarnos a mirar con mayor profundidad, no convertir nuestra perspectiva en la medida de toda la realidad.

El misterio de Dios no se agota en nuestras explicaciones

La tradición cristiana afirma que Dios conoce todas las cosas. Nada de lo creado permanece oculto a su conocimiento.

Santo Tomás de Aquino explica que el conocimiento divino no funciona como el nuestro. Nosotros conocemos progresivamente, a partir de las realidades que encontramos. Dios, en cambio, conoce todas las cosas en su propia esencia (Suma teológica, I, q. 14).

No sería correcto, por tanto, confundir el Aleph literario con la omnisciencia divina. Borges imagina un punto desde el cual puede contemplarse la totalidad del espacio. La teología cristiana habla de un Dios creador, cuyo conocimiento no depende de observar el universo como lo haría un espectador.

La fe cristiana afirma, además, que Dios conoce y ama todo cuanto ha creado. El libro de la Sabiduría expresa esta convicción cuando afirma que Dios ama todo lo que existe (cf. Sab 11,24).

La Iglesia ha recibido verdaderamente la Revelación de Dios en Jesucristo. Tiene la responsabilidad de custodiarla, transmitirla e interpretarla fielmente. Pero eso no significa que hayamos agotado intelectualmente toda la riqueza del misterio divino.

El Concilio Vaticano II, en Dei Verbum, número 8, reconoce que la comprensión de la Tradición apostólica crece en la vida de la Iglesia. Este crecimiento no supone que la verdad revelada cambie según nuestras preferencias, sino que podemos profundizar en su comprensión bajo la acción del Espíritu Santo.

Por eso considero necesario distinguir entre la fidelidad a la fe y la autosuficiencia de nuestras interpretaciones. La teología debe buscar respuestas, argumentar con rigor y distinguir la verdad del error. Pero también necesita reconocer los límites de sus conceptos cuando intenta acercarse a una realidad tan profunda como el misterio de Dios.

Este reconocimiento no implica renunciar a las certezas de la fe, sino evitar que terminemos confundiendo a Dios con nuestras propias explicaciones sobre Él. También nos ayuda a comprender que la Revelación, las formulaciones doctrinales, las disposiciones disciplinares y las costumbres históricas no poseen todas la misma naturaleza ni exigen idéntico grado de adhesión. Distinguir estas realidades permite vivir nuestra fidelidad a la Iglesia con mayor responsabilidad.

Aprender a mirar desde Jesucristo

Para la fe cristiana, el amor de Dios se manifiesta de manera definitiva en Jesucristo. En la Encarnación, el Hijo eterno de Dios asume verdaderamente nuestra condición humana. Comparte nuestra historia, experimenta el sufrimiento y conoce desde dentro la fragilidad de nuestra existencia.

En la cruz, Jesús pronuncia unas palabras que siguen conmoviéndome: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34). El Evangelio no ha ocultado ese grito. La pregunta por el abandono forma parte de la memoria cristiana y nos remite al misterio de una entrega que llega hasta el extremo.

Esto debería hacernos particularmente prudentes cuando acompañamos a quienes atraviesan situaciones difíciles. No siempre podemos explicar satisfactoriamente el sufrimiento ni conocemos por completo las circunstancias interiores de una persona.

La cruz no ofrece una explicación sencilla del dolor humano. Nos revela a un Dios que, en Jesucristo, ha asumido nuestra condición hasta experimentar el sufrimiento y la muerte. Y la resurrección anuncia que el mal y la muerte no tienen la última palabra.

Si tomamos en serio esta dimensión del misterio cristiano, nuestra pastoral no puede limitarse a transmitir contenidos verdaderos. También debe manifestar, mediante la escucha, el acompañamiento y el discernimiento, algo del amor que anuncia.

Los Evangelios muestran a Jesús encontrándose con personas muy diferentes. No les ofrece a todas la misma respuesta ni las trata como casos impersonales. Sus palabras y sus gestos tienen en cuenta la situación de quienes se acercan a Él, aunque también los invitan a convertirse y a cambiar de vida. Nuestra forma de acercarnos a los demás puede ayudar a descubrir el amor de Dios o convertirse en un obstáculo para reconocerlo.

Una Iglesia que necesita aprender a mirar

Cuando preparé aquel video sobre El Aleph, hace más de un año, me interesaba especialmente la diferencia entre verlo todo y comprenderlo todo. Hoy, después de muchas conversaciones y nuevas preguntas, descubro que aquella reflexión me conduce también a examinar nuestra manera de vivir la fe.

Sigo convencido de la importancia de estudiar, buscar respuestas y profundizar en la verdad. Pero también soy consciente de que esa búsqueda exige humildad y disposición para revisar nuestras propias actitudes.

San Pablo escribió que ahora vemos como en un espejo, confusamente, mientras esperamos el encuentro definitivo con Dios (cf. 1 Co 13,12). Nuestra fe no elimina los límites de nuestra condición humana, pero nos permite vivirlos desde la esperanza.

Muchas veces conocemos solamente una pequeña parte de lo que alguien ha vivido y, sin embargo, nos apresuramos a emitir juicios o a ofrecer explicaciones. A mí también me sucede que las preguntas de otras personas terminan cuestionando mis propias seguridades. Y considero que eso forma parte de una búsqueda sincera de Dios: nunca dejamos de necesitar una comprensión más profunda de aquello que creemos.

La Iglesia tiene una misión que no puede reducirse a conservar sus estructuras, defender sus costumbres o asegurar su continuidad institucional. Su razón de ser se encuentra en Jesucristo y en el anuncio del Evangelio. Por eso necesita examinar constantemente si sus prioridades, su lenguaje y sus prácticas ayudan a las personas a encontrarse con Él.

Pero ese examen no puede limitarse a las instituciones. También nosotros necesitamos revisar desde dónde miramos la realidad, cómo interpretamos las experiencias de los demás y qué lugar ocupan nuestras propias certezas cuando intentamos anunciar la fe.

Borges imaginó un punto desde el cual podía verse todo el universo. Nosotros no disponemos de ese Aleph. Seguimos conociendo fragmentariamente, buscando respuestas y enfrentándonos a realidades que muchas veces nos superan.

Sin embargo, podemos prestar mayor atención a quienes encontramos en nuestro camino, interesarnos sinceramente por sus historias y reconocer que cada persona posee una profundidad que nunca terminamos de conocer. Quizá una Iglesia que necesita aprender a mirar deba comenzar por revisar la manera en que escucha, acompaña y se deja interpelar por las personas. Y esa conversión de la mirada comienza también en nuestra propia vida.

Predicando con nuestra vida

Video relacionado: El 11 de julio de 2025 publiqué una primera reflexión sobre El Aleph de Jorge Luis Borges en mi canal de YouTube. Ver el video.

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