Por Fr. Carlos Ávila Martínez O.P.
Después de más de treinta años de ministerio sacerdotal y de muchas horas escuchando historias humanas en el sacramento de la Reconciliación, cada vez estoy más convencido de que no podemos comprender la identidad sacerdotal únicamente preguntándonos qué «debe ser» un sacerdote. También necesitamos preguntarnos cómo puede vivir concretamente esa vocación un hombre real, con su historia, sus dones, sus límites y su necesidad permanente de la gracia.
No se trata de rebajar el ideal del sacerdocio. Tampoco de adaptar el ministerio a las expectativas cambiantes de cada época. Se trata de recordar algo profundamente cristiano: Dios no llama a hombres ideales, sino a hombres concretos. Hombres a quienes consagra y envía; hombres en quienes la gracia actúa sin destruir aquello que son.
La gracia del Orden no elimina nuestra humanidad.
La asume, la transforma y la pone al servicio de una misión.
Una identidad recibida, no construida
El sacerdote no es simplemente una persona que ha elegido ejercer determinadas funciones religiosas. Su identidad no procede únicamente de aquello que hace. Hay una llamada y hay un sacramento.
Por el sacramento del Orden, el presbítero queda configurado de un modo particular con Jesucristo, Cabeza y Pastor, para continuar sacramentalmente su misión en la Iglesia. Esta dimensión no depende de las cualidades personales del sacerdote ni de la eficacia de su actividad pastoral. Pastores dabo vobis recuerda que el presbítero encuentra la verdad profunda de su identidad en su participación específica en el sacerdocio de Cristo (cf. n. 12).
Por eso sería un error reducir el sacerdocio a una profesión religiosa o a un conjunto de tareas pastorales. Pero podemos caer también en el extremo contrario: construir una imagen tan idealizada del sacerdote que el hombre concreto que ha recibido el sacramento apenas pueda reconocerse en ella.
El sacerdote sigue siendo un hombre. Tiene una historia, una personalidad, una educación y una cultura. Tiene capacidades y limitaciones. Puede experimentar cansancio, soledad, inseguridad y miedo. Necesita amistad, comunidad, oración, descanso y afecto. Y necesita, como cualquier otro creyente, experimentar una y otra vez la misericordia de Dios.
El sacramento no convierte al sacerdote en alguien situado fuera de la condición humana. Precisamente esa humanidad concreta es el lugar donde la gracia debe actuar.
Una identidad profundamente relacional
Durante mucho tiempo hemos insistido, con razón, en la configuración sacramental del sacerdote con Cristo. Pero quizá no siempre hemos desarrollado con la misma fuerza una consecuencia fundamental de esa configuración: la identidad sacerdotal es profundamente relacional.
Esto no es una corrección de la doctrina tradicional ni una concesión a la sensibilidad contemporánea. San Juan Pablo II habla expresamente de la «índole esencialmente relacional de la identidad del presbítero» (Pastores dabo vobis, 12).
El sacerdote no puede comprenderse aisladamente. Su identidad nace de su relación con Cristo y se despliega en una red de relaciones: con la Iglesia, con el obispo, con los demás presbíteros, con la comunidad cristiana y con las personas a quienes es enviado.
Por eso la configuración con Cristo no debería entenderse solamente como una realidad que el sacerdote «posee». Es una realidad sacramental recibida para una misión. Cristo anuncia, escucha, sirve, cura, perdona, acompaña, reúne una comunidad y entrega la vida.
Ser configurados con Cristo significa también aprender su manera de relacionarse, de servir y de entregarse.
La autoridad que se hace servicio
Esta perspectiva resulta especialmente importante cuando hablamos de la autoridad sacerdotal. El sacerdote recibe una verdadera autoridad sacramental y pastoral. Pero necesitamos preguntarnos qué forma cristiana debe adoptar esa autoridad.
La respuesta está en el mismo Cristo. San Juan Pablo II recuerda que Cristo es Cabeza de la Iglesia de una manera completamente nueva: siendo servidor. Su autoridad se manifiesta en el servicio, en la entrega humilde y amorosa. Por eso, la existencia espiritual del sacerdote configurado con Cristo debe estar marcada por esa misma lógica del servicio (cf. Pastores dabo vobis, 21).
La autoridad sacerdotal, por tanto, no puede entenderse como dominio, privilegio o superioridad. Cuanto más profundamente participa el sacerdote de la misión de Cristo, más debería aprender de Aquel que se arrodilló delante de sus discípulos para lavarles los pies.
Aquí encontramos también una llamada permanente a revisar nuestras formas de ejercer la autoridad. Podemos predicar a Cristo y, sin darnos cuenta, buscar protagonismo. Podemos hablar de servicio y necesitar reconocimiento. Podemos ejercer una responsabilidad pastoral y terminar identificando la misión recibida con nuestra propia persona.
Ninguno de nosotros está completamente libre de estas tentaciones. Por eso la conversión también forma parte de la vida sacerdotal.
El sacerdote también necesita misericordia
Hay algo que el confesionario me ha enseñado con los años: quien escucha tantas fragilidades humanas termina encontrándose también con la propia fragilidad.
Escuchamos pecados, heridas, contradicciones, fracasos, miedos, relaciones rotas, culpas antiguas y vidas que intentan comenzar de nuevo. Y detrás de la rejilla o delante del penitente no hay un hombre perfecto. Hay otro pecador perdonado.
Esto no disminuye la grandeza del sacramento. Al contrario, permite comprender mejor dónde está su grandeza. El protagonista no es el confesor. El protagonista es Dios. Nosotros servimos un encuentro que nos supera.
Quizá por eso una de las mayores tentaciones del confesor sea olvidar que él mismo vive de la misericordia que anuncia. No podemos hablar del perdón como propietarios del perdón. No somos propietarios de la gracia. Somos servidores.
¿Qué rostro de Cristo encuentra quien se acerca a nosotros?
Esta pregunta me parece más importante que muchas discusiones abstractas sobre la imagen del sacerdote. Cuando una persona se acerca al confesionario, ¿qué encuentra? ¿Miedo o confianza? ¿Distancia o cercanía? ¿Una respuesta preparada de antemano o alguien dispuesto a escuchar?
¿Encuentra un hombre preocupado principalmente por aplicar una norma o un ministro que, sin renunciar nunca a la verdad, intenta comprender qué está viviendo la persona que tiene delante?
El Cristo de los Evangelios escucha, pregunta, mira, llama por el nombre, toca las heridas, dice la verdad, perdona y abre caminos nuevos. Por eso hay algunos verbos que me parecen fundamentales para comprender el ministerio de la Reconciliación: acoger, escuchar, discernir, iluminar, acompañar, reconciliar.
Ninguno significa relativizar el Evangelio. La misericordia no es relativismo. Pero tampoco podemos identificar la verdad cristiana con la aplicación impersonal de una norma.
La persona que tenemos delante posee una historia que necesitamos escuchar. El confesor no está llamado a construir al penitente según su propio ideal ni a sustituir su conciencia. Está llamado a ayudarlo a ponerse sinceramente delante de Dios, iluminar su conciencia desde el Evangelio y acompañarlo hacia un camino posible de conversión.
No tengamos miedo de la humanidad
Quizá durante mucho tiempo hemos pensado que mostrar la humanidad del sacerdote podía debilitar la imagen del sacerdocio. Creo que ocurre exactamente lo contrario.
No necesitamos sacerdotes que aparenten no tener fragilidades. Necesitamos sacerdotes que hayan aprendido a vivirlas responsablemente, que sepan pedir ayuda cuando la necesitan, que cultiven relaciones sanas, que conozcan sus límites y que no confundan la autoridad recibida con una supuesta superioridad personal.
También en esto algunas preguntas planteadas por la sociedad contemporánea pueden ayudarnos. La preocupación por la madurez afectiva, el respeto a la conciencia, las aportaciones de la psicología, la sensibilidad frente a los abusos de poder y de conciencia y la importancia concedida a los procesos personales nos obligan a revisar determinadas maneras históricas de comprender y ejercer el ministerio.
Esto no significa aceptar acríticamente todos los criterios de nuestra cultura. Significa discernir. La tradición auténtica no tiene miedo de purificarse porque sabe distinguir entre aquello que pertenece al Evangelio y aquello que pertenece a determinadas formas históricas de vivirlo.
El celibato: un don que necesita humanidad
Esta mirada también puede ayudarnos a comprender mejor el celibato. Para nosotros, sacerdotes de la Iglesia latina, el celibato es un don precioso: una forma concreta de entrega al Reino y una disponibilidad particular para el ministerio.
Pero el celibato no elimina la afectividad. No elimina la necesidad de amistad. No convierte al sacerdote en alguien autosuficiente. Y tampoco constituye por sí solo el núcleo de la identidad sacerdotal.
La propia tradición católica, que conoce legítimamente sacerdotes casados en las Iglesias orientales católicas y en otras situaciones previstas por la disciplina eclesial, nos recuerda que el sacramento del Orden y la disciplina del celibato deben distinguirse.
Distinguirlos no significa disminuir el celibato. Significa valorarlo por lo que verdaderamente es: un don que debe ser acogido, cuidado y vivido dentro de una humanidad madura y reconciliada.
Un celibato vivido desde el aislamiento, la dureza afectiva o el miedo a las relaciones humanas difícilmente puede convertirse en signo del Reino.
Un sacerdote en medio de un pueblo
Hay otra imagen del sacerdocio que me resulta particularmente cercana: la del sacerdote que pertenece a un pueblo.
El papa Francisco insistió en ello. En 2022, hablando sobre la teología del sacerdocio, recordó las cuatro cercanías que deberían marcar la vida sacerdotal: cercanía a Dios, cercanía al obispo, cercanía entre los sacerdotes y cercanía al Pueblo de Dios. Y afirmó: «La identidad sacerdotal no se puede comprender sin la pertenencia al santo Pueblo fiel de Dios».
El sacerdote ha sido tomado de un pueblo y enviado nuevamente a ese pueblo. No está por encima de él. Está dentro de él de una manera particular, como ministro de Cristo y servidor de la comunión.
El confesionario es uno de esos lugares donde la vida real de la gente entra cada día sin pedir permiso. Allí llegan matrimonios felices y matrimonios destruidos; jóvenes que buscan su camino; personas que han perdido la fe y desean recuperarla; ancianos que se preparan para el final de su vida; hombres y mujeres que cargan culpas que nadie conoce.
Y allí comprendemos que el ministerio sacerdotal no se ejerce ante una humanidad imaginaria. Se ejerce delante de personas reales.
Del sacerdote ideal al sacerdote real
Quizá necesitamos recuperar una imagen más profundamente cristiana del sacerdote. No un funcionario religioso. Pero tampoco un personaje separado de la condición humana.
Un hombre llamado por Dios, consagrado por el sacramento, configurado con Cristo y enviado a servir a sus hermanos. Un hombre sostenido por la gracia y, al mismo tiempo, necesitado de ella. Un hombre que celebra la misericordia y necesita recibir misericordia. Un hombre que anuncia una Palabra que primero debe escuchar. Un hombre que acompaña procesos de conversión mientras él mismo continúa convirtiéndose. Un hombre que ejerce una autoridad cuya medida no es el poder, sino el servicio.
No necesitamos rebajar el ideal para aceptar al sacerdote real. Necesitamos comprender que el ideal cristiano solamente puede existir encarnado en hombres reales.
Dios siempre ha trabajado así. Lo hizo con Pedro, con sus entusiasmos y sus miedos; con los apóstoles, con sus discusiones y sus fragilidades; y continúa haciéndolo con nosotros.
Tal vez por eso la pregunta decisiva no sea si conseguimos corresponder perfectamente a una determinada imagen del sacerdote, sino otra: cuando una persona se encuentra con nosotros, ¿puede encontrar, a través de nuestra humanidad y a pesar de nuestras limitaciones, algo del rostro de Cristo?
Porque finalmente de eso se trata. No de que el sacerdote sea el centro, sino de que su vida, su palabra, los sacramentos que celebra y su manera de relacionarse con los demás permitan que Cristo sea cada vez más visible y nosotros cada vez menos necesarios como protagonistas.
Ese quizá sea uno de los signos más hermosos de una identidad sacerdotal verdaderamente madura.
Para profundizar
• San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, nn. 12 y 21.
• Francisco, Discurso al Simposio «Por una teología fundamental del sacerdocio», 17 de febrero de 2022.


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